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2×1

Sombra y verdad

Perseguimos una sombra
que sobrevive dentro
de nosotros mismos

y sobrevive al fuego
y al agua y al veneno
solamente la mata
aquello que a nosotros
hace más fuerte.

No reconocemos la verdad
igual que no reconocemos
criaturas imaginarias
que no existen.

Viven en una realidad
de dos dimensiones.
Una es la sombra
y la otra su verdad

Odisea

Recorriste caminos olvidados
manchándote manos y pies
con polvo, arena y barro

Desde la alta montaña
creíste ser el rey
y contemplar a tus pies
tu reino infinito

Navegaste los siete mares
y te emborrachaste de sirenas
y amaneciste en orillas
naufragadas

Ahora, después de los bosques y desiertos
de ciudades y ciudadanos
de aventuras y fracasos

ignoras
que otros han llegado aún más lejos
sin moverse tanto
ignoras
que ellos caminan
a través de días, meses, y años
que van pasando

Son símbolos, me dijo

Un día cualquiera, al levantarme de la cama, fui a la cocina. Lamenté no haberme acordado la tarde anterior de comprar filtro y gomas para la cafetera. Eché en falta algo aparentemente sin importancia. Una taza manchada de cola cao en el fregadero. Un poco resignado y sin cafeína que poder ingerir, me senté en el sofá. No encendí la televisión. Pero en su lugar abrí el procesador de textos del ordenador y comencé a escribir algo. Describí muy vagamente mi estado de ánimo. Mi lamento por darme cuenta de que tendría que salir a la calle si quería preparar café, por ejemplo. Cómo, sorprendentemente, eché en falta algo cotidiano en la cocina.

Cuando terminé de escribir el primer párrafo mi mente procrastinadora se levantó de la silla. Se acercó a la ventana que da al patio interior. Vio la cocina del vecino de enfrente. Pudo ver un plato de frutas repleto de manzanas. También una bandera colgada del tendedero. Son símbolos, me dijo. Algo que unas personas decidieron hace algún tiempo que significara algo, me dijo mientras volvía a sentarse en la silla. Yo, como todas las veces que se ausenta, había aprovechado para hurgarme la nariz, buscar cosas que no me interesaban en absoluto por internet o comprobar si alguien en el mundo se había vuelto loco y había comenzado a ingresar dinero en cuentas bancarias al azar, siendo yo el afortunado. Me repitió lo de los símbolos que algunas personas decidieron hace algún tiempo. Y yo le respondí que vale, que me dejara terminar de escribir aquello.

Pero aquello no tenía nombre, ni forma, ni color. Sin embargo, sí que olía un poco a mierda. Y el caso es que había algo que echaba en falta, sin terminar de saber qué era. Fui al cuarto de baño a lavarme los dientes. Mientras lo hacía me miré en el espejo, aspiré profundamente hasta que se me marcaron las costillas, como hacía de pequeño. Por cosas de la edad, cada vez me iba costando más. También recogí un par de pelusas del suelo y las tiré al váter. Fui al dormitorio y coloqué la botella de agua que estaba en el suelo, al lado de la cama, en la mesita de noche. La habitación estaba casi a oscuras, aún no había subido la persiana, por miedo a enseñar cosas que no quiero enseñar a algún vecino o vecina cotilla. Tampoco entraba ningún ruido, salvo el del ventilador del ordenador y el generador de la nevera en la cocina. Me sorprendió que, pese a estar cerrada, tampoco oliera a nada. Era como si la habitación concentrara un espacio vacío de luz, olor y sonido. Volví al cuarto de baño y escupí la pasta de dientes.

Al sentarme nuevamente en el salón, descubrí horrorizado que mi mente había vuelto a hacer de las suyas. En mi ausencia se había adueñado del ordenador y había escrito un párrafo desagradable sobre olores a mierda y algo pretencioso, con alusiones a términos metafísicos que no era capaz de manejar.

Algo cansado, encendí la televisión y lo primero que vi en aquella mañana, fue la imagen de un hombre por la calle con una bandera.

Lectura de verano

A los niños perdidos
no los busquéis más
salieron a bailar a medianoche
con sus máscaras
junto al árbol,
mientras la Luna les sonría

Desconozco el origen y su final,
llegué cuando la película había comenzado
seguramente me marche antes de que acabe

Leo en los papeles
que todo se va convirtiendo
en una broma infinita
caras raras en el metro
caras raras en el bar
caras raras en la mesa
y caras raras en el parque

Las musas que un día se marcharon
en un barco que surcaba los cielos,
el silencio pegajoso que ahora me hace compañía

Algunos sinsetidos de nuestra especie
(pero no todos)
los dolores, los miedos
las vergüenzas
las alegrías o las penas

Leo por algunas de estas páginas que ya pasaron
el niño que no fue
la vieja historia prometida
el fuego entre sus dedos
la mancha de vino en la camisa.

Sobre los palmeros

“Así es como muere la libertad,
con un estruendoso aplauso”

Comentaba el otro día un amigo las últimas palabras-pifia-mentales de Mariano Rajoy; quien, a día de hoy mientras escribo estas palabras, sigue siendo presidente del Gobierno del Estado Español. Decía, entre otras cosas, que “lo peor son los palmeros”. Y creo que no podría estar más de acuerdo con él. Pero vayamos por partes. En frío, me parece que el hecho más nocivo es pretender ir soltando frases, que te han escrito o has copiado, presuntamente elaboradas e intelectuales para lucirse delante del personal (eso daría para otro intenso debate) y además equivocarte, y no precisamente por primera vez. Aunque bien es verdad que, el hecho de que haya gente dispuesta a aplaudirte por ello, también es de traca. Por seguir con las frases de La Guerra de las Galaxias: “¿quién es más loco, el loco o el loco que sigue al loco?”

Los palmeros, las palmas a partir de ahora, siempre han sido parte fundamental del arte flamenco. Sirven para marcar el ritmo y el compás. Los que tienen algo de soniquete, pueden jugar a hacer contrapunto con el ritmo principal para añadirle algo de color y picante. Podría decirse que es algo fundamental e inseparable del espectáculo flamenco. Habrá habido intentos de flamenco sin palmas, pero eso no es flamenco. Eso son cosas raras que se hacen ahora, como la pizza con piña. Modernidades, que diría uno.

En un congreso, una asamblea, senado o mitin político, con el fervor de las cámaras, los focos y sabiéndose el centro de atención de los telediarios de ese día, las palmas pueden llegar a ejercer una función bastante similar en principio, pero no del todo igual. Enardecer al artista que se está dejando la vena gorda del cuello en contarnos sus penas, sus alegrías o sus soleás, marcarle sus pausas para tomar aire, añadir dramatismo o tapar sus miserias. A diferencia de con la música, hay una carestía total de sentimiento o de sentido artístico. Da igual cómo lo haga el cantaor o si el toque de guitarra es bueno o malo. Esto es otro tipo de espectáculo, otro arte. It’s showtime. Los palmeros sienten la obligación de ofrecer al respetable un espectáculo digno y memorable. Que se nos oiga aplaudir y gritar, en televisión parecerá que mucha gente está de acuerdo con lo que acaba de no-decirse y que es muy importante. “Que se jodan”, “usted no me va a dar a mí lecciones de nada”, “váyase señor González”, otras chulerías y demás lindezas suelen servir para jalear y calentar el ambiente, tratando de hacerse pasar por el summum del pensamiento político y la reflexión ibérica.

Pero, como dijo el poeta, los tiempos siempre están cambiando y surgieron nuevos talentos. Traían nuevos aires. “Flamenco fusión” o “Nuevo flamenco” fue el término con el que se denominó esa mezcolanza de sonidos acuñados a finales de los ochenta y principios de los noventa por grupos como Ketama y artistas como Sorderita, Ray Heredia o músicos de reconocimiento internacional de la talla de Jorge Pardo. Todos ellos, por cierto, llevaron coleta alguna vez. Y pareció que la revolución estaba a un par de estribillos de distancia, durante algún tiempo. En concreto, durante aquellos primeros días del desconcierto del 15M, en los que en la Puerta del Sol -disculpen mi ignorancia respecto a otros sitios de la geografía española- se podía ver a gente debatiendo con otra gente y sosteniendo latas de cerveza, tanto con la mano izquierda como con la derecha. Pero el 15M se fue con la primavera y los chorros de agua de los servicios de limpieza, y todo acabó siendo una vuelta más a los sonidos y los cánones establecidos de siempre. “¿Y a dónde vamos ahora?” se preguntaron algunos. “A rodear el congreso”, contestaron otros. El resto de la historia nos es conocida: Venezuela, coca-colas por aquí, escándalos de financiación con orígenes de dudosa procedencia por allá, viviendas de protección oficial, casta, palabrería barata, novias y novios, postureo, ruido. Palmeros.

Había algunas buenas canciones en aquel álbum fallido, pero fueron ahogadas entre griterío, las chanzas, los músicos de estudio de medio pelo que quisieron imponer sus falsetas de guitarra y algunas palmas. Y como no, las radio-fórmulas terminaron de cargarse el asunto. Lo que, en términos musicales, se conoce como “sobreproducción”. Y sí, lo de las radio-fórmulas era un ataque gratuito a los medios. Sobran palmas y palabras, faltan hechos y soluciones de verdad. Y los nuevos cachorros mientras, ocupándose en ajustarle el micro a los viejos cantaores para que se les escuche más alto y poder aplaudirles.

Pero, como acaba de decir el periodista Miguel Ángel Aguilar por televisión, “lo triste no es que los insultos, navajazos e improperios se reciban con aplausos, sino que a la inteligencia y las buenas palabras se las recibe con silencio”.

O quizás fuera otra persona.

Qué más da. Una buena frase para terminar siempre queda bien.

Sobre la juventud

Mi amigo Isma me dejó el otro día la película “Beavis y Butt-Head recorren América”. Para mí ha sido toda una alegría y un magnífico reencuento con mi “yo” adolescente. Ahora, con el paso de los años (y pese a que las risas siguen siendo las mismas), uno empieza a ver las cosas de otra manera. Y es que la película no es más que la antepenésima crítica que una generación, de la historia de esto que hemos convenido en llamar “comedia humana”, escupe hacia otra más bisoña. Los jóvenes no saben nada: están perdidos. ¿Qué harán, qué van a hacer con este mundo que les dejamos? ¿Quién velará por todas las cosas buenas que tenemos y les dejaremos en herencia? ¿Es que nadie piensa en los niños?

Estos gamberretes deambulan por el teatro del mundo movidos únicamente por dos razones de ser: la televisión y meter. En su peculiar odisea, vivirán varias situaciones, a la cual más peligrosa y con casi-eróticos resultados, sazonadas con sexo, drogas y mucho rock & roll. Conocerán los amargos y sinsabores de la vida: la pérdida, el desamor y el engaño, pero también su lado positivo y sus pequeñas alegrías: los lazos familiares, el orgasmo y los subidones de peyote. Tanto es así, que serán nombrados agentes honoríficos por el presidente de los Estados Unidos (Bill Clinton, el de la becaria). Sin olvidar las importantes lecciones de cultura general, como que un géiser puede alcanzar los doscientos metros de altura y soltar más de cuarenta y cinco mil litros de agua en una sola erupción. Mola.

Nos escandalizan por igual su fealdad, sus risas de gilipollas, sus granos y sus maneras muy poco educadas y nos reímos (a veces) con sus estúpidas ocurrencias y su nihilismo sucio y bárbaro. Pero cuando verdaderamente se nos van las manos a la cabeza es al comprobar lo estúpidos y temerarios que pueden llegar a ser. Como los jóvenes de hoy. Y como los de ayer. Y como los de mañana. Ah, y con Beavis y Butt-Head también nos pasa.

Nunca vamos a meter.

Algunos miedos

En estas horas
en las que el mundo
y sus problemas
parecen darnos un respiro
y echarse a dormir un rato

ahora que descansas en la cama
y no puedes escucharme
déjame hablarte
acerca de mis otros miedos

donde antes escapaba
por ciudades vacías
de silenciosos fantasmas impasibles
y despertaba en un espasmo
al ver como gentes sin rostro
hacían daño a mis conocidos,
ahora que estás dormida
déjame contarte que los miedos
han sido trocados por otros
más concretos y crueles

mis miedos son ahora los tuyos
son verte dolida o apenada
no poder ayudarte cuando me lo pidas
o poderte acompañar cuando no quieras estar sola
son enfrentarme a las absurdeces
del día a día en el campo de batalla
son saberte enfurecida, enferma, enfadada
cansada
o aburrida

estos son ahora
cuando la noche ha caído
en el campamento
y por fin puedes disfrutar
en la paz que sólo
se verá interrumpida
por el maldito reloj
los ladrones que me roban
mis minutos de paz
mi aire
mi respiro

París bien vale una misa

París era una fiesta. Horatio, que nunca supo muy bien qué demonios era eso de ser fotógrafo, baja de la aeronave, pone sus pies en la ciudad de la luz y comienza su extraño viaje. Un viaje hacia la ascensión, la mística y la pasión. Y, como nunca supo ser fotógrafo, escribe, como ya hicieran otros, su propia contranovela utilizando imágenes a modo de párrafos.

La ciudad recibe a Horatio y él la escudriña a través de una de sus forjas de hierro, en pleno corazón de Barbès-Rochechouart. Persiste esa especie de halo de luz del más allá que parece llamar, igual que el canto de las sirenas, a nuestro desventurado héroe. Una infernal boca de metro le engulle y comienza su descenso a los infiernos. Allí abajo se enfrentará a toda clase de espectros. Incontables criaturas de acero y hierro que se retuercen y juegan con los espejos, tratando de ocultarse del ojo del cazador. Una torre infinita y oscura con forma de aguja que, desde cualquier punto de la ciudad, acecha a los inocentes habitantes que caminan, leen periódicos, hablan por sus teléfonos móviles escuchando y esperando que estalle otra revolución o que una estrella emerja de Sacré-Coeur y pueda volar lo suficientemente lejos para no convertirse en otro paseante del barrio que arrastra su abrigo negro y su desvencijada guitarra por las calles de pintores y puestos de crepes.

En uno de los escasos santuarios el viajero encuentra su rayo de esperanza y de paz caminando entre pilares y embobado con las vidrieras. Pero, con algo más de atención observa que, el templo, también es guardado por espíritus que vagan por sus suelos de mármol, habiendo olvidado por completo su origen y su rumbo. La Dama esconde en su interior un cielo y un infierno personal. Afuera, ejércitos de gárgolas parecen prepararse para la madre de todas las batallas.

Horatio se reencuentra con su maga y juntos recorren los símbolos secretos de la ciudad. El obelisco negro que se alza contra el cielo, la gran rueda del destino que mantiene atrapadas las almas incautas, y la pirámide de cristal que adopta distintos formas y tamaños según convenga.

Uno, que pese a no saber qué era aquello de ser un fotógrafo, sí sabía muy bien cuáles eran sus héroes de la infancia, echa de menos a los habitantes de la ciudad en todas estas imágenes. Echa de menos haber retratado a aquellos que habitan, respiran y viven en la ciudad de la luz. La figura del pintor de Montmartre que chapurrea el español y día tras día decide dedicarse al viejo y noble arte de retratar la realidad, a cincuenta euros la pieza. La del viejo rockero que vacila a los turistas y toca su guitarra marcando el ritmo del blues con unas largas y blancas barbas y sus zapatos viejos. Quizá por ello (pese a ello), estas fotografías son habitadas por fantasmas y otros espíritus. Uno puede tener claro hacia donde apunta, pero a veces cada semilla vuela y cae en un punto distinto de la tierra.

Horatio y la maga logran ascender y consiguen pasajes para un tren y vuelan lejos.

La tortuosa senda me lo enseñó

Cuando todo parece estar en calma
es bueno dar un volantazo
o cambiarse a la acera de enfrente

Pocas lecciones aprendidas
durante estos pocos años,
muchas las voces
pero apenas algunas palabras
apenas consejos sabios.
Solamente tropiezos con piedras
que me han advertido
de los caminos que atraviesan
bosques compactos y oscuros
a evitar

La lluvia mojando las calles
desafiándome a encontrar
la belleza invisible
oculta en los momentos
más insospechados
de la vida.
Viejos camaradas
sí me enseñaron
a gritar fuerte
entre vino y vino
cuando la causa es ilustre
y la razón está de nuestro lado,
y a hacerlo más fuerte todavía
cuando así no fuera

Y saltar por los precipicios
volando
de aquellos que buscan la
guerra en tiempos de paz
y dicen tener siempre
a su lado, y ponen
si hace falta, como un escudo
por delante
la verdad
(sobre todo de estos)

Que la verdad no es
de nadie
se aprende rápido,
abriendo los periódicos
cada día
o viendo a la gente
beberse el café.
Tal y como cantó
el poeta, somos
únicamente libertad
y palabras

Y las más altas y desinteresadas
intenciones ocultan
los deseos más perversos
el anhelo de control y de poder
se enmascaran y se visten
con todo tipo de ropajes
y de sonidos, el dulce arrullo de la mandolina
o el grave lamento del saxofón

El polvo y el barro y los vientos
del camino
conspiran que, por siglos y siglos, castillos
más grandes que este han caído,
que dará igual ocho que ochenta,
que a la tierra retornamos
que con lo mismito que hemos venido

Que la nada no existe
me lo ocultó la nieve
que la vida la voy llenando
regalandogastandoahorrando
y vaciando como me conviene.
Y no te asustes si los viejos
critican tus zapatos y camisas,
el río confesó que tratan
de evitar las fórmulas
y formas prohibidas

¿Adónde me llevarán estos pies?
Nunca se acaba de tener claro
pero queriendo no ocultar mis deseos
por más que intento
vence siempre la guerra sucia
mi valiente cobardía.
Con ella y con el rayo
me defiendo de quienes son
iguales pero proyectan su sombra
más lejos, más arriba
más
parecer ser más grandes
más montaña
más
y nada más que nada
y nada más
que aire

Cuando parece estar todo en calma
bueno es dar un volantazo

Libertad y palabras
antídoto diario
para creernos más libres
y llevarnos la razón
a un rincón oscuro
y hacer manitas con ella.
Igual que las inocentes inyecciones
de placer
igual que ver las viejas fotografías
(del mes pasado)
o mirarnos al espejo seriamente
frunciendo el ceño
y henchirnos de orgullo
y creernos haber cambiado
mucho más de lo que en verdad
creemos

Estos días (Nuevas Visiones)

Mis días, mi vida, son una línea recta mal dibujada de derecha a izquierda en una página en blanco.

Suelo tener ideas, algo así como pequeñas iluminaciones, en las primeras horas del día, en el duermevela. Si tengo frío, el vino de la noche anterior me cubre un poco más con la sábana. Pero si quiero que estas ocurrencias no mueran antes de nacer y sobrevivan a mis amaneceres, he de ser yo el que tome nota en éste o alguno de los cuadernillos de la casa. El problema, muchas veces, es encontrar un bolígrafo con el que poder escribir. Lo vacío y lo lleno, lo blanco y lo negro.

Cuando conduzco por las calles, la ciento veinticinco también avanza como una línea recta por una página en blanco. Sin rumbo predeterminado. Quizá por eso, intento llevar siempre unos cuantos minutos de sobra en mis bolsillos. Tiempo suficiente para divagar y serpentear por mis calles de ayer. Tal y como he hecho estos últimos años. Al doblar por una esquina o atravesar una plaza, rara vez cambia el paisaje de las fachadas. Sí lo hacen los personajes y las ideas que flotan como fantasmas por los rincones, de un lado a otro.

La lluvia golpea las aceras y la niebla va engullendo los edificios. Nosotros, pretendemos caminar por la calle como eslabones perdidos de la evolución, anónimos y desconocidos. Escondiéndonos en las noches y en los bares. Ocultos en las calles. Algunos quisieran que las aguas pasaran y desapareciera la oscuridad. Volver a abrazar el sol. Sin embargo, somos abrazados sin piedad por las tinieblas.

En mis días lejanos de pasear por el césped de la Facultad de la Verdad, entre cigarros y minis de cerveza y calimocho, me contaron que las realidades más horribles pueden llegar a ser las más bellas, y que las bellas no necesariamente tienen por qué serlas. Pienso en D. Nebreda. Aquel viejo grimorio con conocimientos arcanos de la vieja biblioteca de la facultad. Los sabios no querían que lo supiéramos. Querían ocultarnos la verdad. La verdad oculta en libros ocultos. Si mi memoria no me falla, y los cigarros y los minis no causaron demasiados estragos, creo que el libro estaba situado al fondo. En uno de los estantes situados a la derecha, bajo la protección de la categoría “AAPP”. Artistas plásticos. Nebreda, lo horrendo y lo sublime, la vida o la muerte, lo bello y la mierda resbalando por la cara.

Pienso en los pequeños polluelos. Criados bajo el ala protectora de Mamá Ganso, bajo el estigma de no ser el heredero. Los primeros años son los de la sobreprotección. Todo el mundo conoce a Mamá Ganso. Y cómo se las gasta con sus pequeños polluelos. Pero terminan aprendiendo a volar solos, acompañados solamente de su sombra y de los amigos que harán a lo largo del viaje. Cuando el polluelo cambia la voz, se vuelve feo y viejo como el resto. Cariñosamente es despreciado por su ascendencia. Entonces aprenden a sobrevivir. Y aprenden mejor que los hermanos mayores. Comportamiento e imitación. Metodología del aprendizaje, piensan algunos. Evolución y experiencia. Esos hermanos mayores que sí fueron criados entre algodones. Que estaban predestinados por suerte divina a alcanzar el Olimpo y la gloria. A rozar con las puntas de los dedos el rostro de dios. Pero lo único que lograron fue acariciar la cara más amarga de la locura. Lo blanco y lo negro, lo nuevo y lo viejo.

Tú dirías que ha sido otra noche. La vuelta de Odiseo a Ítaca. Te encontraste de repente en un cruce de caminos. ¿Y ahora qué?, ¿acaso vamos ahora a pedirle cuentas al rey?, ¿o llamarás a Robert Johnson para que acuda en tu ayuda?

Que la vida va en serio, uno lo empieza a saber cuando uno de sus amigos cumple treinta y dos años. Ahora ya es demasiado tarde y las luces del escenario languidecen. Mañana será otro día, dicen los viejos del lugar. ¿Y mientras tanto?, ¿leer?, ¿vivir?, ¿trabajar?, ¿letras o ciencias?

Lo viejo, y lo de todos los días.

Hablo desde la experiencia que me ha concedido el fracaso. Ese fracaso que me recuerda que según va pasando el tiempo, dejan de interesarte ciertas cosas que en su momento (y lugar) te habrían fascinado. Algunas heridas se cierran y no vuelven a sangrar. De otras, en cambio, sigue brotando. Aunque la carne viva cicatrizara. Eso lo dijo alguien. También dijo alguien (pero otro alguien): hay gente que no puede comprender que uno se calle cuando se ignora la verdad. Podría decirse de muchas maneras. Existen personas que le otorgan dignidad a la experiencia del fracaso. Reconocer los errores y las carencias de uno. Personas a las que no les vale ganar a cualquier precio, haciéndose trampas al solitario. Que saben de la imposibilidad física y matemática de poder aprehenderse todo el conocimiento existente. No pretenden saber absolutamente todo. Tampoco desean aparentar saberlo todo, por mucho que estos sean tiempos de apariencia e imagen. Escribo desde la más absoluta e inocente de las ignorancias, esa que no te engaña. Que no te hace ver cosas, donde los demás solo ven el aire y la nada invisible. Escribo tus ojos verdes sin haber visto jamás tus ojos verdes. Pero alguna vez vi algunos parecidos. Me agarro de tu cintura, cojo tus pechos y los beso. Aun no conociendo su sabor. Ignorancia sana y bendita, si es que la hubiera. Escribo camino por un campo. He caminado por más de uno. Fuera de aquí, en mi otra vida. La de verdad. Pero no he caminado por este por el que, en estos momentos, transito. Los recuerdos y el fracaso (experiencias) me chivan estrofas y me hacen escuchar cantos de cítaras. Me regalan musas para que lo construya todo: caminos, campo, besos y pechos. Todo a mi antojo. Y hacer solamente aquello que me plazca. Me relaja ponerme el capuchón del bolígrafo en la boca cada vez que acabo una frase. Me produce una sensación de placer mordisquearlo pensando en la siguiente. Imaginando ser un personaje de ficción corriendo por alguno de esos multiversos, o planos olvidados. O por una telenovela para mentes adolescentes. O, peor aún, una mala novela. Una con monstruos del terror clásico que dejaron de dar miedo hace ya demasiados libros. Así, el sueño poco a poco se va apoderando de esta mano. Mordisquear el capuchón del bolígrafo es más potente que el mejor de los sedantes jamás creado. Y la siguiente frase tarda cada vez más en nacerse. Hoy (mañana) volverán a sonreírme la Luna y su Estrella. La errante, eterna compañera de viaje. Recordaré a todos aquellos que se fueron y se alejaron de mi órbita, aunque sigan por alguna parte. No son pocos. Hablo desde la experiencia que me concede el fracaso. Miraré a la Luna y su Estrella, y trataré de sonreír. La fortuna y el fracaso. Keep on rockin!