Shakespeare nunca lo haría

Shakespeare encerrado en su agujero, pluma en ristre y la hoja de papel encima de su escritorio. El teléfono móvil, con el whatsapp desconectado, reposa en una esquina, junto al portátil.

Le está dando vueltas a algo, aunque no termina de materializarse. Parpadea con desgana y timidez la bombilla del genio y de la sabiduría, pero no acaba de iluminar y brillar. No sabe en qué cajón, en qué armario de sus recuerdos estará la clave, pero era algo que le ha ocurrido.

Tal vez la discución con su señora. Notó quebrarse un poco su voz al discutir por ese estúpido pañuelo. Notó asomarse por sus labios la marca de la culpabilidad y del engaño. Como si algo hubiera cambiado en su interior. Aunque no estaba claro dentro de quién. Una fuerza invisible y demoledora estaba tratando de confundirle, de ocultarle algo de un valor incalculable, si sus oídos y sus ojos no le habían engañado.

Porque los oídos te podrán decir mentiras, pero a no ser que un demonio envenene o te arranque los ojos, estos te dirán lo más cercano a la verdad. Y viendo que esto, no solo era bueno, sino que además de ser la hostia, seguramente le garantizaría fama y riqueza, decidió anotarlo. Al diablo con el dichoso pañuelo.

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