Archivos mensuales: Julio 2016

Es el azar, idiota

Muchas veces olvidas cómo comenzó todo este tinglado. Un mar repleto de probabilidades, y fuiste a dar con esta pequeña piedrecita enana. Es el único hecho real al que, tal vez, debiéramos prestar atención. Podemos llamarlo servidumbre, como hacen algunos, si te parece más apropiado. El peligro de hacerlo, es que puedes crear un arma poderosa. Poderosa y peligrosa. Podemos llamarlo creencia, o podemos llamarlo ciencia. Si te lees el libro al revés, verás como tú también caes en la confusión. Lo que nos haría falta tener bien claro es que, igual que hemos llegado hasta esta isla en mitad del océano, algún día nos iremos.

Así fue como me lo explicó el vagabundo. Era de noche, yo paseaba por el muelle, las luces de los barcos pesqueros perfilaban la línea invisible del horizonte. En mi corazón no había nada, solo tinieblas y, tal vez, miedo e incertidumbre, y él me lo colmó de palabras y esperanzas. Dijo que, reducir toda esta aparente complejidad cósmica, es fácil. Que el miedo es un conjunto de mecanismos biológicos, difícilmente entendible por mis limitados conocimientos. Que todo es una mezcolanza de ecuaciones, líneas imaginarias, ideas y azares. Que no debía preocuparme de nada, porque nada está realmente bajo mi control, salvo alguna cosa.

Bastantes años después, recordé algunos momentos de esa conversación. Y lo que en su día me sumió, aún más, en las tinieblas y la ignorancia, ahora parecía arrojar algo de luz a las nubes de oscuridad de mi mente. Tal vez yo ya no era aquella persona que recibió aquellas palabras, tal vez las palabras habían viajado muchos millones de kilómetros. Tal vez flotaran, con el polvo cósmico de las estrellas, o de nosotros mismos (C. Sagan dixit) a través del tejido interestelar. O de algo llamado campo gravitatorio. Tal vez habían flotado invisiblemente, pasando a través del cuerpo de mi pareja, que descansaba plácidamente en el dormitorio, hasta mí. Tal vez ella las recordaría en los años venideros. Tal vez seguirían flotando durante muchos más años, quizás siglos o milenios, atravesando millones de estrellas y de otros cuerpos. Tal vez, si algún día regresaba a esta pequeña isla, volvería a escucharlas, y puede que tuviera la suerte de volver a comprenderlas. Invisibles, entrarían por mi oído derecho y me enseñarían esa pequeña parte de mi mente tan ajena y desconocida por mí.

Mientras tanto, por aquí estaré. Yo, no me quiero ir.