Archivos mensuales: diciembre 2015

Quería que las cosas salieran mal

Me acordaba el otro día, no sé si en el funeral de un familiar de algún conocido o esperando a que me atendieran en el dentista, de la anécdota de aquel tipo que siempre que se subía en un avión, llevaba en su equipaje de mano un pequeño artefacto explosivo de andar por casa. El mcguffin de la historia era arrojar un guante a la estadística y reírse directamente en su cara, por aquello de la baja probabilidad de que se cuele un artefacto explosivo en la aeronave. Y no digamos ya dos. El aroma que se desprende de esta ¿historia? es que no es raro querer estar preparado para lo peor. “En algún momento del viaje, alguna rueda se pinchará, estate preparado”, esto me lo dijo mi padre, o el profesor de la autoescuela, no sé. Para algunas personas no se trata de una actitud o visión pesimista y bochornosa ante la vida, sino más bien de una distorsionada cuestión del deber.

Cuando se enfrentaba a cualquier situación en la que hubiera la más mínima sospecha de que alguno de los detalles o escenarios quedaba fuera de su control, situación bastante recurrente en su vida, asumía la clásica postura defensiva del armadillo y aguantaba hasta que acabara el chaparrón. Ya fuera en el trabajo, en sus relaciones de pareja, en período de elecciones o en una inocente visita al médico, por un pequeño bulto en la ingle, o a la tienda de la esquina para comprar el pan. Siempre predispuesto para lo peor, para que algo saliera mal. Es más, quería que las cosas salieran mal cuanto antes, como si fuera un ítem más de su lista de tareas programadas para el día. “Señor Ruiz venga a mi despacho, tenemos que hablar”, “pues se nos han acabado las barras, si quieres una pistola”, “es que ya no es como al principio”, algún imprevisto que te abofetea la rutina diaria y te pilla en gayumbos. Una vez pasara lo que tuviera que pasar, quedaría libre de cualquier atadura y podría disfrutar de unos cuantos días de optimismo y paz espiritual. Y es que él no se consideraba una persona religiosa, no más allá de sus obligaciones puntuales con sus nubarrones, pero sí bastante espiritual.

Pero, y si pasados los primeros instantes, ¿no se produce ningún chaparrón? Entonces la incertidumbre se presentaba ante su puerta y tocaba el timbre. Los mecanismos de su cabeza comenzaban a hacer de las suyas. No puede no haberse equivocado, algo falla. No me está doliendo como yo esperaba. No puede ser que todo vaya bien. La incertidumbre y la duda aporrean y dan patadas contra la puerta. ¿Cómo poder estar del todo seguro? Envidio muchas cosas en la vida, pero sobre todo a las personas que son capaces de ignorar esos nubarrones, aunque compadezco a los ignorantes. Supongo que habría que entrenarse para eso también. A él desde luego, le hubiera venido bien, como saltar del puente confiando en que la cuerda es lo suficientemente elástica y lo bastante corta para poder disfrutar del salto.

Hoy gracias a dios solamente fue eso: una revisión, una limpieza general, cuarenta euros menos y enjuagarse con agua y sal. Todo ha salido bien.