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De aquellos caos, estos cuadernos

Pasan los años, ¿qué fue de aquel joven que jugaba a querer ser distinto a los demás? ¿Que pretendía jugar a ser escritor en algún futuro lejano, solo por haber leído un día un libro de Benedetti? ¿Que leía viejos libros en cuartos de baños en pisos sin puertas, cortinas ni televisión, malviviendo y teniendo que huir del amor para poderlo encontrar de nuevo definitivamente? La gota de agua quedó disuelta en el océano.

En esos días difíciles, jugar a ser todo aquello era sencillo. La falta de un futuro tangible a corto, medio o largo plazo era como un cheque en blanco para poder costearte aquellos sueños locos de borracho. Viajar con Momo, a Fantasía o caminar junto al señor Bloom por las calles del Dublín de principios de siglo eran pasatiempos entretenidos. Aquellos eran días en los que poco o nada había que hacer, aparte de remolonear, dejar pasar el rato, esperar el momento adecuado.

Ya ni recuerdas la cantidad de ideas y anotaciones de diario perdidas entre tanto papel. De aquellos días de caos, que serían seguidos por la larga y oscura noche, sacaste la conclusión: que cierta disciplina y, sobre todo autocontrol, son indispensables para poder conseguir aquellas metas que te ibas proponiendo de manera inconsciente. Aunque el caos siempre estará ahí mirándote con esos ojitos, esperando que le invites a un baile. Se podría decir que, de aquellos caos, estos cuadernos.

Sucederá que

Sucederá que
los vientos impulsen las palabras muy lejos
y algunas de ellas se sequen y caigan muertas
mientras otras alcancen lejanas costas en un futuro

enmudezca la voz de los viejos profetas
y cansados de que nadie les escuche
decidan callarse y su silencio lo ocupen otras voces

que las modas pasen como los días
y lo que fue impensable ayer sea imprescindible mañana
que la rueda de la fortuna no acabe nunca de girar

que las víctimas dejen de ser culpables
y que los culpables empiecen a ser tratados como verdugos
que iluminen verdad y concordia sus ojos

Son ilusiones

A veces en tierra de nadie. Suele ocurrir, vuelves a casa y las cosas no son como las recordabas en tu memoria. Y surge el cisma. Optar por el camino del espejo o el de la realidad. El espejo es mágico, nos lo enseñan desde niños. No nos hablaron de los peligros de intentar atravesarlo. Puedes terminar con el cuerpo destrozado y lleno de cortes por los cristales. Los peligros de la realidad, los conocemos de sobra.

Gran parte de los problemas con la realidad los tiene la memoria. Funciona al revés de cómo pensamos. Es ella la que nos posee. Nos dice qué recordar y cómo recordarlo. Y últimamente nos habíamos acostumbrado a ganar siempre. De ahí a la indignación, al pataleo y a las denuncias ante la Fiscalía, va un solo tweet. Curiosamente, a la memoria se la puede combatir con un espejo. Pero no hace falta romper nada. Simplemente mirar a la persona que aparece reflejada, y sacarle los defectos que la memoria nos oculta.

Titánico el gasto de energía, y el esfuerzo resulta demoledor. Reconozcamos que es más fácil otras cosas. Por ejemplo, tumbarse bajo el sol y descansar que caminar sobre arenas movedizas. Mejor buscar sintonías. Personas con las que compartimos vínculos e hilos invisibles y no nos recuerdan constantemente lo feos, fascistas y perroflautas que podemos ser a veces.

Enciendo la televisión, escucho a tertulianos en la radio, leo las principales cabeceras de prensa de este país, y no me representan. Por otro lado, internet, la democratización de la cultura y de la información, me dice que no le represento. Demasiado joven para las cosas importantes, demasiado viejo para youtuber.

Tarde de domingo

Regresar herido de la batalla
revisitar el pasado volviendo
la misma piedra en el mismo sitio
el mismo árbol, la misma casa
el mismo camino

Después de dar cancha en las trincheras,
solo el amargo sabor
de la derrota en una guerra
no declarada

Y volver por el mismo camino
siempre la misma dirección
aquello que se conoce
y resulta familiar
se arrastra y la mirada al suelo
Odiseo vuelve al hogar
(no está seguro de encontrarse allí a Penélope)

El viento despierta
grita y aúlla con fuerza
sacudiéndonos violentamente
“Regresad, sabed que mi poder
no tiene límites
pues se alimenta de una fuente
que nunca seréis capaces
de alcanzar”

Tres preguntas y dos reflexiones breves sobre las discusiones

¿Por qué todas estas ganas, a estas alturas de la vida, de pretender vencernos los unos a los otros?

¿De pretender jugar a ser mordaces y certeros, cuando toda la vida no fuimos más que jóvenes airados con apego al delito menor y al menudeo, que disparaban soflamas salpicadas de lugares comunes e impregnadas de calimocho, ron y güisqui barato?

¿A quién pretendemos engañar tomando del mundo o, peor aún, de ese pozo negro de medias verdades, posverdades, o falsedades solo aquello que nos pueda servir para nuestra cruzada ideológica?

Podremos engañar a algunos pocos, creernos poseedores de una verdad absoluta escrita en piedra y luchar contras los infieles de esa verdad en cualquier momento del día, a cualquier hora. A golpe de tweet o de whatsapp.

Podríamos engañarnos incluso, a nosotros mismos, un tiempo.

Solo se aburre la gente aburrida

Una persona viajará en un vagón de tren. Decidirá matar el tiempo haciendo llamadas con su teléfono móvil a toda su lista de contactos frecuentes. El viaje en tren le resultará agotadoramente aburrido. Todos los viajes se lo han parecido. Prefiere llegar a su destino y visitar los sitios que ha visto en sus redes sociales y hacerse fotos en ellos y en otros menos conocidos, para que la gente vea que es diferente al resto.

Hablará en voz alta durante las llamadas y hará los mismos comentarios en todas ellas. Aquí en el tren. Casi no llego por culpa del gilipollas del taxista. A ver si no se retrasa mucho. Dejará de hablar durante quince minutos para comerse un sándwich de atún y dos mandarinas. Las migas caerán en sus pantalones, donde se limpiará las manos al acabar. Le molestará bastante que la película que echan en el tren ya se la haya descargado el fin de semana pasado.

Prefiere viajar en avión, porque las fotos de esos viajes suelen ser más espectaculares y generar más comentarios después. Conoce un par de personas que no suelen subir las fotos a sus redes sociales. Piensa sobre todo en una persona. Piensa que, seguramente, actúen así para llamar la atención. Por hacerse interesantes.

Mientras pregunta a su interlocutor o interlocutora cómo le va en el trabajo, esperando que le diga la verdad y le cuente lo mala que es su situación, se fijará en una escena de la película que ya ha visto, y recordará lo entretenida que le pareció. Aunque no le gustó que se la recomendaran. Realmente, no entiende por qué le gusta tanto al conocido que se la recomendó. Por eso no le dijo que le pareció buena.

En un momento dado, la persona que viaja a su lado, en el asiento de la ventanilla, interrumpirá sus pensamientos pidiéndole paso para salir al pasillo. Se colocará el flequillo con ese gesto suyo característico que hace cuando quiere agradar. Su voz se modulará un par de tonos más grave y se levantará para dejar paso a la chica. Cuando ésta salga del vagón camino hacia la cafetería, guardará su teléfono móvil, se pondrá unos auriculares en sus oídos y sacará de su mochila un libro de relatos de Jorge Bucay (o de Paulo Coelho) y lo colocará encima de la mesa.

2×1

Sombra y verdad

Perseguimos una sombra
que sobrevive dentro
de nosotros mismos

y sobrevive al fuego
y al agua y al veneno
solamente la mata
aquello que a nosotros
hace más fuerte.

No reconocemos la verdad
igual que no reconocemos
criaturas imaginarias
que no existen.

Viven en una realidad
de dos dimensiones.
Una es la sombra
y la otra su verdad

Odisea

Recorriste caminos olvidados
manchándote manos y pies
con polvo, arena y barro

Desde la alta montaña
creíste ser el rey
y contemplar a tus pies
tu reino infinito

Navegaste los siete mares
y te emborrachaste de sirenas
y amaneciste en orillas
naufragadas

Ahora, después de los bosques y desiertos
de ciudades y ciudadanos
de aventuras y fracasos

ignoras
que otros han llegado aún más lejos
sin moverse tanto
ignoras
que ellos caminan
a través de días, meses, y años
que van pasando

Son símbolos, me dijo

Un día cualquiera, al levantarme de la cama, fui a la cocina. Lamenté no haberme acordado la tarde anterior de comprar filtro y gomas para la cafetera. Eché en falta algo aparentemente sin importancia. Una taza manchada de cola cao en el fregadero. Un poco resignado y sin cafeína que poder ingerir, me senté en el sofá. No encendí la televisión. Pero en su lugar abrí el procesador de textos del ordenador y comencé a escribir algo. Describí muy vagamente mi estado de ánimo. Mi lamento por darme cuenta de que tendría que salir a la calle si quería preparar café, por ejemplo. Cómo, sorprendentemente, eché en falta algo cotidiano en la cocina.

Cuando terminé de escribir el primer párrafo mi mente procrastinadora se levantó de la silla. Se acercó a la ventana que da al patio interior. Vio la cocina del vecino de enfrente. Pudo ver un plato de frutas repleto de manzanas. También una bandera colgada del tendedero. Son símbolos, me dijo. Algo que unas personas decidieron hace algún tiempo que significara algo, me dijo mientras volvía a sentarse en la silla. Yo, como todas las veces que se ausenta, había aprovechado para hurgarme la nariz, buscar cosas que no me interesaban en absoluto por internet o comprobar si alguien en el mundo se había vuelto loco y había comenzado a ingresar dinero en cuentas bancarias al azar, siendo yo el afortunado. Me repitió lo de los símbolos que algunas personas decidieron hace algún tiempo. Y yo le respondí que vale, que me dejara terminar de escribir aquello.

Pero aquello no tenía nombre, ni forma, ni color. Sin embargo, sí que olía un poco a mierda. Y el caso es que había algo que echaba en falta, sin terminar de saber qué era. Fui al cuarto de baño a lavarme los dientes. Mientras lo hacía me miré en el espejo, aspiré profundamente hasta que se me marcaron las costillas, como hacía de pequeño. Por cosas de la edad, cada vez me iba costando más. También recogí un par de pelusas del suelo y las tiré al váter. Fui al dormitorio y coloqué la botella de agua que estaba en el suelo, al lado de la cama, en la mesita de noche. La habitación estaba casi a oscuras, aún no había subido la persiana, por miedo a enseñar cosas que no quiero enseñar a algún vecino o vecina cotilla. Tampoco entraba ningún ruido, salvo el del ventilador del ordenador y el generador de la nevera en la cocina. Me sorprendió que, pese a estar cerrada, tampoco oliera a nada. Era como si la habitación concentrara un espacio vacío de luz, olor y sonido. Volví al cuarto de baño y escupí la pasta de dientes.

Al sentarme nuevamente en el salón, descubrí horrorizado que mi mente había vuelto a hacer de las suyas. En mi ausencia se había adueñado del ordenador y había escrito un párrafo desagradable sobre olores a mierda y algo pretencioso, con alusiones a términos metafísicos que no era capaz de manejar.

Algo cansado, encendí la televisión y lo primero que vi en aquella mañana, fue la imagen de un hombre por la calle con una bandera.

Lectura de verano

A los niños perdidos
no los busquéis más
salieron a bailar a medianoche
con sus máscaras
junto al árbol,
mientras la Luna les sonría

Desconozco el origen y su final,
llegué cuando la película había comenzado
seguramente me marche antes de que acabe

Leo en los papeles
que todo se va convirtiendo
en una broma infinita
caras raras en el metro
caras raras en el bar
caras raras en la mesa
y caras raras en el parque

Las musas que un día se marcharon
en un barco que surcaba los cielos,
el silencio pegajoso que ahora me hace compañía

Algunos sinsetidos de nuestra especie
(pero no todos)
los dolores, los miedos
las vergüenzas
las alegrías o las penas

Leo por algunas de estas páginas que ya pasaron
el niño que no fue
la vieja historia prometida
el fuego entre sus dedos
la mancha de vino en la camisa.