Algunos miedos

En estas horas
en las que el mundo
y sus problemas
parecen darnos un respiro
y echarse a dormir un rato

ahora que descansas en la cama
y no puedes escucharme
déjame hablarte
acerca de mis otros miedos

donde antes escapaba
por ciudades vacías
de silenciosos fantasmas impasibles
y despertaba en un espasmo
al ver como gentes sin rostro
hacían daño a mis conocidos,
ahora que estás dormida
déjame contarte que los miedos
han sido trocados por otros
más concretos y crueles

mis miedos son ahora los tuyos
son verte dolida o apenada
no poder ayudarte cuando me lo pidas
o poderte acompañar cuando no quieras estar sola
son enfrentarme a las absurdeces
del día a día en el campo de batalla
son saberte enfurecida, enferma, enfadada
cansada
o aburrida

estos son ahora
cuando la noche ha caído
en el campamento
y por fin puedes disfrutar
en la paz que sólo
se verá interrumpida
por el maldito reloj
los ladrones que me roban
mis minutos de paz
mi aire
mi respiro

París bien vale una misa

París era una fiesta. Horatio, que nunca supo muy bien qué demonios era eso de ser fotógrafo, baja de la aeronave, pone sus pies en la ciudad de la luz y comienza su extraño viaje. Un viaje hacia la ascensión, la mística y la pasión. Y, como nunca supo ser fotógrafo, escribe, como ya hicieran otros, su propia contranovela utilizando imágenes a modo de párrafos.

La ciudad recibe a Horatio y él la escudriña a través de una de sus forjas de hierro, en pleno corazón de Barbès-Rochechouart. Persiste esa especie de halo de luz del más allá que parece llamar, igual que el canto de las sirenas, a nuestro desventurado héroe. Una infernal boca de metro le engulle y comienza su descenso a los infiernos. Allí abajo se enfrentará a toda clase de espectros. Incontables criaturas de acero y hierro que se retuercen y juegan con los espejos, tratando de ocultarse del ojo del cazador. Una torre infinita y oscura con forma de aguja que, desde cualquier punto de la ciudad, acecha a los inocentes habitantes que caminan, leen periódicos, hablan por sus teléfonos móviles escuchando y esperando que estalle otra revolución o que una estrella emerja de Sacré-Coeur y pueda volar lo suficientemente lejos para no convertirse en otro paseante del barrio que arrastra su abrigo negro y su desvencijada guitarra por las calles de pintores y puestos de crepes.

En uno de los escasos santuarios el viajero encuentra su rayo de esperanza y de paz caminando entre pilares y embobado con las vidrieras. Pero, con algo más de atención observa que, el templo, también es guardado por espíritus que vagan por sus suelos de mármol, habiendo olvidado por completo su origen y su rumbo. La Dama esconde en su interior un cielo y un infierno personal. Afuera, ejércitos de gárgolas parecen prepararse para la madre de todas las batallas.

Horatio se reencuentra con su maga y juntos recorren los símbolos secretos de la ciudad. El obelisco negro que se alza contra el cielo, la gran rueda del destino que mantiene atrapadas las almas incautas, y la pirámide de cristal que adopta distintos formas y tamaños según convenga.

Uno, que pese a no saber qué era aquello de ser un fotógrafo, sí sabía muy bien cuáles eran sus héroes de la infancia, echa de menos a los habitantes de la ciudad en todas estas imágenes. Echa de menos haber retratado a aquellos que habitan, respiran y viven en la ciudad de la luz. La figura del pintor de Montmartre que chapurrea el español y día tras día decide dedicarse al viejo y noble arte de retratar la realidad, a cincuenta euros la pieza. La del viejo rockero que vacila a los turistas y toca su guitarra marcando el ritmo del blues con unas largas y blancas barbas y sus zapatos viejos. Quizá por ello (pese a ello), estas fotografías son habitadas por fantasmas y otros espíritus. Uno puede tener claro hacia donde apunta, pero a veces cada semilla vuela y cae en un punto distinto de la tierra.

Horatio y la maga logran ascender y consiguen pasajes para un tren y vuelan lejos.

La tortuosa senda me lo enseñó

Cuando todo parece estar en calma
es bueno dar un volantazo
o cambiarse a la acera de enfrente

Pocas lecciones aprendidas
durante estos pocos años,
muchas las voces
pero apenas algunas palabras
apenas consejos sabios.
Solamente tropiezos con piedras
que me han advertido
de los caminos que atraviesan
bosques compactos y oscuros
a evitar

La lluvia mojando las calles
desafiándome a encontrar
la belleza invisible
oculta en los momentos
más insospechados
de la vida.
Viejos camaradas
sí me enseñaron
a gritar fuerte
entre vino y vino
cuando la causa es ilustre
y la razón está de nuestro lado,
y a hacerlo más fuerte todavía
cuando así no fuera

Y saltar por los precipicios
volando
de aquellos que buscan la
guerra en tiempos de paz
y dicen tener siempre
a su lado, y ponen
si hace falta, como un escudo
por delante
la verdad
(sobre todo de estos)

Que la verdad no es
de nadie
se aprende rápido,
abriendo los periódicos
cada día
o viendo a la gente
beberse el café.
Tal y como cantó
el poeta, somos
únicamente libertad
y palabras

Y las más altas y desinteresadas
intenciones ocultan
los deseos más perversos
el anhelo de control y de poder
se enmascaran y se visten
con todo tipo de ropajes
y de sonidos, el dulce arrullo de la mandolina
o el grave lamento del saxofón

El polvo y el barro y los vientos
del camino
conspiran que, por siglos y siglos, castillos
más grandes que este han caído,
que dará igual ocho que ochenta,
que a la tierra retornamos
que con lo mismito que hemos venido

Que la nada no existe
me lo ocultó la nieve
que la vida la voy llenando
regalandogastandoahorrando
y vaciando como me conviene.
Y no te asustes si los viejos
critican tus zapatos y camisas,
el río confesó que tratan
de evitar las fórmulas
y formas prohibidas

¿Adónde me llevarán estos pies?
Nunca se acaba de tener claro
pero queriendo no ocultar mis deseos
por más que intento
vence siempre la guerra sucia
mi valiente cobardía.
Con ella y con el rayo
me defiendo de quienes son
iguales pero proyectan su sombra
más lejos, más arriba
más
parecer ser más grandes
más montaña
más
y nada más que nada
y nada más
que aire

Cuando parece estar todo en calma
bueno es dar un volantazo

Libertad y palabras
antídoto diario
para creernos más libres
y llevarnos la razón
a un rincón oscuro
y hacer manitas con ella.
Igual que las inocentes inyecciones
de placer
igual que ver las viejas fotografías
(del mes pasado)
o mirarnos al espejo seriamente
frunciendo el ceño
y henchirnos de orgullo
y creernos haber cambiado
mucho más de lo que en verdad
creemos

Nuevas Visiones

Bueno, digámoslo así.

Quisiera recuperar una buena-vieja tradición de esta casa. Os presento, con más satisfacción que orgullo, una serie de nuevas (y viejas) fotografías, que muy pronto se unirán a otras tantas (nuevas y viejas), que espero que os gusten.

Como la tapilla que se sirve con la caña y el vino.
Como el refugio después del camino duro.
Como echar un ojo a través de la cerradura.
Como nuevas visiones para los nuevos mundos.

Estos días (Nuevas Visiones)

Mis días, mi vida, son una línea recta mal dibujada de derecha a izquierda en una página en blanco.

Suelo tener ideas, algo así como pequeñas iluminaciones, en las primeras horas del día, en el duermevela. Si tengo frío, el vino de la noche anterior me cubre un poco más con la sábana. Pero si quiero que estas ocurrencias no mueran antes de nacer y sobrevivan a mis amaneceres, he de ser yo el que tome nota en éste o alguno de los cuadernillos de la casa. El problema, muchas veces, es encontrar un bolígrafo con el que poder escribir. Lo vacío y lo lleno, lo blanco y lo negro.

Cuando conduzco por las calles, la ciento veinticinco también avanza como una línea recta por una página en blanco. Sin rumbo predeterminado. Quizá por eso, intento llevar siempre unos cuantos minutos de sobra en mis bolsillos. Tiempo suficiente para divagar y serpentear por mis calles de ayer. Tal y como he hecho estos últimos años. Al doblar por una esquina o atravesar una plaza, rara vez cambia el paisaje de las fachadas. Sí lo hacen los personajes y las ideas que flotan como fantasmas por los rincones, de un lado a otro.

La lluvia golpea las aceras y la niebla va engullendo los edificios. Nosotros, pretendemos caminar por la calle como eslabones perdidos de la evolución, anónimos y desconocidos. Escondiéndonos en las noches y en los bares. Ocultos en las calles. Algunos quisieran que las aguas pasaran y desapareciera la oscuridad. Volver a abrazar el sol. Sin embargo, somos abrazados sin piedad por las tinieblas.

En mis días lejanos de pasear por el césped de la Facultad de la Verdad, entre cigarros y minis de cerveza y calimocho, me contaron que las realidades más horribles pueden llegar a ser las más bellas, y que las bellas no necesariamente tienen por qué serlas. Pienso en D. Nebreda. Aquel viejo grimorio con conocimientos arcanos de la vieja biblioteca de la facultad. Los sabios no querían que lo supiéramos. Querían ocultarnos la verdad. La verdad oculta en libros ocultos. Si mi memoria no me falla, y los cigarros y los minis no causaron demasiados estragos, creo que el libro estaba situado al fondo. En uno de los estantes situados a la derecha, bajo la protección de la categoría “AAPP”. Artistas plásticos. Nebreda, lo horrendo y lo sublime, la vida o la muerte, lo bello y la mierda resbalando por la cara.

Pienso en los pequeños polluelos. Criados bajo el ala protectora de Mamá Ganso, bajo el estigma de no ser el heredero. Los primeros años son los de la sobreprotección. Todo el mundo conoce a Mamá Ganso. Y cómo se las gasta con sus pequeños polluelos. Pero terminan aprendiendo a volar solos, acompañados solamente de su sombra y de los amigos que harán a lo largo del viaje. Cuando el polluelo cambia la voz, se vuelve feo y viejo como el resto. Cariñosamente es despreciado por su ascendencia. Entonces aprenden a sobrevivir. Y aprenden mejor que los hermanos mayores. Comportamiento e imitación. Metodología del aprendizaje, piensan algunos. Evolución y experiencia. Esos hermanos mayores que sí fueron criados entre algodones. Que estaban predestinados por suerte divina a alcanzar el Olimpo y la gloria. A rozar con las puntas de los dedos el rostro de dios. Pero lo único que lograron fue acariciar la cara más amarga de la locura. Lo blanco y lo negro, lo nuevo y lo viejo.

Tú dirías que ha sido otra noche. La vuelta de Odiseo a Ítaca. Te encontraste de repente en un cruce de caminos. ¿Y ahora qué?, ¿acaso vamos ahora a pedirle cuentas al rey?, ¿o llamarás a Robert Johnson para que acuda en tu ayuda?

Que la vida va en serio, uno lo empieza a saber cuando uno de sus amigos cumple treinta y dos años. Ahora ya es demasiado tarde y las luces del escenario languidecen. Mañana será otro día, dicen los viejos del lugar. ¿Y mientras tanto?, ¿leer?, ¿vivir?, ¿trabajar?, ¿letras o ciencias?

Lo viejo, y lo de todos los días.

Hablo desde la experiencia que me ha concedido el fracaso. Ese fracaso que me recuerda que según va pasando el tiempo, dejan de interesarte ciertas cosas que en su momento (y lugar) te habrían fascinado. Algunas heridas se cierran y no vuelven a sangrar. De otras, en cambio, sigue brotando. Aunque la carne viva cicatrizara. Eso lo dijo alguien. También dijo alguien (pero otro alguien): hay gente que no puede comprender que uno se calle cuando se ignora la verdad. Podría decirse de muchas maneras. Existen personas que le otorgan dignidad a la experiencia del fracaso. Reconocer los errores y las carencias de uno. Personas a las que no les vale ganar a cualquier precio, haciéndose trampas al solitario. Que saben de la imposibilidad física y matemática de poder aprehenderse todo el conocimiento existente. No pretenden saber absolutamente todo. Tampoco desean aparentar saberlo todo, por mucho que estos sean tiempos de apariencia e imagen. Escribo desde la más absoluta e inocente de las ignorancias, esa que no te engaña. Que no te hace ver cosas, donde los demás solo ven el aire y la nada invisible. Escribo tus ojos verdes sin haber visto jamás tus ojos verdes. Pero alguna vez vi algunos parecidos. Me agarro de tu cintura, cojo tus pechos y los beso. Aun no conociendo su sabor. Ignorancia sana y bendita, si es que la hubiera. Escribo camino por un campo. He caminado por más de uno. Fuera de aquí, en mi otra vida. La de verdad. Pero no he caminado por este por el que, en estos momentos, transito. Los recuerdos y el fracaso (experiencias) me chivan estrofas y me hacen escuchar cantos de cítaras. Me regalan musas para que lo construya todo: caminos, campo, besos y pechos. Todo a mi antojo. Y hacer solamente aquello que me plazca. Me relaja ponerme el capuchón del bolígrafo en la boca cada vez que acabo una frase. Me produce una sensación de placer mordisquearlo pensando en la siguiente. Imaginando ser un personaje de ficción corriendo por alguno de esos multiversos, o planos olvidados. O por una telenovela para mentes adolescentes. O, peor aún, una mala novela. Una con monstruos del terror clásico que dejaron de dar miedo hace ya demasiados libros. Así, el sueño poco a poco se va apoderando de esta mano. Mordisquear el capuchón del bolígrafo es más potente que el mejor de los sedantes jamás creado. Y la siguiente frase tarda cada vez más en nacerse. Hoy (mañana) volverán a sonreírme la Luna y su Estrella. La errante, eterna compañera de viaje. Recordaré a todos aquellos que se fueron y se alejaron de mi órbita, aunque sigan por alguna parte. No son pocos. Hablo desde la experiencia que me concede el fracaso. Miraré a la Luna y su Estrella, y trataré de sonreír. La fortuna y el fracaso. Keep on rockin!

Semillas del mal

¿Cuándo fue que decidiste
apearte de este tren
que a todos nos dirige
hacia el mismo lugar?

¿Por qué elegir
el atajo?
¿elegir
perderse
las increíbles vistas
las canciones, los bailes
la mirada furtiva y callejera
contra el perfecto desconocido
los paseos de invierno
o el miedo de las noches
y el olor del café recién hecho
que pinta las paredes
de eso que decimos
el hogar?

Si todo acabará igual
para todos
¿qué sentido tienen
las malas intenciones?
¿las malas acciones?
¿las malas palabras?

Pero,
(y él se pregunta)

¿Y qué sentido tienen
las buenas?

Seremos piratas

Eran los tres juntos
y ellos eran dos
y él era uno

Jugaron, rieron, borrachos
de juventud, saltaron de rama en rama
ellos asaltaban bergantines
               bajo una bandera negra
               cruzada por dos tibias
               y una lánguida calavera

Mientras uno jugaba solo
como un náufrago en la playa
ellos asaltaron bergantines
y capitanearon juntos, por los siete mares

Ahora, salimos afuera
y el invierno les ha sobrecogido
cansado de juegos y máscaras
se deshace de todas ellas
dejándolas en el suelo
y fueron dos
quienes las recogieron

Les enseñó a jugar
“seremos piratas
de los siete barrios”
y el invierno les sobrecogió
como completos desconocidos
que se cruzan extrañados
miradas cuerpo a cuerpo
en un mismo vagón

Hastía tanto crepúsculo
hastían los bellos atardeceres
y el cabalgar a lomos
de más de mil veranos

Hoy es otro día

Hoy es otro día
otro miércoles
otro jueves

mis huesos tiran de mi piel
hacia el sofá
aplastado por la gravedad
nada bueno bajo sol

hoy es otro día
y un abuelo recoge a su nieto
de la guardería
su mujer prepara lentejas
y huevos fritos en casa

los pensamientos toman el control
de la nave
y me obligan, a detenerme
a escucharme, a no hacer nada
nada nuevo desde la luna

hoy es otro día
y no queda cerveza en casa
mañana será otro
y al día siguiente, otro…

Canada

¿A dónde huir (cuando no quedan islas para naufragar)? Porque lo que parece querer todo el mundo en estos momentos, es conocer el lugar. Por el cómo ya nos preocuparemos. Lo primero es llegar allí. Dicen algunos que el mundo ha comenzado a perder la cabeza. Como si alguna vez la hubiera tenido. Que si esto, que si aquello o lo otro. Los acontecimientos se van sucediendo como una actuación de trapecistas. Y con cada nuevo número, tenemos que frotarnos los ojos con más fuerza. O eso nos dicen que hagamos.

Porque a mí, personalmente, no me interesan demasiado ciertas cosas. No más allá de la mera información como ciudadano del día a día. Opinar, por supuesto, de manera introspectiva. Normalmente, a excepción de una charla informal entre conocidos, o que las ganas por plantear mis opiniones en público (o el alcohol) me obliguen a tener que desfogarme. Trato de no dejarme llevar por ese defecto visceral. Lo de opinar en público, me refiero. Estamos trabajando en ello. Bajo estas reglas de juego, no entiendo otra forma de encarar el partido. Pero es importante reconocer (o más todavía quizá, reconocerse) cuáles son esas reglas bajo las que te ha tocado jugar. No se juega de la misma manera en todos los rincones del mundo.

Y mientras unos deciden pensar que a todos nos bañan los mismos rayos de sol, otros deciden ponerse estupendos. Corren ríos de tinta digital con los diez principales motivos que predijeron el auge de un nuevo príncipe de las tinieblas. Análisis y contraanálisis de movimientos políticos. Política, ah, ese juego. Y mientras, algunos otros, van abandonando el barco lentamente, cada día, cada año. Nos abandonan mientras suena de fondo una interminable marcha fúnebre de violines. Enormes estrellas (algunas también con su lado oscuro) van poco a poco apagándose en nuestro firmamento.

Ahora parece que las cosas suceden mucho más deprisa. Y lo que sucede es que ahora nos enteramos mucho antes. Simplemente, podemos elegir no querer enterarnos. Cerremos esta pestaña del navegador. Apaguemos la tele y la radio. Incluso tiremos (o quememos, si así lo creemos necesario) ese libro. Salgamos ahí fuera, o si no es posible, quedémonos mejor ahí dentro. Recreémonos en nuestros pensamientos. Imaginar. Jugar. Y cuando todo esté listo (o nos hayamos hartado de imaginar), salgamos fuera y respiremos. El mundo nunca dejará de girar, seguirá ahí cuando decidamos volver a meternos en él. Aunque haya personas tratando de decirnos lo contrario.

Que nuestro trabajo, nuestra salud y el de las personas que nos importan sea lo único que guíe nuestros pasos. Algunos, los que nacimos bajo la marca del Cobarde, no podemos hacer las cosas de otra manera, la mayoría de las veces. ¿Lo quieres más negro?