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Son símbolos, me dijo

Un día cualquiera, al levantarme de la cama, fui a la cocina. Lamenté no haberme acordado la tarde anterior de comprar filtro y gomas para la cafetera. Eché en falta algo aparentemente sin importancia. Una taza manchada de cola cao en el fregadero. Un poco resignado y sin cafeína que poder ingerir, me senté en el sofá. No encendí la televisión. Pero en su lugar abrí el procesador de textos del ordenador y comencé a escribir algo. Describí muy vagamente mi estado de ánimo. Mi lamento por darme cuenta de que tendría que salir a la calle si quería preparar café, por ejemplo. Cómo, sorprendentemente, eché en falta algo cotidiano en la cocina.

Cuando terminé de escribir el primer párrafo mi mente procrastinadora se levantó de la silla. Se acercó a la ventana que da al patio interior. Vio la cocina del vecino de enfrente. Pudo ver un plato de frutas repleto de manzanas. También una bandera colgada del tendedero. Son símbolos, me dijo. Algo que unas personas decidieron hace algún tiempo que significara algo, me dijo mientras volvía a sentarse en la silla. Yo, como todas las veces que se ausenta, había aprovechado para hurgarme la nariz, buscar cosas que no me interesaban en absoluto por internet o comprobar si alguien en el mundo se había vuelto loco y había comenzado a ingresar dinero en cuentas bancarias al azar, siendo yo el afortunado. Me repitió lo de los símbolos que algunas personas decidieron hace algún tiempo. Y yo le respondí que vale, que me dejara terminar de escribir aquello.

Pero aquello no tenía nombre, ni forma, ni color. Sin embargo, sí que olía un poco a mierda. Y el caso es que había algo que echaba en falta, sin terminar de saber qué era. Fui al cuarto de baño a lavarme los dientes. Mientras lo hacía me miré en el espejo, aspiré profundamente hasta que se me marcaron las costillas, como hacía de pequeño. Por cosas de la edad, cada vez me iba costando más. También recogí un par de pelusas del suelo y las tiré al váter. Fui al dormitorio y coloqué la botella de agua que estaba en el suelo, al lado de la cama, en la mesita de noche. La habitación estaba casi a oscuras, aún no había subido la persiana, por miedo a enseñar cosas que no quiero enseñar a algún vecino o vecina cotilla. Tampoco entraba ningún ruido, salvo el del ventilador del ordenador y el generador de la nevera en la cocina. Me sorprendió que, pese a estar cerrada, tampoco oliera a nada. Era como si la habitación concentrara un espacio vacío de luz, olor y sonido. Volví al cuarto de baño y escupí la pasta de dientes.

Al sentarme nuevamente en el salón, descubrí horrorizado que mi mente había vuelto a hacer de las suyas. En mi ausencia se había adueñado del ordenador y había escrito un párrafo desagradable sobre olores a mierda y algo pretencioso, con alusiones a términos metafísicos que no era capaz de manejar.

Algo cansado, encendí la televisión y lo primero que vi en aquella mañana, fue la imagen de un hombre por la calle con una bandera.

París bien vale una misa

París era una fiesta. Horatio, que nunca supo muy bien qué demonios era eso de ser fotógrafo, baja de la aeronave, pone sus pies en la ciudad de la luz y comienza su extraño viaje. Un viaje hacia la ascensión, la mística y la pasión. Y, como nunca supo ser fotógrafo, escribe, como ya hicieran otros, su propia contranovela utilizando imágenes a modo de párrafos.

La ciudad recibe a Horatio y él la escudriña a través de una de sus forjas de hierro, en pleno corazón de Barbès-Rochechouart. Persiste esa especie de halo de luz del más allá que parece llamar, igual que el canto de las sirenas, a nuestro desventurado héroe. Una infernal boca de metro le engulle y comienza su descenso a los infiernos. Allí abajo se enfrentará a toda clase de espectros. Incontables criaturas de acero y hierro que se retuercen y juegan con los espejos, tratando de ocultarse del ojo del cazador. Una torre infinita y oscura con forma de aguja que, desde cualquier punto de la ciudad, acecha a los inocentes habitantes que caminan, leen periódicos, hablan por sus teléfonos móviles escuchando y esperando que estalle otra revolución o que una estrella emerja de Sacré-Coeur y pueda volar lo suficientemente lejos para no convertirse en otro paseante del barrio que arrastra su abrigo negro y su desvencijada guitarra por las calles de pintores y puestos de crepes.

En uno de los escasos santuarios el viajero encuentra su rayo de esperanza y de paz caminando entre pilares y embobado con las vidrieras. Pero, con algo más de atención observa que, el templo, también es guardado por espíritus que vagan por sus suelos de mármol, habiendo olvidado por completo su origen y su rumbo. La Dama esconde en su interior un cielo y un infierno personal. Afuera, ejércitos de gárgolas parecen prepararse para la madre de todas las batallas.

Horatio se reencuentra con su maga y juntos recorren los símbolos secretos de la ciudad. El obelisco negro que se alza contra el cielo, la gran rueda del destino que mantiene atrapadas las almas incautas, y la pirámide de cristal que adopta distintos formas y tamaños según convenga.

Uno, que pese a no saber qué era aquello de ser un fotógrafo, sí sabía muy bien cuáles eran sus héroes de la infancia, echa de menos a los habitantes de la ciudad en todas estas imágenes. Echa de menos haber retratado a aquellos que habitan, respiran y viven en la ciudad de la luz. La figura del pintor de Montmartre que chapurrea el español y día tras día decide dedicarse al viejo y noble arte de retratar la realidad, a cincuenta euros la pieza. La del viejo rockero que vacila a los turistas y toca su guitarra marcando el ritmo del blues con unas largas y blancas barbas y sus zapatos viejos. Quizá por ello (pese a ello), estas fotografías son habitadas por fantasmas y otros espíritus. Uno puede tener claro hacia donde apunta, pero a veces cada semilla vuela y cae en un punto distinto de la tierra.

Horatio y la maga logran ascender y consiguen pasajes para un tren y vuelan lejos.

Estos días (Nuevas Visiones)

Mis días, mi vida, son una línea recta mal dibujada de derecha a izquierda en una página en blanco.

Suelo tener ideas, algo así como pequeñas iluminaciones, en las primeras horas del día, en el duermevela. Si tengo frío, el vino de la noche anterior me cubre un poco más con la sábana. Pero si quiero que estas ocurrencias no mueran antes de nacer y sobrevivan a mis amaneceres, he de ser yo el que tome nota en éste o alguno de los cuadernillos de la casa. El problema, muchas veces, es encontrar un bolígrafo con el que poder escribir. Lo vacío y lo lleno, lo blanco y lo negro.

Cuando conduzco por las calles, la ciento veinticinco también avanza como una línea recta por una página en blanco. Sin rumbo predeterminado. Quizá por eso, intento llevar siempre unos cuantos minutos de sobra en mis bolsillos. Tiempo suficiente para divagar y serpentear por mis calles de ayer. Tal y como he hecho estos últimos años. Al doblar por una esquina o atravesar una plaza, rara vez cambia el paisaje de las fachadas. Sí lo hacen los personajes y las ideas que flotan como fantasmas por los rincones, de un lado a otro.

La lluvia golpea las aceras y la niebla va engullendo los edificios. Nosotros, pretendemos caminar por la calle como eslabones perdidos de la evolución, anónimos y desconocidos. Escondiéndonos en las noches y en los bares. Ocultos en las calles. Algunos quisieran que las aguas pasaran y desapareciera la oscuridad. Volver a abrazar el sol. Sin embargo, somos abrazados sin piedad por las tinieblas.

En mis días lejanos de pasear por el césped de la Facultad de la Verdad, entre cigarros y minis de cerveza y calimocho, me contaron que las realidades más horribles pueden llegar a ser las más bellas, y que las bellas no necesariamente tienen por qué serlas. Pienso en D. Nebreda. Aquel viejo grimorio con conocimientos arcanos de la vieja biblioteca de la facultad. Los sabios no querían que lo supiéramos. Querían ocultarnos la verdad. La verdad oculta en libros ocultos. Si mi memoria no me falla, y los cigarros y los minis no causaron demasiados estragos, creo que el libro estaba situado al fondo. En uno de los estantes situados a la derecha, bajo la protección de la categoría “AAPP”. Artistas plásticos. Nebreda, lo horrendo y lo sublime, la vida o la muerte, lo bello y la mierda resbalando por la cara.

Pienso en los pequeños polluelos. Criados bajo el ala protectora de Mamá Ganso, bajo el estigma de no ser el heredero. Los primeros años son los de la sobreprotección. Todo el mundo conoce a Mamá Ganso. Y cómo se las gasta con sus pequeños polluelos. Pero terminan aprendiendo a volar solos, acompañados solamente de su sombra y de los amigos que harán a lo largo del viaje. Cuando el polluelo cambia la voz, se vuelve feo y viejo como el resto. Cariñosamente es despreciado por su ascendencia. Entonces aprenden a sobrevivir. Y aprenden mejor que los hermanos mayores. Comportamiento e imitación. Metodología del aprendizaje, piensan algunos. Evolución y experiencia. Esos hermanos mayores que sí fueron criados entre algodones. Que estaban predestinados por suerte divina a alcanzar el Olimpo y la gloria. A rozar con las puntas de los dedos el rostro de dios. Pero lo único que lograron fue acariciar la cara más amarga de la locura. Lo blanco y lo negro, lo nuevo y lo viejo.

Tú dirías que ha sido otra noche. La vuelta de Odiseo a Ítaca. Te encontraste de repente en un cruce de caminos. ¿Y ahora qué?, ¿acaso vamos ahora a pedirle cuentas al rey?, ¿o llamarás a Robert Johnson para que acuda en tu ayuda?

Que la vida va en serio, uno lo empieza a saber cuando uno de sus amigos cumple treinta y dos años. Ahora ya es demasiado tarde y las luces del escenario languidecen. Mañana será otro día, dicen los viejos del lugar. ¿Y mientras tanto?, ¿leer?, ¿vivir?, ¿trabajar?, ¿letras o ciencias?

Lo viejo, y lo de todos los días.

Hablo desde la experiencia que me ha concedido el fracaso. Ese fracaso que me recuerda que según va pasando el tiempo, dejan de interesarte ciertas cosas que en su momento (y lugar) te habrían fascinado. Algunas heridas se cierran y no vuelven a sangrar. De otras, en cambio, sigue brotando. Aunque la carne viva cicatrizara. Eso lo dijo alguien. También dijo alguien (pero otro alguien): hay gente que no puede comprender que uno se calle cuando se ignora la verdad. Podría decirse de muchas maneras. Existen personas que le otorgan dignidad a la experiencia del fracaso. Reconocer los errores y las carencias de uno. Personas a las que no les vale ganar a cualquier precio, haciéndose trampas al solitario. Que saben de la imposibilidad física y matemática de poder aprehenderse todo el conocimiento existente. No pretenden saber absolutamente todo. Tampoco desean aparentar saberlo todo, por mucho que estos sean tiempos de apariencia e imagen. Escribo desde la más absoluta e inocente de las ignorancias, esa que no te engaña. Que no te hace ver cosas, donde los demás solo ven el aire y la nada invisible. Escribo tus ojos verdes sin haber visto jamás tus ojos verdes. Pero alguna vez vi algunos parecidos. Me agarro de tu cintura, cojo tus pechos y los beso. Aun no conociendo su sabor. Ignorancia sana y bendita, si es que la hubiera. Escribo camino por un campo. He caminado por más de uno. Fuera de aquí, en mi otra vida. La de verdad. Pero no he caminado por este por el que, en estos momentos, transito. Los recuerdos y el fracaso (experiencias) me chivan estrofas y me hacen escuchar cantos de cítaras. Me regalan musas para que lo construya todo: caminos, campo, besos y pechos. Todo a mi antojo. Y hacer solamente aquello que me plazca. Me relaja ponerme el capuchón del bolígrafo en la boca cada vez que acabo una frase. Me produce una sensación de placer mordisquearlo pensando en la siguiente. Imaginando ser un personaje de ficción corriendo por alguno de esos multiversos, o planos olvidados. O por una telenovela para mentes adolescentes. O, peor aún, una mala novela. Una con monstruos del terror clásico que dejaron de dar miedo hace ya demasiados libros. Así, el sueño poco a poco se va apoderando de esta mano. Mordisquear el capuchón del bolígrafo es más potente que el mejor de los sedantes jamás creado. Y la siguiente frase tarda cada vez más en nacerse. Hoy (mañana) volverán a sonreírme la Luna y su Estrella. La errante, eterna compañera de viaje. Recordaré a todos aquellos que se fueron y se alejaron de mi órbita, aunque sigan por alguna parte. No son pocos. Hablo desde la experiencia que me concede el fracaso. Miraré a la Luna y su Estrella, y trataré de sonreír. La fortuna y el fracaso. Keep on rockin!

Es el azar, idiota

Muchas veces olvidas cómo comenzó todo este tinglado. Un mar repleto de probabilidades, y fuiste a dar con esta pequeña piedrecita enana. Es el único hecho real al que, tal vez, debiéramos prestar atención. Podemos llamarlo servidumbre, como hacen algunos, si te parece más apropiado. El peligro de hacerlo, es que puedes crear un arma poderosa. Poderosa y peligrosa. Podemos llamarlo creencia, o podemos llamarlo ciencia. Si te lees el libro al revés, verás como tú también caes en la confusión. Lo que nos haría falta tener bien claro es que, igual que hemos llegado hasta esta isla en mitad del océano, algún día nos iremos.

Así fue como me lo explicó el vagabundo. Era de noche, yo paseaba por el muelle, las luces de los barcos pesqueros perfilaban la línea invisible del horizonte. En mi corazón no había nada, solo tinieblas y, tal vez, miedo e incertidumbre, y él me lo colmó de palabras y esperanzas. Dijo que, reducir toda esta aparente complejidad cósmica, es fácil. Que el miedo es un conjunto de mecanismos biológicos, difícilmente entendible por mis limitados conocimientos. Que todo es una mezcolanza de ecuaciones, líneas imaginarias, ideas y azares. Que no debía preocuparme de nada, porque nada está realmente bajo mi control, salvo alguna cosa.

Bastantes años después, recordé algunos momentos de esa conversación. Y lo que en su día me sumió, aún más, en las tinieblas y la ignorancia, ahora parecía arrojar algo de luz a las nubes de oscuridad de mi mente. Tal vez yo ya no era aquella persona que recibió aquellas palabras, tal vez las palabras habían viajado muchos millones de kilómetros. Tal vez flotaran, con el polvo cósmico de las estrellas, o de nosotros mismos (C. Sagan dixit) a través del tejido interestelar. O de algo llamado campo gravitatorio. Tal vez habían flotado invisiblemente, pasando a través del cuerpo de mi pareja, que descansaba plácidamente en el dormitorio, hasta mí. Tal vez ella las recordaría en los años venideros. Tal vez seguirían flotando durante muchos más años, quizás siglos o milenios, atravesando millones de estrellas y de otros cuerpos. Tal vez, si algún día regresaba a esta pequeña isla, volvería a escucharlas, y puede que tuviera la suerte de volver a comprenderlas. Invisibles, entrarían por mi oído derecho y me enseñarían esa pequeña parte de mi mente tan ajena y desconocida por mí.

Mientras tanto, por aquí estaré. Yo, no me quiero ir.

Puertas Abiertas

Día del principio
del fin
del principio

Otra vez había vuelto a ocurrir. No escribió nada en su cuaderno vaquero durante las últimas dos o tres semanas. Y le preocupaba estar perdiéndose algo importante ahí fuera, en la incipiente primavera.

Había parecido estar preocupado por algo más esas últimas semanas. Le habían hecho notar que si le costaba respirar por las noches sería por estar preocupado por algo. Y él se decía a sí mismo que en verdad no sería nada más que la puta alergia. Se sentía mal preocupando a la gente de su entorno. Además, no es que “estuviera mal” (eso eran para él palabras prohibidas en todo su reino), sino más bien una variante algo más intensa de su inmanente estado “no estoy del todo bien, pero tampoco estoy mal”.

Había soñado la noche pasada con conducir una motocicleta. Una pequeña moto tipo “cafe racer” de cientoveinticinco. A lo mejor fue por lo del libro de Alix que había visto la tarde anterior. Últimamente soñaba más a menudo con conducir una moto. Los sueños en los que alguien era estrangulado hasta morir o asfixiado, a veces era él mismo el estrangulado, otras el estrangulador y otras veces simplemente lo observaba como un narrador omnisciente, seguían sucediendo cada dos o tres semanas, como siempre.

Lo que más le preocupaba, por encima de todas esas nubes que se le escapaban flotando hacia el cielo azul, hacia la incipiente primavera, era la idea de estar cayendo en la tela de araña de la escritura “por pose y de impostura”. Cuando hojeaba alguna revista o libro y veía una fotografía de uno de esos escritores de primera división, experimentaba dos sensaciones: la arrogancia y rebeldía típicas del joven que latía en su interior, revolviéndose contra la autoridad, y, a medida que iban cayéndole las primaveras incipiosas, una envidia nada sana al observar a través de sus miradas una quietud y serenidad y, sobre todo, una férrea disciplina aprendida a lo largo del camino y que no trataba de ocultar un malestar, una tristeza o melancolía.

Y si ellos podían, “¿por qué yo no?”, preguntó el hombre de las cavernas al observar la tierra y la sangre mezcladas y enfrentadas a la pared de roca de una manera firme y equilibrada y con cierta belleza retorcida.

Los que manejan las máquinas

de nuevo, como si fuera por primera vez, ahogada en la oscuridad abismal que inundaba aquella estancia, una luz comenzó a existir. Débil y tímida al principio, empezó a dibujar contra el lienzo ensombrecido de una pared de piedra la silueta de una figura atlética. Ya con decisión, la luz terminó de perfilar definitivamente esa sombra. Era un guerrero. Un valiente miembro de la Orden De Los Caballeros De Paz De Karxila, venido de algún lejano continente más allá de las fronteras de Ivalendia.

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Quería que las cosas salieran mal

Me acordaba el otro día, no sé si en el funeral de un familiar de algún conocido o esperando a que me atendieran en el dentista, de la anécdota de aquel tipo que siempre que se subía en un avión, llevaba en su equipaje de mano un pequeño artefacto explosivo de andar por casa. El mcguffin de la historia era arrojar un guante a la estadística y reírse directamente en su cara, por aquello de la baja probabilidad de que se cuele un artefacto explosivo en la aeronave. Y no digamos ya dos. El aroma que se desprende de esta ¿historia? es que no es raro querer estar preparado para lo peor. “En algún momento del viaje, alguna rueda se pinchará, estate preparado”, esto me lo dijo mi padre, o el profesor de la autoescuela, no sé. Para algunas personas no se trata de una actitud o visión pesimista y bochornosa ante la vida, sino más bien de una distorsionada cuestión del deber.

Cuando se enfrentaba a cualquier situación en la que hubiera la más mínima sospecha de que alguno de los detalles o escenarios quedaba fuera de su control, situación bastante recurrente en su vida, asumía la clásica postura defensiva del armadillo y aguantaba hasta que acabara el chaparrón. Ya fuera en el trabajo, en sus relaciones de pareja, en período de elecciones o en una inocente visita al médico, por un pequeño bulto en la ingle, o a la tienda de la esquina para comprar el pan. Siempre predispuesto para lo peor, para que algo saliera mal. Es más, quería que las cosas salieran mal cuanto antes, como si fuera un ítem más de su lista de tareas programadas para el día. “Señor Ruiz venga a mi despacho, tenemos que hablar”, “pues se nos han acabado las barras, si quieres una pistola”, “es que ya no es como al principio”, algún imprevisto que te abofetea la rutina diaria y te pilla en gayumbos. Una vez pasara lo que tuviera que pasar, quedaría libre de cualquier atadura y podría disfrutar de unos cuantos días de optimismo y paz espiritual. Y es que él no se consideraba una persona religiosa, no más allá de sus obligaciones puntuales con sus nubarrones, pero sí bastante espiritual.

Pero, y si pasados los primeros instantes, ¿no se produce ningún chaparrón? Entonces la incertidumbre se presentaba ante su puerta y tocaba el timbre. Los mecanismos de su cabeza comenzaban a hacer de las suyas. No puede no haberse equivocado, algo falla. No me está doliendo como yo esperaba. No puede ser que todo vaya bien. La incertidumbre y la duda aporrean y dan patadas contra la puerta. ¿Cómo poder estar del todo seguro? Envidio muchas cosas en la vida, pero sobre todo a las personas que son capaces de ignorar esos nubarrones, aunque compadezco a los ignorantes. Supongo que habría que entrenarse para eso también. A él desde luego, le hubiera venido bien, como saltar del puente confiando en que la cuerda es lo suficientemente elástica y lo bastante corta para poder disfrutar del salto.

Hoy gracias a dios solamente fue eso: una revisión, una limpieza general, cuarenta euros menos y enjuagarse con agua y sal. Todo ha salido bien.

Contrato basura

Escribí anoche en algún cuaderno oscuro que soy yo el que hace compañía a la locura soledad. No sé por qué me ha salido esa otra palabra. A mí es a quien acude cuando ella se siente sola. Me obliga a sentarme con ella y escuchar sus tonterías durante toda la noche. A mí sinceramente poco me importa que se sienta despechada o abandonada. Yo solamente soy llamado a su vera. Y aún a veces me pregunto por qué.

Yo tengo que apaciguar sus anhelos de compañía. Y no elegí este trabajo, pero qué le voy a hacer. He estado tanto tiempo solo, hablando conmigo mismo que, por lo visto, no hay nadie más adecuado para realizar esta tarea. Y cuando la señorita (¿o señora?) soledad se cansa, se harta y rompe los espejos de su habitación, entonces soy yo el que tiene que consolarla, lo juro.

Ya digo que yo no quise hacer méritos para este puesto, pero en fin. Reconozco que a veces ayuda, en tu día a día, ver que hay gente a tu alrededor que se encuentra en una situación parecida a ti. No hablo de ver la desgracia en ojos ajenos. Solamente quiero decir con esto que ella ha pasado por lo mismo que todos nosotros alguna vez. Y qué le hago yo. Pues ya está. No toca otra más que aguantar y escuchar. Otra noche más. A mí es a quien llama la soledad cuando quiere compañía.

Shakespeare nunca lo haría

Shakespeare encerrado en su agujero, pluma en ristre y la hoja de papel encima de su escritorio. El teléfono móvil, con el whatsapp desconectado, reposa en una esquina, junto al portátil.

Le está dando vueltas a algo, aunque no termina de materializarse. Parpadea con desgana y timidez la bombilla del genio y de la sabiduría, pero no acaba de iluminar y brillar. No sabe en qué cajón, en qué armario de sus recuerdos estará la clave, pero era algo que le ha ocurrido.

Tal vez la discución con su señora. Notó quebrarse un poco su voz al discutir por ese estúpido pañuelo. Notó asomarse por sus labios la marca de la culpabilidad y del engaño. Como si algo hubiera cambiado en su interior. Aunque no estaba claro dentro de quién. Una fuerza invisible y demoledora estaba tratando de confundirle, de ocultarle algo de un valor incalculable, si sus oídos y sus ojos no le habían engañado.

Porque los oídos te podrán decir mentiras, pero a no ser que un demonio envenene o te arranque los ojos, estos te dirán lo más cercano a la verdad. Y viendo que esto, no solo era bueno, sino que además de ser la hostia, seguramente le garantizaría fama y riqueza, decidió anotarlo. Al diablo con el dichoso pañuelo.

Profesor

Entraste por primera vez en clase caminando ergudido, sosteniendo tu carpeta con tu antebrazo izquierdo. Camuflado, además, con tus eternos vaqueros perfectamente cilíndricos, tus cincuentaycasisesenta años, tu cabeza ya despoblada pero todavía habitada en su perímetro. Escoltado por esa sombra tuya con forma de espárrago, que no es más que una humilde y sincera copia en carbón de los anhelos ocultos de tu fisonomía. Entraste tú, manifestación atemporal desde los tiempos primeros, de los de Hesíodo y Homero, del auténtico hombre libre y liberado de las ataduras sociales, sobre todo políticas, que pone un pie en esta Tierra y acto siguiente pregunta “¿a quién hay que matar por aquí para conseguir un roncito?”. No era casualidad aquella querencia tuya a todo ente, sólido o líquido, que tuviera piel tostada y raíces caribeñas. Entraste vestido, una vez más, aunque yo no lo sabía, con tu inconfundible polo color violeta. Desgastado por largos años dedicados a la soltería postmatrimonial profesional e innumerables abusos de lejía a la hora de hacer la colada. El color de obispos y reyes, de seres extravagantes, de la opulencia y la frivolidad y del sexo situado casi en la frontera de lo que algunos, seguramente mucho más recatados que tú y mucho menos atrevidos, consideran humano.

De profesión: profesor en el instituto de la asignatura que siempre me recuerda ese poso de ignoranca que cada uno guardamos en nuestro interior (menos los que saben de todo), ahora. Antes, abogado laboralista defensor de los indefensos, santo patrón de los descorazonados trabajadores frente una nación nueva y huérfana de figuras paternales que cuidaran y velaran por ellos, faro de los obreros perdidos en las oscuras noches de travesía por despidos imposibles y eternas guerras burocráticas carentes de lógica o sentido acerca de algún dichoso papelito con el formulario B23. Seguramente, excompañero de más de un viejo camarada, caído en acto de servicio (“¡Y levanto mi copa por todos ellos y os saludo, hermanos!”).

Enemigo de los enemigos de los enemigos de la patria con mayúsculas rojas y amarillas, buscaste el exilio por las lejanas tierras de Tetuán y de Tánger. Te paseaste por las estrechas calles del Gran Zoco igual que entre los campos de olivos sosteniendo en tu mano un sombrero de paja que goteaba el sudor, fruto del implacable dios del sol del sur y fumando tus cigarritos de nosesabebienqué. Vividas incontables noches de delirios y pasiones, vetados todos al norte del Estrecho, y habiéndote asomado al borde del precipicio de las amenazas de la noche, volviste a la vida como conciudadano y expatriado antipatriota, inmunizado de por vida frente a cualquier peligro y enfermedad tóxica que se te presente. Te enfrentaste a perderlo todo y tuviste que reinventarte en la figura de profesor calavera. Y yo te imagino saliendo de clase en las tímidamente frías pero todavía cálidas primeras noches del otoño, buscando refugio primero en el bar de la esquina donde seguramente, a golpe de caña y caña, termines comentando, subrayando con rotulador en una pizarra imaginaria puesta sobre la barra y convenciendo a los demás parroquianos del barrio, de lo putas que están las cosas.

Después, deslizándote y colgándote del cuello de tu propia sombra en la oscuridad del callejón, buscando unas luces de neón parpadeantes, las barras de bar en la penumbra, el olor a cigarrillo y perfume del barato. Porque viniste a esta tierra para defender a los hombres justos de las leyes injustas que deben ser cumplidas, cierto, pero has comprendido definitivamente que las leyes no son más que palabras puestas en papel, escritas por los mismos hombres que no tienen intención de cumplirlas. Caminas ahora despreocupado, pensando en lo que fueron tus días de vino y rosas y alegrándote simplemente por el hecho de poder seguir caminando mientras respondes a la sociedad con uno de tus exabruptos: “¡los cojones van a cumplir estos las leyes! Venga… ¡otro roncito!”.