Solo se aburre la gente aburrida

Una persona viajará en un vagón de tren. Decidirá matar el tiempo haciendo llamadas con su teléfono móvil a toda su lista de contactos frecuentes. El viaje en tren le resultará agotadoramente aburrido. Todos los viajes se lo han parecido. Prefiere llegar a su destino y visitar los sitios que ha visto en sus redes sociales y hacerse fotos en ellos y en otros menos conocidos, para que la gente vea que es diferente al resto.

Hablará en voz alta durante las llamadas y hará los mismos comentarios en todas ellas. Aquí en el tren. Casi no llego por culpa del gilipollas del taxista. A ver si no se retrasa mucho. Dejará de hablar durante quince minutos para comerse un sándwich de atún y dos mandarinas. Las migas caerán en sus pantalones, donde se limpiará las manos al acabar. Le molestará bastante que la película que echan en el tren ya se la haya descargado el fin de semana pasado.

Prefiere viajar en avión, porque las fotos de esos viajes suelen ser más espectaculares y generar más comentarios después. Conoce un par de personas que no suelen subir las fotos a sus redes sociales. Piensa sobre todo en una persona. Piensa que, seguramente, actúen así para llamar la atención. Por hacerse interesantes.

Mientras pregunta a su interlocutor o interlocutora cómo le va en el trabajo, esperando que le diga la verdad y le cuente lo mala que es su situación, se fijará en una escena de la película que ya ha visto, y recordará lo entretenida que le pareció. Aunque no le gustó que se la recomendaran. Realmente, no entiende por qué le gusta tanto al conocido que se la recomendó. Por eso no le dijo que le pareció buena.

En un momento dado, la persona que viaja a su lado, en el asiento de la ventanilla, interrumpirá sus pensamientos pidiéndole paso para salir al pasillo. Se colocará el flequillo con ese gesto suyo característico que hace cuando quiere agradar. Su voz se modulará un par de tonos más grave y se levantará para dejar paso a la chica. Cuando ésta salga del vagón camino hacia la cafetería, guardará su teléfono móvil, se pondrá unos auriculares en sus oídos y sacará de su mochila un libro de relatos de Jorge Bucay (o de Paulo Coelho) y lo colocará encima de la mesa.

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