Archivos mensuales: octubre 2015

Contrato basura

Escribí anoche en algún cuaderno oscuro que soy yo el que hace compañía a la locura soledad. No sé por qué me ha salido esa otra palabra. A mí es a quien acude cuando ella se siente sola. Me obliga a sentarme con ella y escuchar sus tonterías durante toda la noche. A mí sinceramente poco me importa que se sienta despechada o abandonada. Yo solamente soy llamado a su vera. Y aún a veces me pregunto por qué.

Yo tengo que apaciguar sus anhelos de compañía. Y no elegí este trabajo, pero qué le voy a hacer. He estado tanto tiempo solo, hablando conmigo mismo que, por lo visto, no hay nadie más adecuado para realizar esta tarea. Y cuando la señorita (¿o señora?) soledad se cansa, se harta y rompe los espejos de su habitación, entonces soy yo el que tiene que consolarla, lo juro.

Ya digo que yo no quise hacer méritos para este puesto, pero en fin. Reconozco que a veces ayuda, en tu día a día, ver que hay gente a tu alrededor que se encuentra en una situación parecida a ti. No hablo de ver la desgracia en ojos ajenos. Solamente quiero decir con esto que ella ha pasado por lo mismo que todos nosotros alguna vez. Y qué le hago yo. Pues ya está. No toca otra más que aguantar y escuchar. Otra noche más. A mí es a quien llama la soledad cuando quiere compañía.

Shakespeare nunca lo haría

Shakespeare encerrado en su agujero, pluma en ristre y la hoja de papel encima de su escritorio. El teléfono móvil, con el whatsapp desconectado, reposa en una esquina, junto al portátil.

Le está dando vueltas a algo, aunque no termina de materializarse. Parpadea con desgana y timidez la bombilla del genio y de la sabiduría, pero no acaba de iluminar y brillar. No sabe en qué cajón, en qué armario de sus recuerdos estará la clave, pero era algo que le ha ocurrido.

Tal vez la discución con su señora. Notó quebrarse un poco su voz al discutir por ese estúpido pañuelo. Notó asomarse por sus labios la marca de la culpabilidad y del engaño. Como si algo hubiera cambiado en su interior. Aunque no estaba claro dentro de quién. Una fuerza invisible y demoledora estaba tratando de confundirle, de ocultarle algo de un valor incalculable, si sus oídos y sus ojos no le habían engañado.

Porque los oídos te podrán decir mentiras, pero a no ser que un demonio envenene o te arranque los ojos, estos te dirán lo más cercano a la verdad. Y viendo que esto, no solo era bueno, sino que además de ser la hostia, seguramente le garantizaría fama y riqueza, decidió anotarlo. Al diablo con el dichoso pañuelo.