Archivos mensuales: Abril 2017

Algunos miedos

En estas horas
en las que el mundo
y sus problemas
parecen darnos un respiro
y echarse a dormir un rato

ahora que descansas en la cama
y no puedes escucharme
déjame hablarte
acerca de mis otros miedos

donde antes escapaba
por ciudades vacías
de silenciosos fantasmas impasibles
y despertaba en un espasmo
al ver como gentes sin rostro
hacían daño a mis conocidos,
ahora que estás dormida
déjame contarte que los miedos
han sido trocados por otros
más concretos y crueles

mis miedos son ahora los tuyos
son verte dolida o apenada
no poder ayudarte cuando me lo pidas
o poderte acompañar cuando no quieras estar sola
son enfrentarme a las absurdeces
del día a día en el campo de batalla
son saberte enfurecida, enferma, enfadada
cansada
o aburrida

estos son ahora
cuando la noche ha caído
en el campamento
y por fin puedes disfrutar
en la paz que sólo
se verá interrumpida
por el maldito reloj
los ladrones que me roban
mis minutos de paz
mi aire
mi respiro

París bien vale una misa

París era una fiesta. Horatio, que nunca supo muy bien qué demonios era eso de ser fotógrafo, baja de la aeronave, pone sus pies en la ciudad de la luz y comienza su extraño viaje. Un viaje hacia la ascensión, la mística y la pasión. Y, como nunca supo ser fotógrafo, escribe, como ya hicieran otros, su propia contranovela utilizando imágenes a modo de párrafos.

La ciudad recibe a Horatio y él la escudriña a través de una de sus forjas de hierro, en pleno corazón de Barbès-Rochechouart. Persiste esa especie de halo de luz del más allá que parece llamar, igual que el canto de las sirenas, a nuestro desventurado héroe. Una infernal boca de metro le engulle y comienza su descenso a los infiernos. Allí abajo se enfrentará a toda clase de espectros. Incontables criaturas de acero y hierro que se retuercen y juegan con los espejos, tratando de ocultarse del ojo del cazador. Una torre infinita y oscura con forma de aguja que, desde cualquier punto de la ciudad, acecha a los inocentes habitantes que caminan, leen periódicos, hablan por sus teléfonos móviles escuchando y esperando que estalle otra revolución o que una estrella emerja de Sacré-Coeur y pueda volar lo suficientemente lejos para no convertirse en otro paseante del barrio que arrastra su abrigo negro y su desvencijada guitarra por las calles de pintores y puestos de crepes.

En uno de los escasos santuarios el viajero encuentra su rayo de esperanza y de paz caminando entre pilares y embobado con las vidrieras. Pero, con algo más de atención observa que, el templo, también es guardado por espíritus que vagan por sus suelos de mármol, habiendo olvidado por completo su origen y su rumbo. La Dama esconde en su interior un cielo y un infierno personal. Afuera, ejércitos de gárgolas parecen prepararse para la madre de todas las batallas.

Horatio se reencuentra con su maga y juntos recorren los símbolos secretos de la ciudad. El obelisco negro que se alza contra el cielo, la gran rueda del destino que mantiene atrapadas las almas incautas, y la pirámide de cristal que adopta distintos formas y tamaños según convenga.

Uno, que pese a no saber qué era aquello de ser un fotógrafo, sí sabía muy bien cuáles eran sus héroes de la infancia, echa de menos a los habitantes de la ciudad en todas estas imágenes. Echa de menos haber retratado a aquellos que habitan, respiran y viven en la ciudad de la luz. La figura del pintor de Montmartre que chapurrea el español y día tras día decide dedicarse al viejo y noble arte de retratar la realidad, a cincuenta euros la pieza. La del viejo rockero que vacila a los turistas y toca su guitarra marcando el ritmo del blues con unas largas y blancas barbas y sus zapatos viejos. Quizá por ello (pese a ello), estas fotografías son habitadas por fantasmas y otros espíritus. Uno puede tener claro hacia donde apunta, pero a veces cada semilla vuela y cae en un punto distinto de la tierra.

Horatio y la maga logran ascender y consiguen pasajes para un tren y vuelan lejos.

La tortuosa senda me lo enseñó

Cuando todo parece estar en calma
es bueno dar un volantazo
o cambiarse a la acera de enfrente

Pocas lecciones aprendidas
durante estos pocos años,
muchas las voces
pero apenas algunas palabras
apenas consejos sabios.
Solamente tropiezos con piedras
que me han advertido
de los caminos que atraviesan
bosques compactos y oscuros
a evitar

La lluvia mojando las calles
desafiándome a encontrar
la belleza invisible
oculta en los momentos
más insospechados
de la vida.
Viejos camaradas
sí me enseñaron
a gritar fuerte
entre vino y vino
cuando la causa es ilustre
y la razón está de nuestro lado,
y a hacerlo más fuerte todavía
cuando así no fuera

Y saltar por los precipicios
volando
de aquellos que buscan la
guerra en tiempos de paz
y dicen tener siempre
a su lado, y ponen
si hace falta, como un escudo
por delante
la verdad
(sobre todo de estos)

Que la verdad no es
de nadie
se aprende rápido,
abriendo los periódicos
cada día
o viendo a la gente
beberse el café.
Tal y como cantó
el poeta, somos
únicamente libertad
y palabras

Y las más altas y desinteresadas
intenciones ocultan
los deseos más perversos
el anhelo de control y de poder
se enmascaran y se visten
con todo tipo de ropajes
y de sonidos, el dulce arrullo de la mandolina
o el grave lamento del saxofón

El polvo y el barro y los vientos
del camino
conspiran que, por siglos y siglos, castillos
más grandes que este han caído,
que dará igual ocho que ochenta,
que a la tierra retornamos
que con lo mismito que hemos venido

Que la nada no existe
me lo ocultó la nieve
que la vida la voy llenando
regalandogastandoahorrando
y vaciando como me conviene.
Y no te asustes si los viejos
critican tus zapatos y camisas,
el río confesó que tratan
de evitar las fórmulas
y formas prohibidas

¿Adónde me llevarán estos pies?
Nunca se acaba de tener claro
pero queriendo no ocultar mis deseos
por más que intento
vence siempre la guerra sucia
mi valiente cobardía.
Con ella y con el rayo
me defiendo de quienes son
iguales pero proyectan su sombra
más lejos, más arriba
más
parecer ser más grandes
más montaña
más
y nada más que nada
y nada más
que aire

Cuando parece estar todo en calma
bueno es dar un volantazo

Libertad y palabras
antídoto diario
para creernos más libres
y llevarnos la razón
a un rincón oscuro
y hacer manitas con ella.
Igual que las inocentes inyecciones
de placer
igual que ver las viejas fotografías
(del mes pasado)
o mirarnos al espejo seriamente
frunciendo el ceño
y henchirnos de orgullo
y creernos haber cambiado
mucho más de lo que en verdad
creemos