Archivos mensuales: septiembre 2015

Profesor

Entraste por primera vez en clase caminando ergudido, sosteniendo tu carpeta con tu antebrazo izquierdo. Camuflado, además, con tus eternos vaqueros perfectamente cilíndricos, tus cincuentaycasisesenta años, tu cabeza ya despoblada pero todavía habitada en su perímetro. Escoltado por esa sombra tuya con forma de espárrago, que no es más que una humilde y sincera copia en carbón de los anhelos ocultos de tu fisonomía. Entraste tú, manifestación atemporal desde los tiempos primeros, de los de Hesíodo y Homero, del auténtico hombre libre y liberado de las ataduras sociales, sobre todo políticas, que pone un pie en esta Tierra y acto siguiente pregunta “¿a quién hay que matar por aquí para conseguir un roncito?”. No era casualidad aquella querencia tuya a todo ente, sólido o líquido, que tuviera piel tostada y raíces caribeñas. Entraste vestido, una vez más, aunque yo no lo sabía, con tu inconfundible polo color violeta. Desgastado por largos años dedicados a la soltería postmatrimonial profesional e innumerables abusos de lejía a la hora de hacer la colada. El color de obispos y reyes, de seres extravagantes, de la opulencia y la frivolidad y del sexo situado casi en la frontera de lo que algunos, seguramente mucho más recatados que tú y mucho menos atrevidos, consideran humano.

De profesión: profesor en el instituto de la asignatura que siempre me recuerda ese poso de ignoranca que cada uno guardamos en nuestro interior (menos los que saben de todo), ahora. Antes, abogado laboralista defensor de los indefensos, santo patrón de los descorazonados trabajadores frente una nación nueva y huérfana de figuras paternales que cuidaran y velaran por ellos, faro de los obreros perdidos en las oscuras noches de travesía por despidos imposibles y eternas guerras burocráticas carentes de lógica o sentido acerca de algún dichoso papelito con el formulario B23. Seguramente, excompañero de más de un viejo camarada, caído en acto de servicio (“¡Y levanto mi copa por todos ellos y os saludo, hermanos!”).

Enemigo de los enemigos de los enemigos de la patria con mayúsculas rojas y amarillas, buscaste el exilio por las lejanas tierras de Tetuán y de Tánger. Te paseaste por las estrechas calles del Gran Zoco igual que entre los campos de olivos sosteniendo en tu mano un sombrero de paja que goteaba el sudor, fruto del implacable dios del sol del sur y fumando tus cigarritos de nosesabebienqué. Vividas incontables noches de delirios y pasiones, vetados todos al norte del Estrecho, y habiéndote asomado al borde del precipicio de las amenazas de la noche, volviste a la vida como conciudadano y expatriado antipatriota, inmunizado de por vida frente a cualquier peligro y enfermedad tóxica que se te presente. Te enfrentaste a perderlo todo y tuviste que reinventarte en la figura de profesor calavera. Y yo te imagino saliendo de clase en las tímidamente frías pero todavía cálidas primeras noches del otoño, buscando refugio primero en el bar de la esquina donde seguramente, a golpe de caña y caña, termines comentando, subrayando con rotulador en una pizarra imaginaria puesta sobre la barra y convenciendo a los demás parroquianos del barrio, de lo putas que están las cosas.

Después, deslizándote y colgándote del cuello de tu propia sombra en la oscuridad del callejón, buscando unas luces de neón parpadeantes, las barras de bar en la penumbra, el olor a cigarrillo y perfume del barato. Porque viniste a esta tierra para defender a los hombres justos de las leyes injustas que deben ser cumplidas, cierto, pero has comprendido definitivamente que las leyes no son más que palabras puestas en papel, escritas por los mismos hombres que no tienen intención de cumplirlas. Caminas ahora despreocupado, pensando en lo que fueron tus días de vino y rosas y alegrándote simplemente por el hecho de poder seguir caminando mientras respondes a la sociedad con uno de tus exabruptos: “¡los cojones van a cumplir estos las leyes! Venga… ¡otro roncito!”.

La verdad

Comienzas a leer. Las primeras palabras arrancan con fuerza, como queriendo llamar tu atención. Y lo consiguen. Caramba, piensas, este tipo parece saber realmente de lo que habla. O en vez de caramba un vaya o un coño. Lo que sea. El caso es que cuando llevas leídas y asimiladas las primeras cincuenta palabras, tus primeras impresiones se convierten en una certeza concreta. Algo tangible que podrías tocar, empaquetar o enlatar y vender por algún puñado de euros. Eres idiota, te dice. No tienes ni la más remota idea de qué está ocurriendo, yo sí. Las cosas que crees que son verdad, no son verdad. Es una gran mentira que te han colado. No es que nada sea lo que parece, es que nada es. Tu vida, tu familia, tu supuesta educación. No es nada. No sabes nada. Eres idiota, pero no es culpa tuya. No sabes nada, pero no porque tú lo hayas elegido. Es que simplemente te han ido modelando desde el primer día de tu vida para ser así. Y ahora te pones a leer y resulta que no sabes nada. Pero tranquilo. Yo sí sé, y aquí estoy para iluminarte en tu paseo por este valle de lágrimas. Porque todo esto va en serio eh.