Archivos mensuales: febrero 2017

Nuevas Visiones

Bueno, digámoslo así.

Quisiera recuperar una buena-vieja tradición de esta casa. Os presento, con más satisfacción que orgullo, una serie de nuevas (y viejas) fotografías, que muy pronto se unirán a otras tantas (nuevas y viejas), que espero que os gusten.

Como la tapilla que se sirve con la caña y el vino.
Como el refugio después del camino duro.
Como echar un ojo a través de la cerradura.
Como nuevas visiones para los nuevos mundos.

Estos días (Nuevas Visiones)

Mis días, mi vida, son una línea recta mal dibujada de derecha a izquierda en una página en blanco.

Suelo tener ideas, algo así como pequeñas iluminaciones, en las primeras horas del día, en el duermevela. Si tengo frío, el vino de la noche anterior me cubre un poco más con la sábana. Pero si quiero que estas ocurrencias no mueran antes de nacer y sobrevivan a mis amaneceres, he de ser yo el que tome nota en éste o alguno de los cuadernillos de la casa. El problema, muchas veces, es encontrar un bolígrafo con el que poder escribir. Lo vacío y lo lleno, lo blanco y lo negro.

Cuando conduzco por las calles, la ciento veinticinco también avanza como una línea recta por una página en blanco. Sin rumbo predeterminado. Quizá por eso, intento llevar siempre unos cuantos minutos de sobra en mis bolsillos. Tiempo suficiente para divagar y serpentear por mis calles de ayer. Tal y como he hecho estos últimos años. Al doblar por una esquina o atravesar una plaza, rara vez cambia el paisaje de las fachadas. Sí lo hacen los personajes y las ideas que flotan como fantasmas por los rincones, de un lado a otro.

La lluvia golpea las aceras y la niebla va engullendo los edificios. Nosotros, pretendemos caminar por la calle como eslabones perdidos de la evolución, anónimos y desconocidos. Escondiéndonos en las noches y en los bares. Ocultos en las calles. Algunos quisieran que las aguas pasaran y desapareciera la oscuridad. Volver a abrazar el sol. Sin embargo, somos abrazados sin piedad por las tinieblas.

En mis días lejanos de pasear por el césped de la Facultad de la Verdad, entre cigarros y minis de cerveza y calimocho, me contaron que las realidades más horribles pueden llegar a ser las más bellas, y que las bellas no necesariamente tienen por qué serlas. Pienso en D. Nebreda. Aquel viejo grimorio con conocimientos arcanos de la vieja biblioteca de la facultad. Los sabios no querían que lo supiéramos. Querían ocultarnos la verdad. La verdad oculta en libros ocultos. Si mi memoria no me falla, y los cigarros y los minis no causaron demasiados estragos, creo que el libro estaba situado al fondo. En uno de los estantes situados a la derecha, bajo la protección de la categoría “AAPP”. Artistas plásticos. Nebreda, lo horrendo y lo sublime, la vida o la muerte, lo bello y la mierda resbalando por la cara.

Pienso en los pequeños polluelos. Criados bajo el ala protectora de Mamá Ganso, bajo el estigma de no ser el heredero. Los primeros años son los de la sobreprotección. Todo el mundo conoce a Mamá Ganso. Y cómo se las gasta con sus pequeños polluelos. Pero terminan aprendiendo a volar solos, acompañados solamente de su sombra y de los amigos que harán a lo largo del viaje. Cuando el polluelo cambia la voz, se vuelve feo y viejo como el resto. Cariñosamente es despreciado por su ascendencia. Entonces aprenden a sobrevivir. Y aprenden mejor que los hermanos mayores. Comportamiento e imitación. Metodología del aprendizaje, piensan algunos. Evolución y experiencia. Esos hermanos mayores que sí fueron criados entre algodones. Que estaban predestinados por suerte divina a alcanzar el Olimpo y la gloria. A rozar con las puntas de los dedos el rostro de dios. Pero lo único que lograron fue acariciar la cara más amarga de la locura. Lo blanco y lo negro, lo nuevo y lo viejo.

Tú dirías que ha sido otra noche. La vuelta de Odiseo a Ítaca. Te encontraste de repente en un cruce de caminos. ¿Y ahora qué?, ¿acaso vamos ahora a pedirle cuentas al rey?, ¿o llamarás a Robert Johnson para que acuda en tu ayuda?

Que la vida va en serio, uno lo empieza a saber cuando uno de sus amigos cumple treinta y dos años. Ahora ya es demasiado tarde y las luces del escenario languidecen. Mañana será otro día, dicen los viejos del lugar. ¿Y mientras tanto?, ¿leer?, ¿vivir?, ¿trabajar?, ¿letras o ciencias?

Lo viejo, y lo de todos los días.

Hablo desde la experiencia que me ha concedido el fracaso. Ese fracaso que me recuerda que según va pasando el tiempo, dejan de interesarte ciertas cosas que en su momento (y lugar) te habrían fascinado. Algunas heridas se cierran y no vuelven a sangrar. De otras, en cambio, sigue brotando. Aunque la carne viva cicatrizara. Eso lo dijo alguien. También dijo alguien (pero otro alguien): hay gente que no puede comprender que uno se calle cuando se ignora la verdad. Podría decirse de muchas maneras. Existen personas que le otorgan dignidad a la experiencia del fracaso. Reconocer los errores y las carencias de uno. Personas a las que no les vale ganar a cualquier precio, haciéndose trampas al solitario. Que saben de la imposibilidad física y matemática de poder aprehenderse todo el conocimiento existente. No pretenden saber absolutamente todo. Tampoco desean aparentar saberlo todo, por mucho que estos sean tiempos de apariencia e imagen. Escribo desde la más absoluta e inocente de las ignorancias, esa que no te engaña. Que no te hace ver cosas, donde los demás solo ven el aire y la nada invisible. Escribo tus ojos verdes sin haber visto jamás tus ojos verdes. Pero alguna vez vi algunos parecidos. Me agarro de tu cintura, cojo tus pechos y los beso. Aun no conociendo su sabor. Ignorancia sana y bendita, si es que la hubiera. Escribo camino por un campo. He caminado por más de uno. Fuera de aquí, en mi otra vida. La de verdad. Pero no he caminado por este por el que, en estos momentos, transito. Los recuerdos y el fracaso (experiencias) me chivan estrofas y me hacen escuchar cantos de cítaras. Me regalan musas para que lo construya todo: caminos, campo, besos y pechos. Todo a mi antojo. Y hacer solamente aquello que me plazca. Me relaja ponerme el capuchón del bolígrafo en la boca cada vez que acabo una frase. Me produce una sensación de placer mordisquearlo pensando en la siguiente. Imaginando ser un personaje de ficción corriendo por alguno de esos multiversos, o planos olvidados. O por una telenovela para mentes adolescentes. O, peor aún, una mala novela. Una con monstruos del terror clásico que dejaron de dar miedo hace ya demasiados libros. Así, el sueño poco a poco se va apoderando de esta mano. Mordisquear el capuchón del bolígrafo es más potente que el mejor de los sedantes jamás creado. Y la siguiente frase tarda cada vez más en nacerse. Hoy (mañana) volverán a sonreírme la Luna y su Estrella. La errante, eterna compañera de viaje. Recordaré a todos aquellos que se fueron y se alejaron de mi órbita, aunque sigan por alguna parte. No son pocos. Hablo desde la experiencia que me concede el fracaso. Miraré a la Luna y su Estrella, y trataré de sonreír. La fortuna y el fracaso. Keep on rockin!

Semillas del mal

¿Cuándo fue que decidiste
apearte de este tren
que a todos nos dirige
hacia el mismo lugar?

¿Por qué elegir
el atajo?
¿elegir
perderse
las increíbles vistas
las canciones, los bailes
la mirada furtiva y callejera
contra el perfecto desconocido
los paseos de invierno
o el miedo de las noches
y el olor del café recién hecho
que pinta las paredes
de eso que decimos
el hogar?

Si todo acabará igual
para todos
¿qué sentido tienen
las malas intenciones?
¿las malas acciones?
¿las malas palabras?

Pero,
(y él se pregunta)

¿Y qué sentido tienen
las buenas?