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Fuera de ruta


«Fuera de ruta» es un trabajo documental inspirado por grandes autores como Robert Frank, Ansel Adams, Jack Kerouac o Juan Rulfo.
Son un total de 34 fotografías en blanco y negro en las que se presentan lugares o situaciones que tienen su origen en torno a autopistas, caminos y senderos.
El libro está disponible en dos versiones, de tapa blanda a 21,95€ o tapa dura con guardapolvo por 28,95€ más gastos de envío (en cuanto a este tema, los envíos suelen ser bastante rápidos, así que recomiendo la opción más barata posible).
Pronto pondré por aquí la serie con todas las fotografías. Mientras tanto, podéis echarle un vistazo al libro en el enlace de la ficha del libro de más arriba.

avance Fuera de ruta

A partir del próximo miércoles 29 habrá más información sobre este último proyecto.

Fue regresando a Madrid desde Andalucía en varios viajes en autocar cuando comencé a fijarme en lo que está más allá de los márgenes de la carretera. Las primeras veces solía ir escuchando música durante las seis largas horas que dura el trayecto. Más tarde comencé a leer, despacio. Aprendí a hacerlo sin marearme. Llegó un día en el que me cansé de leer o escuchar las mismas canciones. Así que decidí, mientras me mata el tiempo, comenzar a mirar por la ventana de mi asiento, tal y como lo había hecho siempre de niño. De repente, un antigua obsesión que debía haber permanecido latente en mí, cobró vida de nuevo.
Veía el camino de asfalto como esa hipnótica serpiente del desierto de la que habló Jim Morrison en sus canciones. Era larga, sinuosa, se escurría entre las montañas, o las atravesaba directamente como una flecha. La carretera es un largo pasillo (bautizada por algunos con el horrible nombre de “no-lugar”) que conecta esos dos puntos cardinales que todos llevamos dentro (de donde venimos y hacia donde vamos). Comencé a medir el tiempo en función de la distancia a la que me encontrara de estos dos puntos. Pero, inevitablemente, un día, en mitad de ese periplo, apareció una nueva inquietud.
En medio de una de las tantas áreas de descanso que salpican toda la red de carreteras del estado español, el largo pasillo dejó de serlo para convertirse en la gran avenida de la que emanan cientos de miles de caminos secundarios que recorren todos los interiores del país, con nuevos puntos y destinos hasta los que poder llegar.
Ahora, observaba con otros ojos esas casas situadas lejos de la autopista, a los pies de las montañas y los pequeños núcleos de edificaciones que parecen decorar las interminables tierras de cultivo, en los campos. ¿Cómo se llega allí? Mi fascinación por todas estas vías secundarias (en ocasiones incluso terciarias) fue creciendo. Y de esta fascinación derivarían otras inevitables preguntas, ¿quién vive allí?, ¿cómo se vive allí?. Me imaginaba la vida, situado en una especie de atalaya donde lo único que cambia del paisaje día a día son las nubes del cielo (pero, ¿acaso no sucede lo mismo en la ciudad?).
Había surgido la fascinación por todo cuanto rodea la carretera y su continuo trasiego de gente: trabajadores, turistas o simplemente viajeros. Todos interactuan en un escenario que puede parecer obsoleto, inacabado o incluso abandonado (muchas veces es así). Pero, en verdad, son simplemente víctimas de nuestro viajar. Al pasar nuestras miradas una única vez por encima de estos lugares (y, normalmente, durante escasos segundos) no podemos ver todo lo que realmente sucede a su alrededor.
Con aires renovados y «whitmanianos», la cámara fotográfica en una mano y un ejemplar de «Hojas de hierba» en la otra, quise salir ahí fuera, a recorrer algunos de estos caminos. Ir más allá de las vallas y alambradas que no detuvieron a Fay Godwin en su día. Adentrarme hasta donde la calavera con dos tibias cruzadas marcan el final del camino. Y fotografiarlo.
Gente como Robert Frank y Kerouac (entre otros muchos) me irían marcando el camino.
 

uno de esos pequeños secretos

te preparas una bebida o algo que ayude a relajarte y conectarte con «eso»,
después le das al botón de «play»,
después empiezas a oír como la guitarra acústica marca el camino de entrada,
después escuchas ese fraseo de guitarra eléctrica lamentándose

y después
comienzas a escribir, durante una hora, sobre fotografía documental,

no falla, hazme caso.

TuCasaEsComala #8 – Luces apagadas (aquellos que se vistieron de)

esta vez con un pelín de retraso (provocado seguramente por el caos de estas fechas que hacen que el señor cartero tenga que echar horas extras con los reyes magos), pero fiel a sus seguidores, ya ha aparecido publicado el número 8 de la revista literaria TuCasaEsComala.

transcribo aqui, como siempre, mi pequeñahumildeimprovisadainvernal colaboración:

Luces apagadas (aquellos que se vistieron de)

El viento ya peina la
–otras veces atestada, hoy vacía–
plaza del pueblo.
Las clases comenzaron
y ha oscurecido.
Con ese tono entre amarillo,
        marrón,
        y negro,
que desprende
siempre,
setiembre.
Hace un mes que los gitanos
pasaron por aquí, a cantarnos
a visitarnos
algunos se quedaron pero, otros,
(todos los demás)
marcharon
vestidos de cuero y diamante
cuando el frío y el viento
se llegaron con su peine de granito
y envejecieron las alamedas
que están en el paseo, arriba en el llano.
Hoy el alma se constipa.
        Duele
ver cómo se encienden luces
donde, antaño, eran las luces
las que nos vestían.

Una fuerte lluvia, por Carlos Boyero

publicado originalmente en El País, en esta misma fecha
http://www.elpais.com/articulo/Pantallas/fuerte/lluvia/elpepirtv/20111120elpepirtv_4/Tes

A falta lamentablemente de ilusiones democráticas ni conciencia cívica, sin la paz que puede donar el creer en alguien de los que hoy compiten, sin poder enviar una rosa a ninguna Rosa, me consuelo con la voz de Leonard Cohen recordándome: «Me sentenciaron a 20 años de aburrimiento por intentar cambiar el sistema desde dentro. Ahora vengo a recompensarlos. Primero tomaremos Manhattan. Después Berlín». No conquistaré nada, ni tuve la inútil osadía de querer cambiar algo indestructible de lo que formo parte, pero el que no se consuela es porque no quiere. Pero siempre he creído y ahora más en la venenosa certidumbre de Dylan, cuando todavía no existían los zarrapastrosos indignados del 15-M: «Porque algo está pasando aquí, aunque no sabes qué es. ¿No es así, Mister Jones?».
En la noche del viernes paso por el restaurante de un amigo de toda la vida, alguien cuya generosidad y sabiduría no solo me alegró el cuerpo con sus viandas y sus vinos, sino también el alma, para regalarle el cofre de The wire. Está lleno. Dos bellezas eslavas y hombres que te recuerdan a la corte de Abramovich. El Vega Sicilia único les está esperando. Salgo a la calle y noto la cercanía de la soledad, ese temible asaltante nocturno. También tengo hambre. Me acerco a los restaurantes y bares de mi barrio que suelo frecuentar. Veo que todos están llenos. A la cama sin cenar. ¿Dónde está la crisis, quién la está pagando? Ellos, los de siempre, no. Yo tampoco.
Veo los carteles publicitarios en las marquesinas. Los vampiros pijos de Crepúsculo, nada que ver con el conde, ahora protagonizan Amanecer, ese eterno acto de afirmación. Me cuenta que ahora incluso follan, ya que se han casado. Rajoy también vende el amanecer. Hoy lloverá. Siempre Dylan: «Es fuerte, es fuerte, es muy fuerte la lluvia que va a caer».