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Profesor

Entraste por primera vez en clase caminando ergudido, sosteniendo tu carpeta con tu antebrazo izquierdo. Camuflado, además, con tus eternos vaqueros perfectamente cilíndricos, tus cincuentaycasisesenta años, tu cabeza ya despoblada pero todavía habitada en su perímetro. Escoltado por esa sombra tuya con forma de espárrago, que no es más que una humilde y sincera copia en carbón de los anhelos ocultos de tu fisonomía. Entraste tú, manifestación atemporal desde los tiempos primeros, de los de Hesíodo y Homero, del auténtico hombre libre y liberado de las ataduras sociales, sobre todo políticas, que pone un pie en esta Tierra y acto siguiente pregunta “¿a quién hay que matar por aquí para conseguir un roncito?”. No era casualidad aquella querencia tuya a todo ente, sólido o líquido, que tuviera piel tostada y raíces caribeñas. Entraste vestido, una vez más, aunque yo no lo sabía, con tu inconfundible polo color violeta. Desgastado por largos años dedicados a la soltería postmatrimonial profesional e innumerables abusos de lejía a la hora de hacer la colada. El color de obispos y reyes, de seres extravagantes, de la opulencia y la frivolidad y del sexo situado casi en la frontera de lo que algunos, seguramente mucho más recatados que tú y mucho menos atrevidos, consideran humano.

De profesión: profesor en el instituto de la asignatura que siempre me recuerda ese poso de ignoranca que cada uno guardamos en nuestro interior (menos los que saben de todo), ahora. Antes, abogado laboralista defensor de los indefensos, santo patrón de los descorazonados trabajadores frente una nación nueva y huérfana de figuras paternales que cuidaran y velaran por ellos, faro de los obreros perdidos en las oscuras noches de travesía por despidos imposibles y eternas guerras burocráticas carentes de lógica o sentido acerca de algún dichoso papelito con el formulario B23. Seguramente, excompañero de más de un viejo camarada, caído en acto de servicio (“¡Y levanto mi copa por todos ellos y os saludo, hermanos!”).

Enemigo de los enemigos de los enemigos de la patria con mayúsculas rojas y amarillas, buscaste el exilio por las lejanas tierras de Tetuán y de Tánger. Te paseaste por las estrechas calles del Gran Zoco igual que entre los campos de olivos sosteniendo en tu mano un sombrero de paja que goteaba el sudor, fruto del implacable dios del sol del sur y fumando tus cigarritos de nosesabebienqué. Vividas incontables noches de delirios y pasiones, vetados todos al norte del Estrecho, y habiéndote asomado al borde del precipicio de las amenazas de la noche, volviste a la vida como conciudadano y expatriado antipatriota, inmunizado de por vida frente a cualquier peligro y enfermedad tóxica que se te presente. Te enfrentaste a perderlo todo y tuviste que reinventarte en la figura de profesor calavera. Y yo te imagino saliendo de clase en las tímidamente frías pero todavía cálidas primeras noches del otoño, buscando refugio primero en el bar de la esquina donde seguramente, a golpe de caña y caña, termines comentando, subrayando con rotulador en una pizarra imaginaria puesta sobre la barra y convenciendo a los demás parroquianos del barrio, de lo putas que están las cosas.

Después, deslizándote y colgándote del cuello de tu propia sombra en la oscuridad del callejón, buscando unas luces de neón parpadeantes, las barras de bar en la penumbra, el olor a cigarrillo y perfume del barato. Porque viniste a esta tierra para defender a los hombres justos de las leyes injustas que deben ser cumplidas, cierto, pero has comprendido definitivamente que las leyes no son más que palabras puestas en papel, escritas por los mismos hombres que no tienen intención de cumplirlas. Caminas ahora despreocupado, pensando en lo que fueron tus días de vino y rosas y alegrándote simplemente por el hecho de poder seguir caminando mientras respondes a la sociedad con uno de tus exabruptos: “¡los cojones van a cumplir estos las leyes! Venga… ¡otro roncito!”.

Como se supone que debe sonar

Así es como se supone que debe sonar la tormenta cuando no hay nadie en más de veinte kilómetros a la redonda para escucharlo.
Tan sólo los golpes y pies arrastrándose del estúpido vecino del piso de arriba pueden echar a perder este momento.
Con los gritos del primer trueno, me levanto del sofá y camino hasta la cocina. Me acerco a la ventana y no me sorprende ver el patio del colegio vacío, formándose los primeros charcos de agua.

El cielo es una enorme tapa de plástico gris que cubre todas las casas del barrio, ya amenazaba hace quince minutos a los pocos valientes que paseaban por la acera lo que iba a ocurrir.

Cuando la lluvia empieza a romper más fuerte y comienzan a mojarme unas pocas gotas el pecho descubierto, cierro la ventana.
De nuevo en el salón, tumbado en el sofá, le bajo el volumen al televisor hasta dejarlo mudo y solamente escucho el murmullo de las conversaciones de los inquilinos, el creciente enfado de la tormenta y de la lluvia, el rasgueo de este bolígrafo PILOT sobre la hoja del cuadernillo y el tintineo de unas gotas cayendo en alguna parte del piso.

Hacia ninguna parte

Me encontraba como solía decirse, en mitad de camino hacia ninguna parte. Otra vez había vuelto a quedarme dormido. Si hubiese tenido un trabajo, habría llegado tarde. Soñé con mostradores de farmacia, un centro comercial que solía visitar en mis pesadillas desde que era niño y gente a la que hacía tiempo que no veía. Tenía la cabeza empapada y en el cuarto parecía condensarse toda la humedad que mis cansados pulmones habían sido capaces de producir durante las horas de sueño. En un primer momento, me sentí desubicado. Aquella habitación no me resultaba familiar. Me caí literalmente de la cama, vestido todavía con la ropa del día anterior. Después de lavarme un poco la cara en el lavabo, cerré la puerta del cuarto y pasé al pequeño salón. Hacía un frío de mil demonios en aquella época del año, parecía que aquella noche iba a nevar de nuevo. Sobre la mesa descansaban media botella de bourbon y dos vasos de cristal apenas llenos. En un sillón apartado en una esquina de la habitación había una pila de libros antiguos; novelas de aventuras de principios de siglo, tratados de filosofía y anatomía y algunos viejos manuales de cine que mi amigo no había podido colocar en ningún otro sitio por no tener sitio en su casa para poner estanterías. Me puse el abrigo, que descansaba encima de aquel montón de libros, y decidí salir a la calle a dar una vuelta que me despejara la cabeza y fumar un cigarrillo para aclararme la garganta.

La Navidad ya había invadido todo ahí fuera. Los escaparates estaban decorados con brillantes adornos dorados, los cantos navideños resonaban en la megafonía por todas las calles y avenidas del centro y los discos número uno en ventas lo hacían en las grandes superficies comerciales. A pesar del ambiente festivo y hogareño, mi corazón parecía haber caído bajo el efecto de algún oscuro hechizo vudú. Mis ojos veían las luces de los semáforos y de los coches a través de una espesa niebla que lo cubría todo, y que a nadie a mi alrededor parecía importarle.

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El elefante rosa no aparece hasta el final

Vomité esta mañana. Lo primero que pensé cuando supe que iba a acabar vomitando en una palangana en el cuarto de baño, fue que me había llegado la hora. En situaciones muy cotidianas, suelo ser así de alarmista. Unos minutos después, cuando comprendí que lo que le estaba pasando a mi cuerpo eran unas simples náuseas pensé que lo que me ocurría no era muy diferente a lo que le ocurren a las hojas de los árboles al terminar el verano.

Todo comenzó mientras dormía. Mientras soñaba que estaba por ahí con mi chica y los amigos haciendo esto o aquello empecé a sentirme raro. Me dolía la tripa, como si tuviera ganas de ir al baño. Pero también me sentía un poco mareado. En el mismo sueño le pregunté a Eli si creía que un aquarius -de naranja- le haría algún bien a mi estómago. Me pareció raro porque a mí no me suele gustar el aquarius de naranja. Y lo siguiente que ocurrió es que desperté en la habitación. Hacía un frío de mil demonios, lo que me recordó que ya va siendo hora de encender la calefacción. Y sentí el mismo mareo que en el sueño. Me dolía la tripa.

Pasaron unos diez o veinte minutos en los que se me pasaron por la cabeza esas cosas feas de antes. Finalmente, cuando vi que sí, que realmente iba a vomitar, me levanté y me tambaleé hasta el cuarto de baño. ¿Dónde estaba la palangana verde? La habíamos usado la noche anterior para recoger la ropa de la colada. Estaría en la cocina. Fui golpeando con las paredes, medio dormido, medio muerto de frío. Llegué hasta la cocina, cogí la palangana y regresé al cuarto de baño. Ahí acabó mi cena-desayuno de hacía unas horas. Se me vino a la cabeza la imagen de un elefante rosa aplastando una avispa y clavándose su aguijón en el culo.

Como una bola

Vivo como una bola dentro de una mesa de juego. Soy zarandeado y agitado de un lado para otro sin ninguna oportunidad de escapatoria o posibilidad de acto de rebelión por mi parte. Siempre, siempre hacia abajo.
De vez en cuando algún que otro impulso me dispara hacia arriba, momentáneamente, para volver enseguida de vuelta a lo más profundo, al agujero.
Voy chocando continuamente con las paredes elásticas que me rebotan.
A veces caigo en trampas oscuras que se iluminan y me sueltan con una gran furia desatada de ímpetu e inercia.
Golpeado por las fuertes sacudidas de goma y plástico que me hacen daño. Difícil entender que su única intención es evitar que siga cayendo irremediablemente, perdiéndome para siempre en la oscuridad.
Aturdido por extraños y absurdos sonidos y ruidos y luces chispeantes y parpadeantes que me han convertido en un canto rodado imperturbable. Incapaz de moverme o poder alzar mi voz o mi grito de desesperación por encima de todo cuanto me rodea.
Atrapado entre el piso inclinado y el grueso cristal que me deja ver un mundo real y vivo. Cuánto desearía poder romper esta barrera y unirme a él.
Condenado a una eterna resurrección, disparado a través del estrecho cañón. Sin voluntad para poder tomar la decisión de detenerme, marchar hacia atrás o hacia delante. Condenado a no poder regresar jamás a mi rincón secreto.
Olvidado durante días, meses y años en la esquina de este viejo salón de juegos. Olvidado por mis viejos dueños. Vivo carente de interés para una nueva generación de hombres y mujeres. Imposible competir con sus modernas videoconsolas y juegos en red. Vivo como una bola atrapada dentro de una mesa de juego.

la noche siguiente del comienzo del fin del mundo

Aquella noche parecía que el cielo estaba finalmente a punto de caernos sobre nuestras cabezas. Un cielo negro armado de una lluvia oscura, invisible y que empapaba todo de una sensación de pérdida de control total. Todo parecía a punto de estallar. Marchas en las calles, disturbios, detenciones y controles ilegales. Problemas a lo largo y ancho de todo el país.

La noche siguiente del comienzo del fin del mundo, mientras iba en el coche, de camino al trabajo, vi el cadáver de un perro atropellado, tirado en el carril contrario. No me causó gran impresión, en principio, fue una visión rápida y fugaz. Mucha gente ve perros muertos todos los días y no tienen que escribir acerca de ello. Había un rastro de sangre en el asfalto, donde el animal había sido golpeado y arrastrado. El siguiente coche con el que me crucé trató de esquivarlo y me fijé en que las luces rojas del freno se iluminaron.

Parado en un semáforo, me fijé en que había una chica en un Golf a mi izquierda mirando al coche que se encontraba a mi derecha, un coche macarra naranja. Los había visto cruzarse momentos antes de llegar al semáforo con la luz (también roja) encendida. La ventanilla del conductor del coche anaranjado se bajó y un rostro completamente desencajado por una ira desatada asomó por ella gritando: “¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta!”. La chica dejó de mirar en esa dirección y aferró con fuerza el volante, igual que algunas mujeres agarraban fuertemente palos o piedras, o lo que tuvieran a mano, cuando eran amenazadas en la prehistoria. El coche anaranjado hizo rueda cuando el semáforo se puso en verde y salió disparado hacia la noche y se perdió con ella y nunca más volví a saber de él.

Finalmente, cuando estaba llegando a mi trabajo, en una de las salidas de la autopista me pareció adivinar un animalillo muerto en mitad del carril. Esta vez no vi sangre. Parecía un mamífero pequeño, como un roedor o puede que un gato.

Hacía frío, pero la tormenta de la noche anterior ya había terminado y parece ser que aquella noche no iba a llover nada sobre nadie.

Los perros, la gente, los sueños y los muertos

El sueño de anoche sí que fue extraño. Bueno, tal vez LOS SUEÑOS, porque fue una de esas noches en las que te ves paseado por una serie de sueños como si de un pase de varias películas seguidas se tratara. Una de esas noches en las que los sueños te sientan bien y mal cuando despiertas al amanecer, pero no estás seguro de porqué, incluso recuerdas haberte sentido ligeramente asustado, sin llegar a sentir miedo del todo. Lo del miedo creo que es por el extraño binomio entre irrealidad y surrealismo que inspiraba todo. Y por un gran perro que por poco estuvo de amputarme una pierna de cuajo. En el último momento tuve que cerrar los ojos, para evitar que me atacara. Y al abrir los ojos, vi que el pequeño bulldog, quizás fuera un dóberman, pasaba de largo delante mía y se iba corriendo a molestar a otra persona.
Si en un sueño, cierras los ojos, y antes de volver a abrirlos te ha dado tiempo a pensar que estás soñando, a sentir miedo, algo parecido a una sensación física de dolor, y a no poder despertarte, estás en un sueño bastante peligroso y profundo. Porque no sabes lo que te vas a encontrar ahí abajo.
Sentí euforia, había mucha gente conocida y no conocida por mí y yo parecía ser el centro de atención por algún motivo. En uno de los sueños había gente con la que hablé una o dos veces en mi vida hacía ya más de diez años y de los que no había vuelto a saber nada. Hasta iban acompañados por amigos suyos inventados por mí. La mente asusta, a eso me refería antes con lo de peligroso. Seguían teniendo la misma voz y haciendo los mismos gestos. Miraban y hablaban igual, como siempre.
Por supuesto, sé que si me encontrara con una de esas personas, estarían bastante más cambiadas que en mi sueño. Al menos la mayoría. No obstante, puede que te lleves una sorpresa. Puede que introduzcas en el buscador de internet el nombre vagamente familiar y, en el momento en el que comienzas a ver un video o una entrevista a esa persona, el pasado salte sobre ti y te muerda la pierna como un perro en un sueño del infierno.

Por los siglos de los siglos

Salí a la calle temprano para ir al colegio, como el resto de los días de la semana. Pero ese día era diferente, mi madre me vistió con el uniforme de gimnasia del colegio que había dejado preparado la noche anterior y, siguiendo las instrucciones de los profesores y sacerdotes del colegio, me dio un ramo de flores (no recuerdo de cuáles) para llevarlo al altar habilitado para esa semana de celebraciones. Cuando terminó de vestirme y me vi a mí mismo frente al espejo largo de la entrada de mi casa con mis flores, mis zapatillas de correr, un pantalón corto que no llegaba a cubrir prácticamente la mitad del muslo (y que todavía conservo por ahí) y la camiseta roja de mi clase, la C, tuve la extraña impresión de estar viendo una de esas fotografías antiguas de cuando nuestros padres iban a clase con jerséis y pantaloncitos cortos y todo el aire y la atmósfera estaban impregnados del aroma de las casas de los abuelos.
Han pasado muchos años y muchas cosas desde aquella mañana, y como es normal, muchos de los recuerdos creados a partir de ese día han sido ya borrados de mi memoria. Sin embargo, me acuerdo muy bien de la sensación del aire frío de la mañana golpeando mis pequeñas pantorrillas desnudas andando por la acera sin sol y el olor todavía húmedo de las flores recién cortadas (y que siempre me hace pensar en los pequeño problemas de congestiones de nariz que he padecido de mayor propiciados a su vez por otros problemas de alergias a plantas y a flores).
Había una iglesia, y sé que nos llevaban allí antes de comenzar los juegos y la diversión. Porque nos divertíamos, éramos niños de muy pocos años y las vacaciones de verano estaban a la vuelta de la esquina. El olor de la cera ahí dentro era fuerte. Te hacían levantarte de los bancos y sentarte según lo fuera ordenando el sacerdote. Era curioso ver cómo dirigía todo sin decir realmente nada. No recuerdo haberle oído nunca decir: “poneros en pie” o “volveros a sentar” o “hacer la señal de la cruz”. Era como mandar hacer cosas sin que aparentara que mandase nada realmente. Los chicos que se ponían a su lado (en otros tiempos ‘monaguillos’, una palabra que siempre me ha provocado cierta repulsión) solían ser los enchufados, los que vivían todo aquello con mucha más seriedad y rectitud, aquellos a los que la Iglesia veía salvados de la concupiscencia y les prometía un futuro brillante, iluminado. Entre levantarnos y sentarnos, aprendíamos las palabras mágicas.
Bendita tú eres entre todas las mujeres…
Bendita tú eres entre todas las mujeres…
Y bendito es el fruto…
Y bendito es el fruto…
De tu vientre, Jesús.
De tu vientre, Jesús.
El chico que estaba sentado a mi lado emitió un chillido terrorífico. Ese grito me heló la sangre por completo. Los profesores le echaron de los bancos, creo recordar que cogiéndole de la oreja. Mientras era sacado a empellones del templo iba gritando, tratando de defenderse o explicarse y echándole la culpa de su repentino ataque de pánico a un bicho que había aparecido justo delante suya por un orificio que había en la madera de aquellos viejos bancos de iglesia. Yo pude ver aquel bicho. Era una cucaracha negra, de las que causan repulsión a cierta clase de chicos. Temía que se acercara lo suficiente a mí como para no poder reprimir yo también un alarido y quedarme sin los juegos de después.
Ruega por nosotros pecadores…
Ruega por nosotros pecadores…
Entre el calor de aquella fría mañana de Mayo, el olor de las ceras, el vino y la sangre que salía de una pequeña herida de debajo de una costra que me había arrancado momentos antes de entrar en la misa, comencé a sentirme extraño. No he vuelto a sentirme así nunca, gracias a dios. La voz del cura parecía sonar como si estuviera alejándose subido a un camión a paso lento y hablara por medio de un megáfono. Veía todos los chicos como yo, uniformados con sus pantalones cortos y camisetas de color amarillo, azul o rojo pronunciando sus oraciones, agachando la cabeza al mismo tiempo que lo hacía yo y miraba de reojo, con cierto recelo, el agujero por el que había salido la cucaracha minutos antes. El agujero parecía hacerse grande por momentos, como si comenzara a tragarse la iglesia. Realmente no me di cuenta hasta tiempo después de que lo que me estaba pasando era que me encontraba a punto de perder el conocimiento. Como pude salí de la fila de mi banco y me dirigí a la profesora. Sin ver ni decir nada tampoco, ella obedeció y me sostuvo con su brazo antes de que desfalleciera completamente. Veía una gran mancha negra y pocas cosas a mi alrededor. 
Ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Me sacaron entre un par de profesores que no tienen rostro para mí. Me sentaron en el patio, recibiendo ese aire frío que chocaba contra los muros de la iglesia en los que estaba apoyado, recuperando el aliento. Alguien puso una botella con algo de líquido en mis labios. Era agua. Poco a poco la mancha negra fue desapareciendo y volví a ver todo con claridad. Algunos de mis compañeros habían salido ya de la misa y se congregaban a mi alrededor para saber qué me había ocurrido. En cuanto vieron que no era nada realmente grave, nada que mereciera la pena ver, saber o comentar después con alguien, se fueron a jugar. Cuando creí encontrarme mejor me volví a poner de pie y le di las gracias tímidamente a la profesora y al padre de una niña de mi clase que me habían traído el agua. Entonces, andando, me fui yendo con mis compañeros a jugar.

Fuego en la boca

Tengo el fuego en la boca, y a parte de eso, no hay nada.
¿Y qué puedo hacer cuando lo único que tengo en mi mochila para enseñar a los demás es: nada?
¿Es mejor tener nada o no tener nada?
Anoche en el parque aprendí, que hasta las más pequeñas tristezas, son en verdad serias. Y que todas las alegrías, guardan un miedo y una amenaza de pequeña tristeza. Pero no hay que comerse demasiado la cabeza.