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Va por ti, James

No sé exactamente el año. Creo que dos mil cinco o dos mil seis. Volvía de la exposición de ARCO. Como de costumbre por aquella época, me perdí volviendo a casa mientras conducía el smart rojo que mi padre tenía por aquel entonces. Pasaba cerca de las cuatro torres que acababan de construir hacía relativamente poco. En el coche sonaba una canción que no había escuchado jamás. No conocía al intérprete. Me sonaba moderno, la instrumentación muy peculiar para ser sonido definitivamente blues. De la letra iba captando algunas cosas, como que hay que obedecer a alguien. Al diablo o a la ley*. Creo que era algo así. No sabía que, tan sólo unos pocos años después, esa canción estaría entre mis favoritas y su autor entre uno de mis más grandes ídolos. Cosas de la vida. En mi delirio auditivo anglosajón, me pareció atrapar la frase “You may have a DVD”**. Y entonces relacioné (MUY erróneamente) aquella frase con la serie de televisión en la que sonaba aquella canción.

Estaba escuchando la banda sonora de la serie de televisión (emitida en Estados Unidos por la HBO), Los Soprano. Dios, qué añito pasé, totalmente enganchado a las batallas, triunfos, derrotas, heridas y asesinatos del Gran Anthony Soprano, Tony, y de las del resto de su “familia” -Silvio Dante, Paulie Gualtieri, Sal “Big Pussy” Bonpensiero y Christopher Moltisanti (sobre todo de éste). Mi equivocación sobre la frase del DVD supongo que vino provocada por aquel robo y contrabando de unos reproductores de alta fidelidad que cometían Tony y su banda en uno de los primeros capítulos de la serie.

No obstante, si jugamos y distorsionamos un poco las dos frases, al final, resultó que ambas sí podrían estar relacionadas con la temática de la serie. Tony era un grande, igual que James Gandolfini, fallecido hoy mismo. Comenzó en su oficio como empiezan muchos otros, haciendo numerosos trabajillos y papeles secundarios. Y terminaría siendo el líder una organización criminal y una figura imperecedera en la gran pantalla, un auténtico y carismático monstruo en todas sus vertientes. Pero al final, la vida, el trabajo, la familia y muchas otras cosas se suceden, y después, simplemente, todo “termina terminando”.

James, igual que Tony era un jefe, es uno de los grandes. No se me ocurre otro posible final a todo esto mas que terminar tal y como lo he empezado, con música.

* No era “la ley” (“the law”), si no “Dios”, el Señor (“the Lord”).

** ”You may be a business man or some high degree thief” es la frase que en verdad sonaba en aquella estrofa, confundiendo con bastante error, como ya he dicho, “de-gree-thief” con “DVD”.

Quisiera pedir perdón desde aquí a Mónica, mi profesora de inglés, por no haber prestado suficiente atención en clase a los ejercicios de listening.

La canción era “Gotta Serve Somebody”, de Bob Dylan, publicada en el año 1979.

Demasiado café, demasiada fortuna

Aquí va otro escupitajo. Directamente de la botella a mi boca y de la boca a la pared.
Creo que estoy contra las cuerdas. Es posible que un día de estos llame a mi puerta la policía y me detengan. Con un poco de suerte compartiré celda con Julián Muñoz y Mocito me esperará a la entrada de la prisión y me dará la plasta y me pedirá el teléfono móvil para hacer una llamada a su madre. He descubierto que puede que esté estafando al estado. Eso son palabras mayores. La culpa, por supuesto, es toda mía. Debí haberme enterado bien de qué era lo que estaba firmando realmente. Pero la gente idiota, como yo, es lo que tiene: tenemos excedente de carisma y ganas de juerga y anhelo de amaneceres bañados en oro y champán, pero a la vez una enorme carencia en cuanto a comprensión burocrática. Ya vale de hablar de estos temas tan turbios y grises.

El país, en el mismo tiempo que dura un abrir y cerrar de ojos había quintuplicado su población. Una colonia de hormigas que andaban únicamente sobre dos piernas, hablaban y a veces decían cosas interesantes o con sentido e incluso podían llevar traje y sombrero. Qué hacer con todo esta gran masa, se preguntó la Gran Hormiga. El problema era enorme y no había hongo lo bastante grande para alimentar a todos. En algún momento de la historia reciente dejó de llover y a alguno de los chicos listos de ahí arriba se le ocurrió la genial idea de que, para evitar que todo el mundo comenzara a llevar sus mismos trajes y sombreros, podrían ponerle trabas a la gran masa. Así evitarían que todo el mundo bailara la misma música. Esa que solo ellos pueden bailar. La cosa les debió de parecer suficientemente seria como para ponerse manos a la obra a discurrir mil maneras de joder al personal. Desde luego, encontrarse con alguno de esos malditos extranjeros vistiendo las mismas camisas y trajes de raya diplomática que ellos fue la gota que colmó el vaso. Cuidado con salir a la calle sin unas buenas botas para la lluvia y un buen asesor administrativo guardado en el bolsillo de la chaqueta, como si fuera un reloj. Hay que tener cuidado. Sigue leyendo Demasiado café, demasiada fortuna

Atrapado en la colmena

En “La Colmena” (1952) de Camilo José Cela, asistimos a un espectáculo joyceano en cuanto a cantidad de personajes. Son muchos, como muchas y multiples y a la vez pequeñas y condensadas son las historias (mezcladas a granel, sin principio y sin final) que van siendo suministradas como píldoras doradas de la felicidad a lo largo de la narración.

Una especie de “Ulises” sin ningún Leopold Bloom o Sthepehn Dedalus, en las que la cámara va recorriendo la ciudad y mostrándonos la vida diaria de una serie de personajes arquetipos y autóctonos. La dueña y señora de un café bastante concurrido, los músicos que allí tocan cada tarde hasta la hora del cierre, los camareros, los panaderos, los serenos y los guardias de la noche, las prostitutas y la madame, el joven escritor-artista que se muere de hambre, los señoritos y las señoritas, los canallas, los masones y los comunistas, el orgulloso, el déspota, la soñadora, el simple, la mentirosa y el mentiroso, los maricas, los amantes, el enfermo, la ninfómana, el playboy, el empresario, los católicos, la víctima y el gitanito.

Todos ellos van siendo unidos (no todos con todos, sino de una manera lógica y ordenada) por un hilo en el que, al cabo de unas cincuenta páginas, comienzas a intuir el truco de Cela y a desistir en el intento de buscar lo que muchos llaman “la trama”. De manera aleatoria e inteligente (porque la aleatoriedad no existe en el mundo de la palabra escrita), surgen en ocasiones detalles o situaciones que han sido descritos desde otro punto de vista en otra de las historietas.

En definitiva, Cela construyó su colmena y la pobló no sólo de abejas, si no de toda clase de insectos que entran, salen, suben y bajan con un único objetivo común: alcanzar la felicidad, ya sea sobreviviendo un día más o logrando hacer realidad sueños y deseos, a veces de manera realista, sucia y algo punk.

Sobre la publicidad – Los sueños

Suele ocurrir, muchas más veces de las que uno desearía, que al despertar de un sueño profundo, nos invade una sensación de vacío, de anhelo y nostalgia por todo aquello que nos rodeaba mientras estábamos vagando por esos lugares oníricos que, por otro lado, no son más que representaciones de ideas simples y complejas que tenemos vagando por la mente y son puestas en escena por nuestro cerebro.
Se me ocurre que es un campo completamente olvidado por ese gran monstruo de nuestros días que es la publicidad. Las grandes corporaciones deberían hacer más uso de esta facultad tan humana de desear y ansiar todo aquello que se escapa de nuestro alcance más inmediato. Iluso de mí, no conozco nada acerca del mundo de la publicidad, pero estoy seguro de que uno de los pilares básicos en los que piensan esos grandes y tan modernos creativos en sus modernos despachos y reuniones cuando planean un anuncio o una compleja campaña publicitaria es el de la psique. Esto es: bombardearnos con ideas, colores, formas, sonidos e imágenes sugerentes y esperar que luego nuestro cerebro haga su trabajo (su trabajo sucio en la mayoría de los casos).
Pero, ¿por qué no ir un paso más allá? ¿Qué tal la idea de implantar auténtica publicidad en nuestros sueños? Supongamos que un tipo vuelve a su casa, a su piso de soltero. Le gustaría poder compartir su cama y quién sabe si algo más con esa compañera suya de la oficina que parece no prestarle suficiente atención (nunca es suficiente la atención). Después de cenar y darse una ducha se siente terriblemente cansado y decide irse a la cama. Una vez puesto el pijama y metido dentro de las sábanas, este tipo saca de un cajón de la cómoda de al lado de su cama un pequeño artilugio, que podría tener forma de diadema o, mejor aún, de corona, por ejemplo. Se la coloca en la cabeza, ajustándose como una cinta elástica de hacer ejercicio y, acto seguido, cae en los brazo de Morfeo.
Entre todas las imágenes con las que habrá soñado en su siete largas horas de sueño, dos son las que habrán causado una gran impresión a nuestro amigo. Una visión muy sugerente de su compañera en una actitud cariñosa y seductora enfundada (o no) en una sugerente pieza de ropa interior bastante erótica. Suficiente como para calmar sus demonios interiores durante los próximos diez días por lo menos. Y la otra, el anuncio, justo al final de su fase de sueño, en la que aparecía él mismo, junto con su compañera conduciendo un deportivo rojo por una preciosa carretera de playa y unos rótulos bien claros, con una tipografía igual de sugerente o más que la ropa interior de la chica, en el que se nombraba el modelo del vehículo, así como su precio. Ya tenemos un sueño patrocinado por una conocida marca de coches de alta gama. Nuestro amigo se despertará. La chica no estará a su lado, como todas las demás noches. Pero sí lo estará el coche, si así lo desea (previo paso por el banco para solicitar el crédito).
Esto podría aplicarse a cualquier tipo de producto o servicio de los que consumimos normalmente a diario. Bebidas, productos electrónicos, cruceros, implantes médicos… ¡hasta cigarrillos! (porque el mundo de los sueños queda libre de toda ley o norma restrictiva). Las posibilidades son casi infinitas, depende de nuestra capacidad de soñar.

avance Fuera de ruta

A partir del próximo miércoles 29 habrá más información sobre este último proyecto.

Fue regresando a Madrid desde Andalucía en varios viajes en autocar cuando comencé a fijarme en lo que está más allá de los márgenes de la carretera. Las primeras veces solía ir escuchando música durante las seis largas horas que dura el trayecto. Más tarde comencé a leer, despacio. Aprendí a hacerlo sin marearme. Llegó un día en el que me cansé de leer o escuchar las mismas canciones. Así que decidí, mientras me mata el tiempo, comenzar a mirar por la ventana de mi asiento, tal y como lo había hecho siempre de niño. De repente, un antigua obsesión que debía haber permanecido latente en mí, cobró vida de nuevo.
Veía el camino de asfalto como esa hipnótica serpiente del desierto de la que habló Jim Morrison en sus canciones. Era larga, sinuosa, se escurría entre las montañas, o las atravesaba directamente como una flecha. La carretera es un largo pasillo (bautizada por algunos con el horrible nombre de “no-lugar”) que conecta esos dos puntos cardinales que todos llevamos dentro (de donde venimos y hacia donde vamos). Comencé a medir el tiempo en función de la distancia a la que me encontrara de estos dos puntos. Pero, inevitablemente, un día, en mitad de ese periplo, apareció una nueva inquietud.
En medio de una de las tantas áreas de descanso que salpican toda la red de carreteras del estado español, el largo pasillo dejó de serlo para convertirse en la gran avenida de la que emanan cientos de miles de caminos secundarios que recorren todos los interiores del país, con nuevos puntos y destinos hasta los que poder llegar.
Ahora, observaba con otros ojos esas casas situadas lejos de la autopista, a los pies de las montañas y los pequeños núcleos de edificaciones que parecen decorar las interminables tierras de cultivo, en los campos. ¿Cómo se llega allí? Mi fascinación por todas estas vías secundarias (en ocasiones incluso terciarias) fue creciendo. Y de esta fascinación derivarían otras inevitables preguntas, ¿quién vive allí?, ¿cómo se vive allí?. Me imaginaba la vida, situado en una especie de atalaya donde lo único que cambia del paisaje día a día son las nubes del cielo (pero, ¿acaso no sucede lo mismo en la ciudad?).
Había surgido la fascinación por todo cuanto rodea la carretera y su continuo trasiego de gente: trabajadores, turistas o simplemente viajeros. Todos interactuan en un escenario que puede parecer obsoleto, inacabado o incluso abandonado (muchas veces es así). Pero, en verdad, son simplemente víctimas de nuestro viajar. Al pasar nuestras miradas una única vez por encima de estos lugares (y, normalmente, durante escasos segundos) no podemos ver todo lo que realmente sucede a su alrededor.
Con aires renovados y “whitmanianos”, la cámara fotográfica en una mano y un ejemplar de “Hojas de hierba” en la otra, quise salir ahí fuera, a recorrer algunos de estos caminos. Ir más allá de las vallas y alambradas que no detuvieron a Fay Godwin en su día. Adentrarme hasta donde la calavera con dos tibias cruzadas marcan el final del camino. Y fotografiarlo.
Gente como Robert Frank y Kerouac (entre otros muchos) me irían marcando el camino.
 

Una fuerte lluvia, por Carlos Boyero

publicado originalmente en El País, en esta misma fecha
http://www.elpais.com/articulo/Pantallas/fuerte/lluvia/elpepirtv/20111120elpepirtv_4/Tes

A falta lamentablemente de ilusiones democráticas ni conciencia cívica, sin la paz que puede donar el creer en alguien de los que hoy compiten, sin poder enviar una rosa a ninguna Rosa, me consuelo con la voz de Leonard Cohen recordándome: “Me sentenciaron a 20 años de aburrimiento por intentar cambiar el sistema desde dentro. Ahora vengo a recompensarlos. Primero tomaremos Manhattan. Después Berlín”. No conquistaré nada, ni tuve la inútil osadía de querer cambiar algo indestructible de lo que formo parte, pero el que no se consuela es porque no quiere. Pero siempre he creído y ahora más en la venenosa certidumbre de Dylan, cuando todavía no existían los zarrapastrosos indignados del 15-M: “Porque algo está pasando aquí, aunque no sabes qué es. ¿No es así, Mister Jones?”.
En la noche del viernes paso por el restaurante de un amigo de toda la vida, alguien cuya generosidad y sabiduría no solo me alegró el cuerpo con sus viandas y sus vinos, sino también el alma, para regalarle el cofre de The wire. Está lleno. Dos bellezas eslavas y hombres que te recuerdan a la corte de Abramovich. El Vega Sicilia único les está esperando. Salgo a la calle y noto la cercanía de la soledad, ese temible asaltante nocturno. También tengo hambre. Me acerco a los restaurantes y bares de mi barrio que suelo frecuentar. Veo que todos están llenos. A la cama sin cenar. ¿Dónde está la crisis, quién la está pagando? Ellos, los de siempre, no. Yo tampoco.
Veo los carteles publicitarios en las marquesinas. Los vampiros pijos de Crepúsculo, nada que ver con el conde, ahora protagonizan Amanecer, ese eterno acto de afirmación. Me cuenta que ahora incluso follan, ya que se han casado. Rajoy también vende el amanecer. Hoy lloverá. Siempre Dylan: “Es fuerte, es fuerte, es muy fuerte la lluvia que va a caer”.

Siempre al margen de aquello a lo que pertenecen

Este es un fragmento de “El libro del desasosiego”, del escritor portugués más importante del siglo XX, Fernando Passoa. Adjunto una canción del grupo “Tahúres Zurdos” y un artículo escrito por Benjamín Prado en los Cuadernos Hispanoamericanos en el que hace un resumen-análisis de su(s) vida(s). Son dos pequeñas lecturas, que no llevarán más de tres minutos. Muy recomendables si sufres de desdoblamiento de la personalidad.

“He nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué. Y entonces, porque el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente, y no porque piensa, la mayoría de los jóvenes ha escogido a la Humanidad como sucedáneo de Dios. Pertenezco, sin embargo, a esa especie de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no ven sólo la multitud de la que son, sino también los grandes espacios que hay al lado. Por eso no he abandonado a Dios tan ampliamente como ellos ni he aceptado nunca a la Humanidad. He considerado que Dios, siendo improbable, podría ser; pudiendo, pues, ser adorado; pero que la Humanidad , siendo una mera idea biológica, y no significando más que la especie, animal humana, no era más digna de adoración que cualquier otra especie animal. Este culto de la Humanidad, con sus ritos de Libertad e Igualdad, me ha parecido siempre una resurrección de los cultos antiguos, en que los animales eran como dioses, o los dioses tenían cabezas de animales.”

Pessoa vuelve a poner los pies en el suelo
por Benjamín Prado
http://benjaminprado.blogspot.com/2011/08/pessoa-en-el-cuaderno.html
 

Tocaré

El fracaso y la torpeza en su trabajo

Robert Frank,

Nació en Zürich (Suiza) en 1924 en el seno de una adinerada familia judía que tras la I Guerra Mundial se había trasladado a vivir allí. Se ha comentado siempre que su afición a la fotografía le vino por una fuerte animadversión a la forma de ganarse la vida de su familia, que él detestaba, dedicada desde siempre a los negocios. Quizá por este u otros motivos acabó yéndose a vivir a los Estados Unidos en 1947. Antes había realizado algunas fotografías en su Suiza natal (naturaleza, fauna… etc) donde había aprendido el oficio siguiendo el rastro de otros artistas como Michael Wolgsensinger. Su primera colección de estas primeras fotografías se tituló “40 Fotos” y lo publicó él mismo, como acostumbraba a hacer, componiendo y preparando de manera artesanal el libro.

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Sobre la fotografía VI – Un mundo de imágenes

En el último de sus ensayos sobre la fotografía, Susan Sontag hace una reflexión acerca de cómo ha evolucionado nuestra manera de ver el mundo por medio del fenómeno de la fotográfico. Lo que en tiempos de Platón eran dos conceptos diferentes -imagen y realidadcomenzó a desintegrarse con el nacimiento de este sistema de captura de imágenes.

De la misma manera que se quebraban los principios religiosos y antiguas creencias en el siglo XIX, la fotografía entró en nuestra vida cotidiana en el momento preciso y ha convertido nuestro mundo y nuestras vidas en un mundo y una vida de imágenes continuas. En las sociedades capitalistas este hecho, pienso, se acentúa más si cabe por la presencia de la publicidad. Pocos son los comerciales que, emulando al pasado, hacen acopio de sencillas ilustraciones para anunciar sus productos -esto no quiere decir, ni mucho menos, que la ilustración esté condenada a una posible extinción, ya que ilustración y fotografía siempre se han entendido bien en el terreno de la publicidad- y se hace mucho más natural conocer de ante mano, incluso hacernos una idea del tamaño, la textura o el tacto de un objeto que vamos a adquirir por haberlo visto antes en fotografía o televisión. (La televisión no fue más que una evolución natural del mismo proceso fotográfico. La televisión, mejor dicho, el cine no es más que fotografía en movimiento, grandes juguetes de la ciencia moderna).
Antiguamente, se tenía la creencia de que un dibujo, una representación gráfica (aunque fuera básica) guardaba, en cierta manera el “aura” o el espíritu de lo representado; podía ser una persona, o un animal o cualquier otra cosa. Hoy en día, es la fotografía la que ha ocupado ese puesto. Nadie rompería o pensaría jamás en romper una fotografía de un ser querido. Incluso ante el hecho de hacerlo de una manera completamente clandestina, sin testigo aparente, tendríamos sobre nosotros esa sensación de culpabilidad, si es que realmente la imagen representaba algo de cierto valor para nosotros. Las imágenes en fin, se han implantado en nuestro cerebro. Pienso que el mundo, la humanidad, antiguamente tenían una mente más “literaria” o de palabras. Las historias se contaban; las personas eran descritas de boca en boca así como sus hazañas, los libros rara vez venían ilustrados… etc., etc. Hoy en día, el más mínimo detalle de la vida está a expensas del objetivo de una cámara. Como sacada de un cuento de terror de George Orwell se tratara, la sociedad vive ahora delante de una cámara permanente que captura todos sus movimientos. Y estamos perfectamente acostumbrados a tal hecho.
La fotografía, como pensaba Barthes en su “cámara lúcida”, tiene cierto halo de extrañeza, misterio y romanticismo a su alrededor. Captura físicamente la esencia, los rayos de luz que proyectan nuestros cuerpos. Más bien son nuestros propios cuerpos los que dejan su huella o impronta en un material fotosensible. El fotógrafo, en el mejor de los casos únicamente decide el encuadre y el instante o pedazo de la historia que quiere coleccionar o diseccionar. En la mayoría de los casos atrapará 1/125 de segundo, quizás 1/60 o puede que medio segundo o hasta un segundo completo (que da para muchos pedazos de historia). Esa marca nuestra queda irremediablemente plasmada, en forma de imagen latente. El resto, lo ponen Niépce, Daguerre, Talbot y otros muchos más. Pero el principio básico, pienso, es una simple regla física del universo. Igual que las manzanas que caen de los árboles. La mano del hombre -en origen- no trastoca ni “recoge” halos de luz de un cuerpo y los plasma en el papel. Una fotografía es, en consecuencia, una copia de una copia de una huella. Cabría pensar si, posiblemente, todas esas huellas que vamos dejando por el mundo realmente son imágenes latentes que quedaran plasmadas allá por donde pasamos. Es decir, está prácticamente demostrado que una superficie como, por ejemplo, el acero no es fotosensible. No se plasma ninguna huella -hablo ahora de huella en el sentido tradicional- si un objeto se coloca encima de este material y se deja expuesto a la luz. No obstante, nuestra propia piel si es sensible a la luz (hecho constatado cada mes de octubre, al volver a ponernos ropa encima y comprobar como se nos va yendo el moreno). Si llevamos un reloj en la muñeca, la huella de ese reloj queda grabada en nuestra propia piel. ¿No podría ser que ocurra algo similar con todo cuanto nos rodea? ¿Con todas las personas con las que nos cruzamos y los sitios que visitamos? Que miles de millones de pequeñas o grandes imágenes latentes estén a lo largo de nuestra vida quedándose en nuestro propio cuerpo. Y, de la misma manera queden también en todo cuanto nos rodea, en el suelo que pisamos, las paredes por las que andamos.
Esa sería una idea bastante original, en mi opinión, de un mundo de imágenes.

Sobre la fotografía V – Evangelios fotográficos

Sontag nos plantea en este ensayo, varios temas a tratar. Uno de los principales sería el del casi eterno debate sobre si la fotografía debe ser considerada un arte. Además hace un breve repaso sobre las “aspiraciones” que los fotógrafos han tenido a lo largo de la historia o los motivos que les han llevado a querer apretar el disparador de sus cámaras; habla sobre lo estéril que puede ser tratar de clasificar a un fotógrafo bajo el sello o la marca de una corriente o una escuela y, finalmente; abre la cuestión sobre qué es realmente una fotografía: un original (negativo), una copia de una copia; un artefacto en resumen.