París bien vale una misa

París era una fiesta. Horatio, que nunca supo muy bien qué demonios era eso de ser fotógrafo, baja de la aeronave, pone sus pies en la ciudad de la luz y comienza su extraño viaje. Un viaje hacia la ascensión, la mística y la pasión. Y, como nunca supo ser fotógrafo, escribe, como ya hicieran otros, su propia contranovela utilizando imágenes a modo de párrafos.

La ciudad recibe a Horatio y él la escudriña a través de una de sus forjas de hierro, en pleno corazón de Barbès-Rochechouart. Persiste esa especie de halo de luz del más allá que parece llamar, igual que el canto de las sirenas, a nuestro desventurado héroe. Una infernal boca de metro le engulle y comienza su descenso a los infiernos. Allí abajo se enfrentará a toda clase de espectros. Incontables criaturas de acero y hierro que se retuercen y juegan con los espejos, tratando de ocultarse del ojo del cazador. Una torre infinita y oscura con forma de aguja que, desde cualquier punto de la ciudad, acecha a los inocentes habitantes que caminan, leen periódicos, hablan por sus teléfonos móviles escuchando y esperando que estalle otra revolución o que una estrella emerja de Sacré-Coeur y pueda volar lo suficientemente lejos para no convertirse en otro paseante del barrio que arrastra su abrigo negro y su desvencijada guitarra por las calles de pintores y puestos de crepes.

En uno de los escasos santuarios el viajero encuentra su rayo de esperanza y de paz caminando entre pilares y embobado con las vidrieras. Pero, con algo más de atención observa que, el templo, también es guardado por espíritus que vagan por sus suelos de mármol, habiendo olvidado por completo su origen y su rumbo. La Dama esconde en su interior un cielo y un infierno personal. Afuera, ejércitos de gárgolas parecen prepararse para la madre de todas las batallas.

Horatio se reencuentra con su maga y juntos recorren los símbolos secretos de la ciudad. El obelisco negro que se alza contra el cielo, la gran rueda del destino que mantiene atrapadas las almas incautas, y la pirámide de cristal que adopta distintos formas y tamaños según convenga.

Uno, que pese a no saber qué era aquello de ser un fotógrafo, sí sabía muy bien cuáles eran sus héroes de la infancia, echa de menos a los habitantes de la ciudad en todas estas imágenes. Echa de menos haber retratado a aquellos que habitan, respiran y viven en la ciudad de la luz. La figura del pintor de Montmartre que chapurrea el español y día tras día decide dedicarse al viejo y noble arte de retratar la realidad, a cincuenta euros la pieza. La del viejo rockero que vacila a los turistas y toca su guitarra marcando el ritmo del blues con unas largas y blancas barbas y sus zapatos viejos. Quizá por ello (pese a ello), estas fotografías son habitadas por fantasmas y otros espíritus. Uno puede tener claro hacia donde apunta, pero a veces cada semilla vuela y cae en un punto distinto de la tierra.

Horatio y la maga logran ascender y consiguen pasajes para un tren y vuelan lejos.

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