Puertas Abiertas

Día del principio
del fin
del principio

Otra vez había vuelto a ocurrir. No escribió nada en su cuaderno vaquero durante las últimas dos o tres semanas. Y le preocupaba estar perdiéndose algo importante ahí fuera, en la incipiente primavera.

Había parecido estar preocupado por algo más esas últimas semanas. Le habían hecho notar que si le costaba respirar por las noches sería por estar preocupado por algo. Y él se decía a sí mismo que en verdad no sería nada más que la puta alergia. Se sentía mal preocupando a la gente de su entorno. Además, no es que “estuviera mal” (eso eran para él palabras prohibidas en todo su reino), sino más bien una variante algo más intensa de su inmanente estado “no estoy del todo bien, pero tampoco estoy mal”.

Había soñado la noche pasada con conducir una motocicleta. Una pequeña moto tipo “cafe racer” de cientoveinticinco. A lo mejor fue por lo del libro de Alix que había visto la tarde anterior. Últimamente soñaba más a menudo con conducir una moto. Los sueños en los que alguien era estrangulado hasta morir o asfixiado, a veces era él mismo el estrangulado, otras el estrangulador y otras veces simplemente lo observaba como un narrador omnisciente, seguían sucediendo cada dos o tres semanas, como siempre.

Lo que más le preocupaba, por encima de todas esas nubes que se le escapaban flotando hacia el cielo azul, hacia la incipiente primavera, era la idea de estar cayendo en la tela de araña de la escritura “por pose y de impostura”. Cuando hojeaba alguna revista o libro y veía una fotografía de uno de esos escritores de primera división, experimentaba dos sensaciones: la arrogancia y rebeldía típicas del joven que latía en su interior, revolviéndose contra la autoridad, y, a medida que iban cayéndole las primaveras incipiosas, una envidia nada sana al observar a través de sus miradas una quietud y serenidad y, sobre todo, una férrea disciplina aprendida a lo largo del camino y que no trataba de ocultar un malestar, una tristeza o melancolía.

Y si ellos podían, “¿por qué yo no?”, preguntó el hombre de las cavernas al observar la tierra y la sangre mezcladas y enfrentadas a la pared de roca de una manera firme y equilibrada y con cierta belleza retorcida.

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