Los que manejan las máquinas

de nuevo, como si fuera por primera vez, ahogada en la oscuridad abismal que inundaba aquella estancia, una luz comenzó a existir. Débil y tímida al principio, empezó a dibujar contra el lienzo ensombrecido de una pared de piedra la silueta de una figura atlética. Ya con decisión, la luz terminó de perfilar definitivamente esa sombra. Era un guerrero. Un valiente miembro de la Orden De Los Caballeros De Paz De Karxila, venido de algún lejano continente más allá de las fronteras de Ivalendia.

O tal vez, puede que la figura perteneciera a una poderosa hechicera aestelieana, la raza que ha dotado al mundo de los más increíbles y fantásticos magos que hayan pisado jamás la faz de cualquiera de los Planos.

Tal vez, la luz que se abrió paso en medio de aquella oscuridad no fuera la de una simple antorcha, si no la del conjuro ignitium, conjurado por la mente de la hechicera.

Tal vez, incluso, pudiera haber sido originada por la extraña fuerza que los eruditos de la Torre De Sangre habían venido nombrando con el misterioso nombre de gaeimenestaërsum. La Luz Proveniente De Los Otros Planos Desconocidos, treinta años habían pasado desde el primer avistamiento de este extraño fenómeno.

No obstante, fuese cual fuese la causa, el efecto o, tal vez, las improbables consecuencias de la irrupción de aquella luz, la figura fue perfectamente consciente de hallarse caminando por lo que parecía ser una (otra) oscura mazmorra. Avanzaba con paso sereno por el corredor, respirando de manera mecánica y como si siguiera el ritmo de una melodía casi inaudible para sus oídos. No dejaba que el repulsivo aire viciado, o los inquietantes ruidos que provenían de la oscuridad, afectaran de ninguna manera a sus sentidos, menos aún a su valentía.

Motivado por una fuerza desconocida por él, desenvainó con decisión su espada de hierro y la observó unos instantes, apreciando cada detalle y cada una de las partes que la conformaban. Era una espada corriente, adquirida en la tienda de suministros de Harkum El Avaro, hacía apenas un mes. El vendedor, seguramente en un intento desesperado por engatusarle la mercancía, le había dicho al guerrero que aquella espada bien podría no ser de este mundo. Daba la sensación de haber sido forjada por unas manos que no pertenecían a ninguna criatura conocida (mortal o de origen divino) de cualquiera de los Planos. A simple vista, no parecía haber motivos para ello, había pensado el guerrero.

En cualquier caso, estaba bastante satisfecho con ella. Le había ayudado a escapar con éxito, hacía unas semanas, de un asalto a la fortaleza de un brujo. Por ello, había decidido reforzarla recientemente. Y así fue, con la ayuda de un habilidoso duende del Bosque de Feyrenwüng, un par de piedras preciosas y, sobre todo, haciendo uso de su gran astucia e inteligencia negociadora (pero, eso era otra historia que ocupaba otra página en el libro de las historias). Ahora se notaba mucho más liviana y a la vez mucho más certera y destructiva que cuando había sido adquirida.

Esa espada de hierro, junto el amuleto que le fue entregado cuando nació y una simple brújula, eran sus únicas posesiones en ese momento.

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Su amuleto no era más que una pequeña pieza circular de madera de seis centímetros de diámetro. Cuando empezó a tener consciencia, le llamó la atención el extraño grabado a punta de fuego que había sido dibujado en él. Un círculo un poco más pequeño que el medallón, sin llegar a cerrarse por el lado derecho. En su lugar, dos radios salían del centro formando un ángulo de unos cuarenta y cinco grados ligeramente inclinado hacia fuera. Recordaba a una pieza de queso al que le faltara una porción. Desconocía si guardaba algún secreto o significado. Nunca le había importado demasiado.

En verdad, el único amuleto que le importaba ahora era el amuleto de Yendor. El símbolo que todo aventurero que se precie ansiaba ser capaz de sostener entre sus manos. Un orgullo para los de su Orden. Había seguido una larga serie de rumores, leyendas, viejos papiros, manuscritos, pistas y claves que le habían llevado hasta esa condenada mazmorra. Había sido una tarea casi titánica, pero algo le decía que ya se encontraba a pocos pasos de él.

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De repente, unos ruidos rompieron con el silencio y el hilo de sus pensamientos. Los identificó sin problema alguno. Pasos. Tan sólo dos pies. Seguramente una criatura pequeña, porque se movía con agilidad. En dirección a él. Fue capaz incluso de percibir el rechinar metálico en el aire. Posiblemente una espada corta. Debía pensar y actuar con rapidez. A escasos metros, el pasadizo parecía doblarse casi noventa grados a la izquierda. Sería el lugar perfecto para una emboscada, si era capaz de calcular el momento exacto en que su atacante aparecería del otro lado de la pared. Se apoyó contra la fría piedra y sujetó la espada con más fuerza. El pecho le latía con fuerza, pero fue capaz de concentrarse y focalizar a la criatura que se iba acercando.

Cuando sentía que ya debía estar a escasos metros, se inclinó de manera lenta y, contando hasta tres, de un salto se posicionó del otro lado de la esquina y corrió hacia delante, rebanando con un certero tajo de su espada la cabeza de un gnoll enano que, efectivamente, venía corriendo desde las profundidades del túnel. Visto y no visto.

El efecto de la adrenalina comenzó a desvanecerse. Su respiración volvía a recuperar su ritmo normal. Observó en silencio durante unos segundos el cuerpo del gnoll. Se fijó en la daga con la hoja de color negro que había dejado caer. Un escalofrío le recorrió la espalda. “Metal de sangre de dragón, mal asunto. De haberme rozado uno de los pelos de la cabeza, probablemente sería él quien estuviera ahora mirando mi espada”, pensó para sí mismo. La suerte se había puesto de su lado.

Otro ruido extraño volvió a ponerle en alerta. Echando una mirada a la dirección de donde había venido el gnoll, vio una estructura de maderas y hierro con grandes cuchillas en forma de brazos dirigiéndose hacia él. Era tan silenciosa que no había sido capaz de detectarla hasta ahora. Sin saber si todavía estaba a tiempo de salvarse, soltó la antorcha y rodó por el suelo, esquivando así una primera embestida de uno de los brazos del artilugio mecánico. Se levantó de un salto y, girando sobre sí mismo, lanzó un certero golpe sobre la parte trasera de aquella máquina. El ataque impactó de lleno sobre un juego de poleas, cuerdas y ruedas mecánicas que parecían estar dando vida a aquel golem de madera y metal, e hizo que quedara inerte como una estatua y completamente inofensivo.

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Tras comprobar que el peligro había pasado, se acercó al extraño artefacto, y lo examinó detenidamente. “Máquinas”, pensó el guerrero rozando una de las cuerdas de aquel mecanismo con la punta de su espada. Se había cruzado alguna vez con uno de estos artilugios. Generalmente, son obra de los enanos del Monte Dhörm-Kang. Suelen medir más de dos metros de alto y ser pilotados por una o dos personas. No solían ser muy efectivas, ya que los pilotos encargados de manejarlas tienen serios problemas de coordinación por su gran complejidad. “Pero, ¿máquinas manejadas por dioses?” se atrevió a decir en voz alta, sorprendido.

Oyó una especie de gemido detrás suya y se giró lentamente, temeroso de qué nueva sorpresa pudiera encontrarse ahora. Y la visión logró helarle la sangre. Un fantasma azulado y transparente del gnoll enano al que acababa de eliminar se encontraba allí, flotando delante suya. Pero el cadáver seguía en el suelo, con la cabeza cercenada. “Sí”, dijo el espíritu mirando al guerrero. Y con un rápido movimiento, le apuñaló en el vientre con la daga de metal ennegrecido por la sangre de dragón. Una herida mortal.

El guerrero corrió, como pudo, evitando pensar en las punzadas de fuego y dolor que sentía por las tripas. Sin saber cómo, fue capaz de llegar a unas escaleras que ascendían a la superficie.

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Una vez arrastrado fuera del túnel de la mazmorra y de la oscuridad, el guerrero pudo echar un vistazo a su herida y a su alrededor. Lo había conseguido, en parte. Se encontraba dentro de las fronteras amuralladas de la ciudad de Kyim-Dorm, La Ciudad De La Eterna Noche. El amuleto de Yendor no debía encontrarse lejos. “Si al menos”, se lamentaba, “la sangre que brota de esta fea herida no lo hiciera con tanta rapidez y con este oscuro color. La vida se me está yendo literalmente por ahí”. Finalmente, terminó por recostarse en el suelo, como muchas otras veces, bajo el manto de estrellas de la noche.

Por vez primera en su vida, hubiese deseado haber sido otra persona en ese momento. No porque fuera a morirse. Si no por haber fallado en la misión que se había encomendado. “Tal vez, de haber sido una ágil ladrona aestelieana hubiera podido esquivar con más tino el ataque de aquel sucio fantasma. O, teniendo habilidades de hechicero, haber podido sanar mis heridas más graves”, pensó no sin cierta sorpresa, al comprobar como estos y otros pensamientos, que jamás se le hubieran ocurrido, comenzaban a invadir su alma en esos momentos.

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Acariciando su amuleto, el guerrero comenzó a cerrar los ojos, sintiendo como su cuerpo y mente iban preparándose para abandonar este mundo. No estaba asustado. La muerte no le asustaba. A decir verdad, era como si llevara toda su vida preparándose para ello. Confiaba en que, allá donde se dirigía ahora, fuera recibido por todas las criaturas con las que compartió sus largos años de andar por los caminos, cruzar los Planos y vivir aventuras. El druida o el explorador, que buscaban siempre las respuestas a cómo el Universo se abría paso época tras época. El nigromante o el hechicero, a quienes la única respuesta que les importaba era saber por qué seguía siendo así día tras día. Y el soldado o el guerrero que, como él, no se preguntaban nada, simplemente luchaban cada minuto de sus vidas contra todas esas fuerzas.

Ahora empezaba a comprender que a la naturaleza, al Universo, a los Planos y a los Dioses, si es que realmente todos ellos estaban en algún lugar, poco les importaba lo que hicieran unos u otros.

En ocasiones caminando entre los árboles del Bosque de Feyrenwüng en busca de alguna vieja cueva o guarida secreta que explorar, una rara sensación se había adueñado de su corazón. Las piedras, los árboles o el cielo le parecían carecer de sentido alguno y se notaba así mismo fuera de lugar entre todo aquello que le rodeaba (un bardo le contó una vez que ellos llamaban a esto tristeza). Cuando aquella sensación le invadía, solía recordar una vieja canción que le había cantado su padre cuando era niño. La melodía había sido largo tiempo atrás olvidada, y no recordaba las palabras exactas de la letra, pero venía a decir algo como: más allá de estos bosques, de las montañas y de las estrellas; más allá de este Plano y de cualquiera de los otros, puede que mucho más allá de los Otros Planos Desconocidos, un diablo conjurador está retorciendo los mundos y probando la suerte de la Realidad, jugando con ellos.

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Estaba convencido de que así sería. La escasa luz se iba desvaneciendo rápidamente, y era casi incapaz de ver nada. Sí pudo ver, sin embargo, dos extrañas luces que cruzaban el cielo, justo en el momento antes de que todo se volviera oscuridad. En otro lugar, hubiesen sido identificadas como naves espaciales, pero desconocía cómo era la vida por otros Planos de la Realidad. Una de las naves perseguía a la otra. Su piloto no podía dejar escapar al invasor del espacio, aunque éste estaba a punto de hacerlo. La nave marciana acababa de saltar al hiperespacio. Había fallado y todo estaba acabado. Pero

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