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Sobre los palmeros

“Así es como muere la libertad,
con un estruendoso aplauso”

Comentaba el otro día un amigo las últimas palabras-pifia-mentales de Mariano Rajoy; quien, a día de hoy mientras escribo estas palabras, sigue siendo presidente del Gobierno del Estado Español. Decía, entre otras cosas, que “lo peor son los palmeros”. Y creo que no podría estar más de acuerdo con él. Pero vayamos por partes. En frío, me parece que el hecho más nocivo es pretender ir soltando frases, que te han escrito o has copiado, presuntamente elaboradas e intelectuales para lucirse delante del personal (eso daría para otro intenso debate) y además equivocarte, y no precisamente por primera vez. Aunque bien es verdad que, el hecho de que haya gente dispuesta a aplaudirte por ello, también es de traca. Por seguir con las frases de La Guerra de las Galaxias: “¿quién es más loco, el loco o el loco que sigue al loco?”

Los palmeros, las palmas a partir de ahora, siempre han sido parte fundamental del arte flamenco. Sirven para marcar el ritmo y el compás. Los que tienen algo de soniquete, pueden jugar a hacer contrapunto con el ritmo principal para añadirle algo de color y picante. Podría decirse que es algo fundamental e inseparable del espectáculo flamenco. Habrá habido intentos de flamenco sin palmas, pero eso no es flamenco. Eso son cosas raras que se hacen ahora, como la pizza con piña. Modernidades, que diría uno.

En un congreso, una asamblea, senado o mitin político, con el fervor de las cámaras, los focos y sabiéndose el centro de atención de los telediarios de ese día, las palmas pueden llegar a ejercer una función bastante similar en principio, pero no del todo igual. Enardecer al artista que se está dejando la vena gorda del cuello en contarnos sus penas, sus alegrías o sus soleás, marcarle sus pausas para tomar aire, añadir dramatismo o tapar sus miserias. A diferencia de con la música, hay una carestía total de sentimiento o de sentido artístico. Da igual cómo lo haga el cantaor o si el toque de guitarra es bueno o malo. Esto es otro tipo de espectáculo, otro arte. It’s showtime. Los palmeros sienten la obligación de ofrecer al respetable un espectáculo digno y memorable. Que se nos oiga aplaudir y gritar, en televisión parecerá que mucha gente está de acuerdo con lo que acaba de no-decirse y que es muy importante. “Que se jodan”, “usted no me va a dar a mí lecciones de nada”, “váyase señor González”, otras chulerías y demás lindezas suelen servir para jalear y calentar el ambiente, tratando de hacerse pasar por el summum del pensamiento político y la reflexión ibérica.

Pero, como dijo el poeta, los tiempos siempre están cambiando y surgieron nuevos talentos. Traían nuevos aires. “Flamenco fusión” o “Nuevo flamenco” fue el término con el que se denominó esa mezcolanza de sonidos acuñados a finales de los ochenta y principios de los noventa por grupos como Ketama y artistas como Sorderita, Ray Heredia o músicos de reconocimiento internacional de la talla de Jorge Pardo. Todos ellos, por cierto, llevaron coleta alguna vez. Y pareció que la revolución estaba a un par de estribillos de distancia, durante algún tiempo. En concreto, durante aquellos primeros días del desconcierto del 15M, en los que en la Puerta del Sol -disculpen mi ignorancia respecto a otros sitios de la geografía española- se podía ver a gente debatiendo con otra gente y sosteniendo latas de cerveza, tanto con la mano izquierda como con la derecha. Pero el 15M se fue con la primavera y los chorros de agua de los servicios de limpieza, y todo acabó siendo una vuelta más a los sonidos y los cánones establecidos de siempre. “¿Y a dónde vamos ahora?” se preguntaron algunos. “A rodear el congreso”, contestaron otros. El resto de la historia nos es conocida: Venezuela, coca-colas por aquí, escándalos de financiación con orígenes de dudosa procedencia por allá, viviendas de protección oficial, casta, palabrería barata, novias y novios, postureo, ruido. Palmeros.

Había algunas buenas canciones en aquel álbum fallido, pero fueron ahogadas entre griterío, las chanzas, los músicos de estudio de medio pelo que quisieron imponer sus falsetas de guitarra y algunas palmas. Y como no, las radio-fórmulas terminaron de cargarse el asunto. Lo que, en términos musicales, se conoce como “sobreproducción”. Y sí, lo de las radio-fórmulas era un ataque gratuito a los medios. Sobran palmas y palabras, faltan hechos y soluciones de verdad. Y los nuevos cachorros mientras, ocupándose en ajustarle el micro a los viejos cantaores para que se les escuche más alto y poder aplaudirles.

Pero, como acaba de decir el periodista Miguel Ángel Aguilar por televisión, “lo triste no es que los insultos, navajazos e improperios se reciban con aplausos, sino que a la inteligencia y las buenas palabras se las recibe con silencio”.

O quizás fuera otra persona.

Qué más da. Una buena frase para terminar siempre queda bien.

Sobre la juventud

Mi amigo Isma me dejó el otro día la película “Beavis y Butt-Head recorren América”. Para mí ha sido toda una alegría y un magnífico reencuento con mi “yo” adolescente. Ahora, con el paso de los años (y pese a que las risas siguen siendo las mismas), uno empieza a ver las cosas de otra manera. Y es que la película no es más que la antepenésima crítica que una generación, de la historia de esto que hemos convenido en llamar “comedia humana”, escupe hacia otra más bisoña. Los jóvenes no saben nada: están perdidos. ¿Qué harán, qué van a hacer con este mundo que les dejamos? ¿Quién velará por todas las cosas buenas que tenemos y les dejaremos en herencia? ¿Es que nadie piensa en los niños?

Estos gamberretes deambulan por el teatro del mundo movidos únicamente por dos razones de ser: la televisión y meter. En su peculiar odisea, vivirán varias situaciones, a la cual más peligrosa y con casi-eróticos resultados, sazonadas con sexo, drogas y mucho rock & roll. Conocerán los amargos y sinsabores de la vida: la pérdida, el desamor y el engaño, pero también su lado positivo y sus pequeñas alegrías: los lazos familiares, el orgasmo y los subidones de peyote. Tanto es así, que serán nombrados agentes honoríficos por el presidente de los Estados Unidos (Bill Clinton, el de la becaria). Sin olvidar las importantes lecciones de cultura general, como que un géiser puede alcanzar los doscientos metros de altura y soltar más de cuarenta y cinco mil litros de agua en una sola erupción. Mola.

Nos escandalizan por igual su fealdad, sus risas de gilipollas, sus granos y sus maneras muy poco educadas y nos reímos (a veces) con sus estúpidas ocurrencias y su nihilismo sucio y bárbaro. Pero cuando verdaderamente se nos van las manos a la cabeza es al comprobar lo estúpidos y temerarios que pueden llegar a ser. Como los jóvenes de hoy. Y como los de ayer. Y como los de mañana. Ah, y con Beavis y Butt-Head también nos pasa.

Nunca vamos a meter.

Canada

¿A dónde huir (cuando no quedan islas para naufragar)? Porque lo que parece querer todo el mundo en estos momentos, es conocer el lugar. Por el cómo ya nos preocuparemos. Lo primero es llegar allí. Dicen algunos que el mundo ha comenzado a perder la cabeza. Como si alguna vez la hubiera tenido. Que si esto, que si aquello o lo otro. Los acontecimientos se van sucediendo como una actuación de trapecistas. Y con cada nuevo número, tenemos que frotarnos los ojos con más fuerza. O eso nos dicen que hagamos.

Porque a mí, personalmente, no me interesan demasiado ciertas cosas. No más allá de la mera información como ciudadano del día a día. Opinar, por supuesto, de manera introspectiva. Normalmente, a excepción de una charla informal entre conocidos, o que las ganas por plantear mis opiniones en público (o el alcohol) me obliguen a tener que desfogarme. Trato de no dejarme llevar por ese defecto visceral. Lo de opinar en público, me refiero. Estamos trabajando en ello. Bajo estas reglas de juego, no entiendo otra forma de encarar el partido. Pero es importante reconocer (o más todavía quizá, reconocerse) cuáles son esas reglas bajo las que te ha tocado jugar. No se juega de la misma manera en todos los rincones del mundo.

Y mientras unos deciden pensar que a todos nos bañan los mismos rayos de sol, otros deciden ponerse estupendos. Corren ríos de tinta digital con los diez principales motivos que predijeron el auge de un nuevo príncipe de las tinieblas. Análisis y contraanálisis de movimientos políticos. Política, ah, ese juego. Y mientras, algunos otros, van abandonando el barco lentamente, cada día, cada año. Nos abandonan mientras suena de fondo una interminable marcha fúnebre de violines. Enormes estrellas (algunas también con su lado oscuro) van poco a poco apagándose en nuestro firmamento.

Ahora parece que las cosas suceden mucho más deprisa. Y lo que sucede es que ahora nos enteramos mucho antes. Simplemente, podemos elegir no querer enterarnos. Cerremos esta pestaña del navegador. Apaguemos la tele y la radio. Incluso tiremos (o quememos, si así lo creemos necesario) ese libro. Salgamos ahí fuera, o si no es posible, quedémonos mejor ahí dentro. Recreémonos en nuestros pensamientos. Imaginar. Jugar. Y cuando todo esté listo (o nos hayamos hartado de imaginar), salgamos fuera y respiremos. El mundo nunca dejará de girar, seguirá ahí cuando decidamos volver a meternos en él. Aunque haya personas tratando de decirnos lo contrario.

Que nuestro trabajo, nuestra salud y el de las personas que nos importan sea lo único que guíe nuestros pasos. Algunos, los que nacimos bajo la marca del Cobarde, no podemos hacer las cosas de otra manera, la mayoría de las veces. ¿Lo quieres más negro?

Politikós

Un par de ideas posiblemente equiparables, la falta de gusto musical (y en general, artístico) de los futbolistas de hoy en día y la falta de gusto artístico en los anuncios de coches de hoy en día. Un coche blanco, lujoso, con los faros encendidos conduciendo por una carretera circunvalatoria de alguna ciudad, de noche. El vehículo se detiene. La puerta se abre y aparecen unas piernas de mujer. De fondo sonará algo que, de ninguna de las maneras, pueda parecerse a una música o canción (mención aparte cuando se utilizan canciones conocidas y comerciales). Otro anuncio. Un coche blanco, deportivo pero con aspecto robusto, grande, bien equipado. Circula por un túnel escasamente iluminado. Da igual, ahí están los faros de xenón con su luz también blanquecina. Interior del vehículo y rápido vistazo al cuadro de mandos. Pantallas que cada vez más recuerdan al escritorio de cualquier ordenador de sobremesa. Para llevarte la diversión contigo, y algo de tu trabajo también. No sabría decir exactamente por qué, pero es conveniente que aparezcan unos ojos de mujer reflejados en algún sitio, un espejo retrovisor o algo. Y si se pudiera hacer que la mirada sexy femme fatale oliera a algo parecido a channel o algún otro perfume igual de aburrido, mejor.

Lo peor es que este tipo de moda, ese afán de la excelencia, el superlujo, el diseño sobrio y elegante que olvida y destierra para siempre los orígenes humildes, pobres y (claro, por qué no) macarras de unos y otros se va extendiendo como una mancha de meada en un suelo de mármol. Se aprecia en cómo ha cambiado la televisión, los presentadores, los programas, los platós e incluso las respuestas que da la gente por la calle en algunos programas. Todos conocen su papel. Quieren aparentar ser sofisticados, inteligentes, relevantes. Todos creeremos tener algo que decir, aunque seguramente todos acabemos diciendo más o menos lo mismo. O la política y el fútbol. Dos de las peores ideas que se le pudieron ocurrir a la humanidad, se unen y comparten los peores aspectos de sí mismos en busca del cruce definitivo del mal gusto. La mentira, el engaño, el esconderse tras una bandera o algún color para poder dar rienda suelta a nuestros miedos, odios y pasiones interiores. Aparentar. Yo soy de X. Yo he votado a Y. Qué hijoputa es Z. El fútbol (qué sé yo), podría ser disfrutar con un buen juego, una disposición táctica inteligente y quedarse con la boca abierta ante una genialidad. Lo malo es que los hooligans de la política sí afectan a nuestro día a día. Qué se podría decir de la política. Algo bueno habrá, pero lo ignoro. Siempre es más placentero cerrar los ojos y caminar sobre el alambre, o creer que se vuela por encima de nuestros rincones favoritos, viéndolo todo a vista de pájaro. O tirarse de cabeza al mar y esperar a ver quién te atrapa primero, si el capitán Ahab o la ballena gordota. Mucho menos doloroso y sano para la salud mental que, por ejemplo, tener que defender actitudes indefendibles, o a desgraciados cabezas locas que ensombrecen y mancillan día sí, día también, aquellas siglas y colores por los que crees que deberías morir. No sé, piénsalo.

La verdad

Comienzas a leer. Las primeras palabras arrancan con fuerza, como queriendo llamar tu atención. Y lo consiguen. Caramba, piensas, este tipo parece saber realmente de lo que habla. O en vez de caramba un vaya o un coño. Lo que sea. El caso es que cuando llevas leídas y asimiladas las primeras cincuenta palabras, tus primeras impresiones se convierten en una certeza concreta. Algo tangible que podrías tocar, empaquetar o enlatar y vender por algún puñado de euros. Eres idiota, te dice. No tienes ni la más remota idea de qué está ocurriendo, yo sí. Las cosas que crees que son verdad, no son verdad. Es una gran mentira que te han colado. No es que nada sea lo que parece, es que nada es. Tu vida, tu familia, tu supuesta educación. No es nada. No sabes nada. Eres idiota, pero no es culpa tuya. No sabes nada, pero no porque tú lo hayas elegido. Es que simplemente te han ido modelando desde el primer día de tu vida para ser así. Y ahora te pones a leer y resulta que no sabes nada. Pero tranquilo. Yo sí sé, y aquí estoy para iluminarte en tu paseo por este valle de lágrimas. Porque todo esto va en serio eh.

Leer es una mierda

El día amanece, suena el despertador. Hay que dejar la comodidad de las sábanas, ese nido calentito a donde normalmente solemos acudir con los deberes biológicos y fisiológicos hechos -comer/beber y pese alguna visita a medianoche al cuarto de baño, la excreción de la materia inservible del interior de nuestros cuerpos-. El sexo, bien, gracias. Nos vestimos, procuramos asearnos un poco, algo ligero de desayuno y a cumplir con nuestros otros muchos deberes de la vida. Los laborales quien pueda en estos tiempos difíciles. Y los sociales, lleva este papel firmado al punto A, preséntate con esto otro en el punto B, visita a tus amigos o parientes en C, etc.

Antes de que volvamos al punto inicial en el que comenzamos tan agradablemente nuestro día habremos hecho unas cuantas cosas por el camino. Pero seguramente nos quede todavía algo más por hacer. Vamos con el salón y dejamos para mañana el cuarto de baño. Tenemos que hacerlo, la mayoría de las veces no podremos elegir. Una ducha para dejar nuestras máquinas listas y engrasadas para el día siguiente, que se presenta más duro que éste. Con algo de suerte habremos jugado bien nuestras cartas y la balanza de la vida se pondrá de nuestro lado al acabar la jornada. Nuestras cuentas corrientes habrán engordado unos pocos céntimos y, lo más importante, nos encontraremos con algunos minutos -horas en el caso de aquellos que realmente han sabido jugar bien- en nuestros bolsillos.

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Tiempos modernos

El mundo había cambiado durante la noche. Acababa de leer una entrevista al editor de Anagrama. Comentaba algunos aspectos de su negocio. Lleva más de cuarenta años en él. Algo debía saber. En resumen: la gente ya no quiere leer tanto como antes. En cierto modo, es razonable. La nueva forma de vida, las nuevas tecnologías y los tiempos modernos. Internet, televisión, videojuegos, pornografía al alcance de un par de clicks. Pero no dejaba de resultar incómodo y, desde mi propio punto de vista moral, muy injusto. Las subidas en el alquiler de los locales de las viejas librerías o el factor del cambio generacional son otras de las causas a las que apuntaba el editor en su discurso.

Y tampoco pasaba desapercibido cómo parecía relacionarse todo. Como si se trataran de fotografías de delincuentes y mafiosos pinchadas en el tablón de corcho de un despacho policial, todo guarda algo de relación. Y todas las piezas cuentan. Los alquileres suben porque hay gente que quiere ganar más de dinero. Y esto puede deberse a dos razones bien distintas, resumiendo bastante el cuadro: o la gente necesita más dinero o la gente quiere más dinero. Lo que sí parece fuera de toda duda es que, si la gente ha ido necesitando a medida que pasaba el siglo pasado más dinero, es porque otra gente ha querido ganar más dinero.

Quizás todas estas piezas de ajedrez van siendo distribuidas por el tablero con un único propósito. Quién sabe. Un genio del mal sentado en su trono, subiendo el alquiler a los honrados y buenos libreros mientras acaricia su gato. Uno, que suele ser más bien de naturaleza ingenua y bonachona, tiende a pensar que no puede haber gente tan lista. Que seguramente las cosas sigan su curso natural de una manera inocente y sencilla. La gente gasta menos dinero en libros y más en otras cuestiones, alimentación y vestimenta básica a parte, porque ahora simplemente hay menos interés en los libros que en un viaje a Tailandia, o en un reproductor de música, o en un concierto de los Rolling Stones.

De esta manera, la bola de nieve va creciendo. Y en casi todos los aspectos de nuestra vida cotidiana parece observarse el mismo patrón. Hay músicos, escritores o artistas más ricos que otros, y que siguen enriqueciéndose cada día más, mientras otros tantos van perdiendo poco a poco su parte del pastel. Igualmente, hay gente que ha ganado en cinco años lo que otros, que han recorrido el camino contrario, han ido perdiendo. Y la distancia entre ambos puntos irá en aumento.

Pero no creo que lo fácil sea sentenciar: los ricos son más ricos, los pobres más pobres. Todos conocemos gente que no es necesariamente ni rica ni pobre y que se encuentra en alguno de los dos grupos mencionados anteriormente. No eres A del todo, porque siempre habrá alguien más “A” que tú, pero tampoco eres B. Desgraciadamente existirá siempre una constante: aquellos que pretenden ejercer su propia libertad a costa de la de otros. La eterna batalla. Excepción a esa vieja regla que nos indica que no todo es blanco ni tampoco negro.

El mundo había cambiado durante la noche, otras en cambio, cambiaban muy poco. Ya veríamos cómo amanecía mañana, después de la nieve. Yo, de momento, me daba con un canto en los dientes con poder darle un trago a mi vaso en aquella noche tan fría. Tenso, esperando. Preparados para lo que viniera.

Sobre los nortes perdidos

Mira más allá, mucho más lejos que cualquier posible mañana. Mucho más lejos que cualquier posible pensamiento o idea. Más allá de cualquier realidad mínimamente soñada o imaginada. En las profundidades de cada uno de nosotros, perdido entre las ramas del denso y oscuro bosque de nuestros corazones se encuentra, como un anillo olvidado en el fondo de un cajón, el norte perdido.

El norte perdido difícil de hallar. Cambiante de forma. Invisible en ocasiones. El norte perdido esta ahí, pero es muy difícil de encontrar. El norte perdido puede estar en el sur, en el este o en el lejano oeste, donde aúllan los coyotes en las noches de verano.

Durante toda una vida puede permanecer así, escondido. Como si no quisiera ser encontrado. Es en esas vidas perdidas, ahogadas en el inmenso océano de la locura, en las que el norte estará perdido por siempre irremediablemente. Fácil es caminar por la vida ignorando su existencia. En otras vidas, en cambio, es la búsqueda constante de ese norte, porque no hay otra salida posible, la rueda que hace girar nuestros mundos.

Y hay quienes buscan entre sus días pasados, dónde fue que se perdiera su norte.
Y quienes apuntan al norte a través de la mirilla de su fusil.
Y quienes lo buscan al final de la línea del polvo de estrellas, esparcido por las superficies cristalinas del Universo.
Y quienes van buscándolo escondido entre las notas discordantes de las cuerdas de la guitarra.
Y quienes miran fijamente a la calavera, y lo buscan en la oscuridad que ocultan sus cuencas vacías.
Y quienes tatúan en su piel la misma rosa de los vientos, para no saber en qué dirección buscar.
Y quienes lo buscan mirando hacia el sur.
Y quienes naufragan buscándolo entre los secretos del fondo de una botella.
Y quienes lo buscan escondido entre un nombre de mujer.
Y quienes de tanto buscar y apretar los dientes, tienen sus palabras el aroma de la muerte.
Y quienes le preguntan a su papá y a su mamá por su norte, y éstos responden con un billete de primera clase para atravesar los océanos de la locura, a bordo del Titanic.
Y quienes cada noche recorren la ciudad de arriba a abajo buscando los nortes de otras personas.

Y hay incluso quienes lo buscan durante toda una vida y, justo en el último momento de su largo día, creen descubrirlo asomándose entre las nubes negras y los relámpagos lejanos que preceden a la noche de tormenta y café negro.

Va por ti, James

No sé exactamente el año. Creo que dos mil cinco o dos mil seis. Volvía de la exposición de ARCO. Como de costumbre por aquella época, me perdí volviendo a casa mientras conducía el smart rojo que mi padre tenía por aquel entonces. Pasaba cerca de las cuatro torres que acababan de construir hacía relativamente poco. En el coche sonaba una canción que no había escuchado jamás. No conocía al intérprete. Me sonaba moderno, la instrumentación muy peculiar para ser sonido definitivamente blues. De la letra iba captando algunas cosas, como que hay que obedecer a alguien. Al diablo o a la ley*. Creo que era algo así. No sabía que, tan sólo unos pocos años después, esa canción estaría entre mis favoritas y su autor entre uno de mis más grandes ídolos. Cosas de la vida. En mi delirio auditivo anglosajón, me pareció atrapar la frase “You may have a DVD”**. Y entonces relacioné (MUY erróneamente) aquella frase con la serie de televisión en la que sonaba aquella canción.

Estaba escuchando la banda sonora de la serie de televisión (emitida en Estados Unidos por la HBO), Los Soprano. Dios, qué añito pasé, totalmente enganchado a las batallas, triunfos, derrotas, heridas y asesinatos del Gran Anthony Soprano, Tony, y de las del resto de su “familia” -Silvio Dante, Paulie Gualtieri, Sal “Big Pussy” Bonpensiero y Christopher Moltisanti (sobre todo de éste). Mi equivocación sobre la frase del DVD supongo que vino provocada por aquel robo y contrabando de unos reproductores de alta fidelidad que cometían Tony y su banda en uno de los primeros capítulos de la serie.

No obstante, si jugamos y distorsionamos un poco las dos frases, al final, resultó que ambas sí podrían estar relacionadas con la temática de la serie. Tony era un grande, igual que James Gandolfini, fallecido hoy mismo. Comenzó en su oficio como empiezan muchos otros, haciendo numerosos trabajillos y papeles secundarios. Y terminaría siendo el líder una organización criminal y una figura imperecedera en la gran pantalla, un auténtico y carismático monstruo en todas sus vertientes. Pero al final, la vida, el trabajo, la familia y muchas otras cosas se suceden, y después, simplemente, todo “termina terminando”.

James, igual que Tony era un jefe, es uno de los grandes. No se me ocurre otro posible final a todo esto mas que terminar tal y como lo he empezado, con música.

* No era “la ley” (“the law”), si no “Dios”, el Señor (“the Lord”).

** ”You may be a business man or some high degree thief” es la frase que en verdad sonaba en aquella estrofa, confundiendo con bastante error, como ya he dicho, “de-gree-thief” con “DVD”.

Quisiera pedir perdón desde aquí a Mónica, mi profesora de inglés, por no haber prestado suficiente atención en clase a los ejercicios de listening.

La canción era “Gotta Serve Somebody”, de Bob Dylan, publicada en el año 1979.

Demasiado café, demasiada fortuna

Aquí va otro escupitajo. Directamente de la botella a mi boca y de la boca a la pared.
Creo que estoy contra las cuerdas. Es posible que un día de estos llame a mi puerta la policía y me detengan. Con un poco de suerte compartiré celda con Julián Muñoz y Mocito me esperará a la entrada de la prisión y me dará la plasta y me pedirá el teléfono móvil para hacer una llamada a su madre. He descubierto que puede que esté estafando al estado. Eso son palabras mayores. La culpa, por supuesto, es toda mía. Debí haberme enterado bien de qué era lo que estaba firmando realmente. Pero la gente idiota, como yo, es lo que tiene: tenemos excedente de carisma y ganas de juerga y anhelo de amaneceres bañados en oro y champán, pero a la vez una enorme carencia en cuanto a comprensión burocrática. Ya vale de hablar de estos temas tan turbios y grises.

El país, en el mismo tiempo que dura un abrir y cerrar de ojos había quintuplicado su población. Una colonia de hormigas que andaban únicamente sobre dos piernas, hablaban y a veces decían cosas interesantes o con sentido e incluso podían llevar traje y sombrero. Qué hacer con todo esta gran masa, se preguntó la Gran Hormiga. El problema era enorme y no había hongo lo bastante grande para alimentar a todos. En algún momento de la historia reciente dejó de llover y a alguno de los chicos listos de ahí arriba se le ocurrió la genial idea de que, para evitar que todo el mundo comenzara a llevar sus mismos trajes y sombreros, podrían ponerle trabas a la gran masa. Así evitarían que todo el mundo bailara la misma música. Esa que solo ellos pueden bailar. La cosa les debió de parecer suficientemente seria como para ponerse manos a la obra a discurrir mil maneras de joder al personal. Desde luego, encontrarse con alguno de esos malditos extranjeros vistiendo las mismas camisas y trajes de raya diplomática que ellos fue la gota que colmó el vaso. Cuidado con salir a la calle sin unas buenas botas para la lluvia y un buen asesor administrativo guardado en el bolsillo de la chaqueta, como si fuera un reloj. Hay que tener cuidado. Sigue leyendo Demasiado café, demasiada fortuna