Archivos mensuales: octubre 2017

Son símbolos, me dijo

Un día cualquiera, al levantarme de la cama, fui a la cocina. Lamenté no haberme acordado la tarde anterior de comprar filtro y gomas para la cafetera. Eché en falta algo aparentemente sin importancia. Una taza manchada de cola cao en el fregadero. Un poco resignado y sin cafeína que poder ingerir, me senté en el sofá. No encendí la televisión. Pero en su lugar abrí el procesador de textos del ordenador y comencé a escribir algo. Describí muy vagamente mi estado de ánimo. Mi lamento por darme cuenta de que tendría que salir a la calle si quería preparar café, por ejemplo. Cómo, sorprendentemente, eché en falta algo cotidiano en la cocina.

Cuando terminé de escribir el primer párrafo mi mente procrastinadora se levantó de la silla. Se acercó a la ventana que da al patio interior. Vio la cocina del vecino de enfrente. Pudo ver un plato de frutas repleto de manzanas. También una bandera colgada del tendedero. Son símbolos, me dijo. Algo que unas personas decidieron hace algún tiempo que significara algo, me dijo mientras volvía a sentarse en la silla. Yo, como todas las veces que se ausenta, había aprovechado para hurgarme la nariz, buscar cosas que no me interesaban en absoluto por internet o comprobar si alguien en el mundo se había vuelto loco y había comenzado a ingresar dinero en cuentas bancarias al azar, siendo yo el afortunado. Me repitió lo de los símbolos que algunas personas decidieron hace algún tiempo. Y yo le respondí que vale, que me dejara terminar de escribir aquello.

Pero aquello no tenía nombre, ni forma, ni color. Sin embargo, sí que olía un poco a mierda. Y el caso es que había algo que echaba en falta, sin terminar de saber qué era. Fui al cuarto de baño a lavarme los dientes. Mientras lo hacía me miré en el espejo, aspiré profundamente hasta que se me marcaron las costillas, como hacía de pequeño. Por cosas de la edad, cada vez me iba costando más. También recogí un par de pelusas del suelo y las tiré al váter. Fui al dormitorio y coloqué la botella de agua que estaba en el suelo, al lado de la cama, en la mesita de noche. La habitación estaba casi a oscuras, aún no había subido la persiana, por miedo a enseñar cosas que no quiero enseñar a algún vecino o vecina cotilla. Tampoco entraba ningún ruido, salvo el del ventilador del ordenador y el generador de la nevera en la cocina. Me sorprendió que, pese a estar cerrada, tampoco oliera a nada. Era como si la habitación concentrara un espacio vacío de luz, olor y sonido. Volví al cuarto de baño y escupí la pasta de dientes.

Al sentarme nuevamente en el salón, descubrí horrorizado que mi mente había vuelto a hacer de las suyas. En mi ausencia se había adueñado del ordenador y había escrito un párrafo desagradable sobre olores a mierda y algo pretencioso, con alusiones a términos metafísicos que no era capaz de manejar.

Algo cansado, encendí la televisión y lo primero que vi en aquella mañana, fue la imagen de un hombre por la calle con una bandera.