Como se supone que debe sonar

Así es como se supone que debe sonar la tormenta cuando no hay nadie en más de veinte kilómetros a la redonda para escucharlo.
Tan sólo los golpes y pies arrastrándose del estúpido vecino del piso de arriba pueden echar a perder este momento.
Con los gritos del primer trueno, me levanto del sofá y camino hasta la cocina. Me acerco a la ventana y no me sorprende ver el patio del colegio vacío, formándose los primeros charcos de agua.

El cielo es una enorme tapa de plástico gris que cubre todas las casas del barrio, ya amenazaba hace quince minutos a los pocos valientes que paseaban por la acera lo que iba a ocurrir.

Cuando la lluvia empieza a romper más fuerte y comienzan a mojarme unas pocas gotas el pecho descubierto, cierro la ventana.
De nuevo en el salón, tumbado en el sofá, le bajo el volumen al televisor hasta dejarlo mudo y solamente escucho el murmullo de las conversaciones de los inquilinos, el creciente enfado de la tormenta y de la lluvia, el rasgueo de este bolígrafo PILOT sobre la hoja del cuadernillo y el tintineo de unas gotas cayendo en alguna parte del piso.

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