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Son ilusiones

A veces en tierra de nadie. Suele ocurrir, vuelves a casa y las cosas no son como las recordabas en tu memoria. Y surge el cisma. Optar por el camino del espejo o el de la realidad. El espejo es mágico, nos lo enseñan desde niños. No nos hablaron de los peligros de intentar atravesarlo. Puedes terminar con el cuerpo destrozado y lleno de cortes por los cristales. Los peligros de la realidad, los conocemos de sobra.

Gran parte de los problemas con la realidad los tiene la memoria. Funciona al revés de cómo pensamos. Es ella la que nos posee. Nos dice qué recordar y cómo recordarlo. Y últimamente nos habíamos acostumbrado a ganar siempre. De ahí a la indignación, al pataleo y a las denuncias ante la Fiscalía, va un solo tweet. Curiosamente, a la memoria se la puede combatir con un espejo. Pero no hace falta romper nada. Simplemente mirar a la persona que aparece reflejada, y sacarle los defectos que la memoria nos oculta.

Titánico el gasto de energía, y el esfuerzo resulta demoledor. Reconozcamos que es más fácil otras cosas. Por ejemplo, tumbarse bajo el sol y descansar que caminar sobre arenas movedizas. Mejor buscar sintonías. Personas con las que compartimos vínculos e hilos invisibles y no nos recuerdan constantemente lo feos, fascistas y perroflautas que podemos ser a veces.

Enciendo la televisión, escucho a tertulianos en la radio, leo las principales cabeceras de prensa de este país, y no me representan. Por otro lado, internet, la democratización de la cultura y de la información, me dice que no le represento. Demasiado joven para las cosas importantes, demasiado viejo para youtuber.

Tarde de domingo

Regresar herido de la batalla
revisitar el pasado volviendo
la misma piedra en el mismo sitio
el mismo árbol, la misma casa
el mismo camino

Después de dar cancha en las trincheras,
solo el amargo sabor
de la derrota en una guerra
no declarada

Y volver por el mismo camino
siempre la misma dirección
aquello que se conoce
y resulta familiar
se arrastra y la mirada al suelo
Odiseo vuelve al hogar
(no está seguro de encontrarse allí a Penélope)

El viento despierta
grita y aúlla con fuerza
sacudiéndonos violentamente
“Regresad, sabed que mi poder
no tiene límites
pues se alimenta de una fuente
que nunca seréis capaces
de alcanzar”

Tres preguntas y dos reflexiones breves sobre las discusiones

¿Por qué todas estas ganas, a estas alturas de la vida, de pretender vencernos los unos a los otros?

¿De pretender jugar a ser mordaces y certeros, cuando toda la vida no fuimos más que jóvenes airados con apego al delito menor y al menudeo, que disparaban soflamas salpicadas de lugares comunes e impregnadas de calimocho, ron y güisqui barato?

¿A quién pretendemos engañar tomando del mundo o, peor aún, de ese pozo negro de medias verdades, posverdades, o falsedades solo aquello que nos pueda servir para nuestra cruzada ideológica?

Podremos engañar a algunos pocos, creernos poseedores de una verdad absoluta escrita en piedra y luchar contras los infieles de esa verdad en cualquier momento del día, a cualquier hora. A golpe de tweet o de whatsapp.

Podríamos engañarnos incluso, a nosotros mismos, un tiempo.

Solo se aburre la gente aburrida

Una persona viajará en un vagón de tren. Decidirá matar el tiempo haciendo llamadas con su teléfono móvil a toda su lista de contactos frecuentes. El viaje en tren le resultará agotadoramente aburrido. Todos los viajes se lo han parecido. Prefiere llegar a su destino y visitar los sitios que ha visto en sus redes sociales y hacerse fotos en ellos y en otros menos conocidos, para que la gente vea que es diferente al resto.

Hablará en voz alta durante las llamadas y hará los mismos comentarios en todas ellas. Aquí en el tren. Casi no llego por culpa del gilipollas del taxista. A ver si no se retrasa mucho. Dejará de hablar durante quince minutos para comerse un sándwich de atún y dos mandarinas. Las migas caerán en sus pantalones, donde se limpiará las manos al acabar. Le molestará bastante que la película que echan en el tren ya se la haya descargado el fin de semana pasado.

Prefiere viajar en avión, porque las fotos de esos viajes suelen ser más espectaculares y generar más comentarios después. Conoce un par de personas que no suelen subir las fotos a sus redes sociales. Piensa sobre todo en una persona. Piensa que, seguramente, actúen así para llamar la atención. Por hacerse interesantes.

Mientras pregunta a su interlocutor o interlocutora cómo le va en el trabajo, esperando que le diga la verdad y le cuente lo mala que es su situación, se fijará en una escena de la película que ya ha visto, y recordará lo entretenida que le pareció. Aunque no le gustó que se la recomendaran. Realmente, no entiende por qué le gusta tanto al conocido que se la recomendó. Por eso no le dijo que le pareció buena.

En un momento dado, la persona que viaja a su lado, en el asiento de la ventanilla, interrumpirá sus pensamientos pidiéndole paso para salir al pasillo. Se colocará el flequillo con ese gesto suyo característico que hace cuando quiere agradar. Su voz se modulará un par de tonos más grave y se levantará para dejar paso a la chica. Cuando ésta salga del vagón camino hacia la cafetería, guardará su teléfono móvil, se pondrá unos auriculares en sus oídos y sacará de su mochila un libro de relatos de Jorge Bucay (o de Paulo Coelho) y lo colocará encima de la mesa.

2×1

Sombra y verdad

Perseguimos una sombra
que sobrevive dentro
de nosotros mismos

y sobrevive al fuego
y al agua y al veneno
solamente la mata
aquello que a nosotros
hace más fuerte.

No reconocemos la verdad
igual que no reconocemos
criaturas imaginarias
que no existen.

Viven en una realidad
de dos dimensiones.
Una es la sombra
y la otra su verdad

Odisea

Recorriste caminos olvidados
manchándote manos y pies
con polvo, arena y barro

Desde la alta montaña
creíste ser el rey
y contemplar a tus pies
tu reino infinito

Navegaste los siete mares
y te emborrachaste de sirenas
y amaneciste en orillas
naufragadas

Ahora, después de los bosques y desiertos
de ciudades y ciudadanos
de aventuras y fracasos

ignoras
que otros han llegado aún más lejos
sin moverse tanto
ignoras
que ellos caminan
a través de días, meses, y años
que van pasando

Son símbolos, me dijo

Un día cualquiera, al levantarme de la cama, fui a la cocina. Lamenté no haberme acordado la tarde anterior de comprar filtro y gomas para la cafetera. Eché en falta algo aparentemente sin importancia. Una taza manchada de cola cao en el fregadero. Un poco resignado y sin cafeína que poder ingerir, me senté en el sofá. No encendí la televisión. Pero en su lugar abrí el procesador de textos del ordenador y comencé a escribir algo. Describí muy vagamente mi estado de ánimo. Mi lamento por darme cuenta de que tendría que salir a la calle si quería preparar café, por ejemplo. Cómo, sorprendentemente, eché en falta algo cotidiano en la cocina.

Cuando terminé de escribir el primer párrafo mi mente procrastinadora se levantó de la silla. Se acercó a la ventana que da al patio interior. Vio la cocina del vecino de enfrente. Pudo ver un plato de frutas repleto de manzanas. También una bandera colgada del tendedero. Son símbolos, me dijo. Algo que unas personas decidieron hace algún tiempo que significara algo, me dijo mientras volvía a sentarse en la silla. Yo, como todas las veces que se ausenta, había aprovechado para hurgarme la nariz, buscar cosas que no me interesaban en absoluto por internet o comprobar si alguien en el mundo se había vuelto loco y había comenzado a ingresar dinero en cuentas bancarias al azar, siendo yo el afortunado. Me repitió lo de los símbolos que algunas personas decidieron hace algún tiempo. Y yo le respondí que vale, que me dejara terminar de escribir aquello.

Pero aquello no tenía nombre, ni forma, ni color. Sin embargo, sí que olía un poco a mierda. Y el caso es que había algo que echaba en falta, sin terminar de saber qué era. Fui al cuarto de baño a lavarme los dientes. Mientras lo hacía me miré en el espejo, aspiré profundamente hasta que se me marcaron las costillas, como hacía de pequeño. Por cosas de la edad, cada vez me iba costando más. También recogí un par de pelusas del suelo y las tiré al váter. Fui al dormitorio y coloqué la botella de agua que estaba en el suelo, al lado de la cama, en la mesita de noche. La habitación estaba casi a oscuras, aún no había subido la persiana, por miedo a enseñar cosas que no quiero enseñar a algún vecino o vecina cotilla. Tampoco entraba ningún ruido, salvo el del ventilador del ordenador y el generador de la nevera en la cocina. Me sorprendió que, pese a estar cerrada, tampoco oliera a nada. Era como si la habitación concentrara un espacio vacío de luz, olor y sonido. Volví al cuarto de baño y escupí la pasta de dientes.

Al sentarme nuevamente en el salón, descubrí horrorizado que mi mente había vuelto a hacer de las suyas. En mi ausencia se había adueñado del ordenador y había escrito un párrafo desagradable sobre olores a mierda y algo pretencioso, con alusiones a términos metafísicos que no era capaz de manejar.

Algo cansado, encendí la televisión y lo primero que vi en aquella mañana, fue la imagen de un hombre por la calle con una bandera.

Lectura de verano

A los niños perdidos
no los busquéis más
salieron a bailar a medianoche
con sus máscaras
junto al árbol,
mientras la Luna les sonría

Desconozco el origen y su final,
llegué cuando la película había comenzado
seguramente me marche antes de que acabe

Leo en los papeles
que todo se va convirtiendo
en una broma infinita
caras raras en el metro
caras raras en el bar
caras raras en la mesa
y caras raras en el parque

Las musas que un día se marcharon
en un barco que surcaba los cielos,
el silencio pegajoso que ahora me hace compañía

Algunos sinsetidos de nuestra especie
(pero no todos)
los dolores, los miedos
las vergüenzas
las alegrías o las penas

Leo por algunas de estas páginas que ya pasaron
el niño que no fue
la vieja historia prometida
el fuego entre sus dedos
la mancha de vino en la camisa.

Sobre los palmeros

“Así es como muere la libertad,
con un estruendoso aplauso”

Comentaba el otro día un amigo las últimas palabras-pifia-mentales de Mariano Rajoy; quien, a día de hoy mientras escribo estas palabras, sigue siendo presidente del Gobierno del Estado Español. Decía, entre otras cosas, que “lo peor son los palmeros”. Y creo que no podría estar más de acuerdo con él. Pero vayamos por partes. En frío, me parece que el hecho más nocivo es pretender ir soltando frases, que te han escrito o has copiado, presuntamente elaboradas e intelectuales para lucirse delante del personal (eso daría para otro intenso debate) y además equivocarte, y no precisamente por primera vez. Aunque bien es verdad que, el hecho de que haya gente dispuesta a aplaudirte por ello, también es de traca. Por seguir con las frases de La Guerra de las Galaxias: “¿quién es más loco, el loco o el loco que sigue al loco?”

Los palmeros, las palmas a partir de ahora, siempre han sido parte fundamental del arte flamenco. Sirven para marcar el ritmo y el compás. Los que tienen algo de soniquete, pueden jugar a hacer contrapunto con el ritmo principal para añadirle algo de color y picante. Podría decirse que es algo fundamental e inseparable del espectáculo flamenco. Habrá habido intentos de flamenco sin palmas, pero eso no es flamenco. Eso son cosas raras que se hacen ahora, como la pizza con piña. Modernidades, que diría uno.

En un congreso, una asamblea, senado o mitin político, con el fervor de las cámaras, los focos y sabiéndose el centro de atención de los telediarios de ese día, las palmas pueden llegar a ejercer una función bastante similar en principio, pero no del todo igual. Enardecer al artista que se está dejando la vena gorda del cuello en contarnos sus penas, sus alegrías o sus soleás, marcarle sus pausas para tomar aire, añadir dramatismo o tapar sus miserias. A diferencia de con la música, hay una carestía total de sentimiento o de sentido artístico. Da igual cómo lo haga el cantaor o si el toque de guitarra es bueno o malo. Esto es otro tipo de espectáculo, otro arte. It’s showtime. Los palmeros sienten la obligación de ofrecer al respetable un espectáculo digno y memorable. Que se nos oiga aplaudir y gritar, en televisión parecerá que mucha gente está de acuerdo con lo que acaba de no-decirse y que es muy importante. “Que se jodan”, “usted no me va a dar a mí lecciones de nada”, “váyase señor González”, otras chulerías y demás lindezas suelen servir para jalear y calentar el ambiente, tratando de hacerse pasar por el summum del pensamiento político y la reflexión ibérica.

Pero, como dijo el poeta, los tiempos siempre están cambiando y surgieron nuevos talentos. Traían nuevos aires. “Flamenco fusión” o “Nuevo flamenco” fue el término con el que se denominó esa mezcolanza de sonidos acuñados a finales de los ochenta y principios de los noventa por grupos como Ketama y artistas como Sorderita, Ray Heredia o músicos de reconocimiento internacional de la talla de Jorge Pardo. Todos ellos, por cierto, llevaron coleta alguna vez. Y pareció que la revolución estaba a un par de estribillos de distancia, durante algún tiempo. En concreto, durante aquellos primeros días del desconcierto del 15M, en los que en la Puerta del Sol -disculpen mi ignorancia respecto a otros sitios de la geografía española- se podía ver a gente debatiendo con otra gente y sosteniendo latas de cerveza, tanto con la mano izquierda como con la derecha. Pero el 15M se fue con la primavera y los chorros de agua de los servicios de limpieza, y todo acabó siendo una vuelta más a los sonidos y los cánones establecidos de siempre. “¿Y a dónde vamos ahora?” se preguntaron algunos. “A rodear el congreso”, contestaron otros. El resto de la historia nos es conocida: Venezuela, coca-colas por aquí, escándalos de financiación con orígenes de dudosa procedencia por allá, viviendas de protección oficial, casta, palabrería barata, novias y novios, postureo, ruido. Palmeros.

Había algunas buenas canciones en aquel álbum fallido, pero fueron ahogadas entre griterío, las chanzas, los músicos de estudio de medio pelo que quisieron imponer sus falsetas de guitarra y algunas palmas. Y como no, las radio-fórmulas terminaron de cargarse el asunto. Lo que, en términos musicales, se conoce como “sobreproducción”. Y sí, lo de las radio-fórmulas era un ataque gratuito a los medios. Sobran palmas y palabras, faltan hechos y soluciones de verdad. Y los nuevos cachorros mientras, ocupándose en ajustarle el micro a los viejos cantaores para que se les escuche más alto y poder aplaudirles.

Pero, como acaba de decir el periodista Miguel Ángel Aguilar por televisión, “lo triste no es que los insultos, navajazos e improperios se reciban con aplausos, sino que a la inteligencia y las buenas palabras se las recibe con silencio”.

O quizás fuera otra persona.

Qué más da. Una buena frase para terminar siempre queda bien.

Sobre la juventud

Mi amigo Isma me dejó el otro día la película “Beavis y Butt-Head recorren América”. Para mí ha sido toda una alegría y un magnífico reencuento con mi “yo” adolescente. Ahora, con el paso de los años (y pese a que las risas siguen siendo las mismas), uno empieza a ver las cosas de otra manera. Y es que la película no es más que la antepenésima crítica que una generación, de la historia de esto que hemos convenido en llamar “comedia humana”, escupe hacia otra más bisoña. Los jóvenes no saben nada: están perdidos. ¿Qué harán, qué van a hacer con este mundo que les dejamos? ¿Quién velará por todas las cosas buenas que tenemos y les dejaremos en herencia? ¿Es que nadie piensa en los niños?

Estos gamberretes deambulan por el teatro del mundo movidos únicamente por dos razones de ser: la televisión y meter. En su peculiar odisea, vivirán varias situaciones, a la cual más peligrosa y con casi-eróticos resultados, sazonadas con sexo, drogas y mucho rock & roll. Conocerán los amargos y sinsabores de la vida: la pérdida, el desamor y el engaño, pero también su lado positivo y sus pequeñas alegrías: los lazos familiares, el orgasmo y los subidones de peyote. Tanto es así, que serán nombrados agentes honoríficos por el presidente de los Estados Unidos (Bill Clinton, el de la becaria). Sin olvidar las importantes lecciones de cultura general, como que un géiser puede alcanzar los doscientos metros de altura y soltar más de cuarenta y cinco mil litros de agua en una sola erupción. Mola.

Nos escandalizan por igual su fealdad, sus risas de gilipollas, sus granos y sus maneras muy poco educadas y nos reímos (a veces) con sus estúpidas ocurrencias y su nihilismo sucio y bárbaro. Pero cuando verdaderamente se nos van las manos a la cabeza es al comprobar lo estúpidos y temerarios que pueden llegar a ser. Como los jóvenes de hoy. Y como los de ayer. Y como los de mañana. Ah, y con Beavis y Butt-Head también nos pasa.

Nunca vamos a meter.