Politikós

Un par de ideas posiblemente equiparables, la falta de gusto musical (y en general, artístico) de los futbolistas de hoy en día y la falta de gusto artístico en los anuncios de coches de hoy en día. Un coche blanco, lujoso, con los faros encendidos conduciendo por una carretera circunvalatoria de alguna ciudad, de noche. El vehículo se detiene. La puerta se abre y aparecen unas piernas de mujer. De fondo sonará algo que, de ninguna de las maneras, pueda parecerse a una música o canción (mención aparte cuando se utilizan canciones conocidas y comerciales). Otro anuncio. Un coche blanco, deportivo pero con aspecto robusto, grande, bien equipado. Circula por un túnel escasamente iluminado. Da igual, ahí están los faros de xenón con su luz también blanquecina. Interior del vehículo y rápido vistazo al cuadro de mandos. Pantallas que cada vez más recuerdan al escritorio de cualquier ordenador de sobremesa. Para llevarte la diversión contigo, y algo de tu trabajo también. No sabría decir exactamente por qué, pero es conveniente que aparezcan unos ojos de mujer reflejados en algún sitio, un espejo retrovisor o algo. Y si se pudiera hacer que la mirada sexy femme fatale oliera a algo parecido a channel o algún otro perfume igual de aburrido, mejor.

Lo peor es que este tipo de moda, ese afán de la excelencia, el superlujo, el diseño sobrio y elegante que olvida y destierra para siempre los orígenes humildes, pobres y (claro, por qué no) macarras de unos y otros se va extendiendo como una mancha de meada en un suelo de mármol. Se aprecia en cómo ha cambiado la televisión, los presentadores, los programas, los platós e incluso las respuestas que da la gente por la calle en algunos programas. Todos conocen su papel. Quieren aparentar ser sofisticados, inteligentes, relevantes. Todos creeremos tener algo que decir, aunque seguramente todos acabemos diciendo más o menos lo mismo. O la política y el fútbol. Dos de las peores ideas que se le pudieron ocurrir a la humanidad, se unen y comparten los peores aspectos de sí mismos en busca del cruce definitivo del mal gusto. La mentira, el engaño, el esconderse tras una bandera o algún color para poder dar rienda suelta a nuestros miedos, odios y pasiones interiores. Aparentar. Yo soy de X. Yo he votado a Y. Qué hijoputa es Z. El fútbol (qué sé yo), podría ser disfrutar con un buen juego, una disposición táctica inteligente y quedarse con la boca abierta ante una genialidad. Lo malo es que los hooligans de la política sí afectan a nuestro día a día. Qué se podría decir de la política. Algo bueno habrá, pero lo ignoro. Siempre es más placentero cerrar los ojos y caminar sobre el alambre, o creer que se vuela por encima de nuestros rincones favoritos, viéndolo todo a vista de pájaro. O tirarse de cabeza al mar y esperar a ver quién te atrapa primero, si el capitán Ahab o la ballena gordota. Mucho menos doloroso y sano para la salud mental que, por ejemplo, tener que defender actitudes indefendibles, o a desgraciados cabezas locas que ensombrecen y mancillan día sí, día también, aquellas siglas y colores por los que crees que deberías morir. No sé, piénsalo.

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