Leer es una mierda

El día amanece, suena el despertador. Hay que dejar la comodidad de las sábanas, ese nido calentito a donde normalmente solemos acudir con los deberes biológicos y fisiológicos hechos -comer/beber y pese alguna visita a medianoche al cuarto de baño, la excreción de la materia inservible del interior de nuestros cuerpos-. El sexo, bien, gracias. Nos vestimos, procuramos asearnos un poco, algo ligero de desayuno y a cumplir con nuestros otros muchos deberes de la vida. Los laborales quien pueda en estos tiempos difíciles. Y los sociales, lleva este papel firmado al punto A, preséntate con esto otro en el punto B, visita a tus amigos o parientes en C, etc.

Antes de que volvamos al punto inicial en el que comenzamos tan agradablemente nuestro día habremos hecho unas cuantas cosas por el camino. Pero seguramente nos quede todavía algo más por hacer. Vamos con el salón y dejamos para mañana el cuarto de baño. Tenemos que hacerlo, la mayoría de las veces no podremos elegir. Una ducha para dejar nuestras máquinas listas y engrasadas para el día siguiente, que se presenta más duro que éste. Con algo de suerte habremos jugado bien nuestras cartas y la balanza de la vida se pondrá de nuestro lado al acabar la jornada. Nuestras cuentas corrientes habrán engordado unos pocos céntimos y, lo más importante, nos encontraremos con algunos minutos -horas en el caso de aquellos que realmente han sabido jugar bien- en nuestros bolsillos.

Te sientas en tu rincón favorito del sofá, o en un sillón, o en una silla o directamente en el suelo. Casualmente en la tele van a pasar una película realmente buena. Da igual que la hayamos visto por undécima vez y nos conozcamos de memoria los diálogos. Da igual, es buena. O, por el contrario, resulta que precisamente esta noche es la final de nuestro concurso favorito, y no podemos perdernos la actuación estelar de nuestro ciudadano anónimo predilecto así como las caras de decepción de los perdedores -perdón, finalistas- y sus familiares. O puede que nos apetezca más navegar y perdernos un poco por la red mientras escuchamos algo de música a nuestra elección.

Todo está muy bien. Nos sentimos realizados, completos, exhaustos, cansados. Los problemas del mundo se irán solucionando lentamente y el mundo a su vez girará alrededor del Sol por los siglos de los siglos hasta que se apague. Y sin embargo, una pequeña disonancia es percibida en toda esta sinfonía de perfección. Solemos escucharla por la noche, en esos minutos previos a caer rendidos de sueño. Algo falla. Parece como si nos faltara algo. Si has leído el título de este artículo y además has sido capaz de leer hasta aquí ya sabes de dónde proviene esa especie de llamada o toque de atención que atormenta tu cabeza y no te deja estar tranquilo. En efecto. En la estantería del salón o del despacho o en la mesita que tienes en tu lado de la cama están todos estos objetos aparentemente inanimados y carentes de vida -que se llaman libros- emitiendo sus ondas radiactivas y taladrándote en el cerebro el mismo mensaje de todos los días: “Léenos. Nos compraste, nos pediste prestados o de regalo en tu último cumpleaños y no nos has vuelto a tocar desde que nos dejaste aquí colocados al lado de esta foto o de este despertador, ¿por qué demonios no nos abres de una maldita vez y nos lees?”.

Y la respuesta de cada uno de nosotros podría ser de lo más variopinta, pero seguramente en algún momento de nuestras vidas habremos pensado lo mismo o algo parecido: porque leer es una mierda.

¿Qué coño leer?

El libro es una de las mayores dificultades para la mayoría de nosotros, exceptuando a esa inmensa minoría que devora los libros -que existir existe; mi madre fue la primera persona que conocí con esta rara e innata cualidad-. No encontramos el momento de ponernos a leer. O nos encargamos de cargar nuestro tiempo haciendo otras cosas para no tenerlo. O nos autoengañamos haciéndonos creer que leer las primeras páginas o capítulos y no descubrir en nosotros ese impulso para seguir o un cambio en el espíritu que nos habían prometido es sinónimo de que ese libro no es para nosotros o no es de nuestro gusto o simplemente no vamos a ser capaces de terminar de leerlo porque no entendemos más de dos o tres palabras de lo que el autor nos quiere decir.

Creo que sería aventurado decir que no haya habido una sola persona que alguna vez dejara de lado un libro y dejara por esto de ser un gran lector. Obviamente no todos los libros son iguales, de la misma manera que no todos los programas de televisión o las películas o las canciones lo son. Pero a todo en esta vida se llega uno a acostumbrar. Es posible que leamos un párrafo con el piloto automático encendido y de repente nos demos cuenta de que hemos estado repasando mentalmente la lista de la compra de mañana. No pasa nada, no hay ningún problema, esto no es un cine. Podemos volver arriba y releer el párrafo de nuevo. Normalmente puede ser incluso beneficioso para la comprensión de la obra en su totalidad. No obstante, leer no es solo cuestión de vista. Tenemos que tener buen olfato y ser lo suficientemente sinceros con nosotros mismos -esto no va de engañar a nadie ni de vendernos la moto- para saber diferenciar en aquellas primeras páginas si un libro va a ir con nosotros o somos nosotros los que vamos a ir en contra del libro.

¿Cómo cojones leer?

Una vez encontrado el tema adecuado ya sólo nos falta ponernos al tema. Y la mejor manera de hacerlo es abriendo el libro y comenzar a leer sin pensar en el futuro. No me refiero a los quehaceres cotidianos, en los problemas o deberes con los que nos enfrentaremos mañana en el día a día. Me refiero a no pensar en el futuro más inmediato. Estamos leyendo un libro. Bien. ¿Cuándo vamos a parar de hacerlo? Obviamente, creo que sería inhumano leer el Quijote de una sentada -es más, he de reconocer que soy de los que aún piensan que el Quijote fue escrito por alienígenas, por tanto es inhumano de leer y solo asequible para esa inmensa minoría. Pero seguimos trabajando en mejorar este aspecto-. No hace falta fijarse metas o mover el marca páginas y “hasta que llegue”. A no ser que un terremoto se desate o un fuego se declare en la cocina o en el edificio, lo mejor es ir leyendo hasta que a uno le apetezca. No tomarnos la lectura como unos deberes, ya no estamos en el colegio -si lo estás, te agradezco infinitamente el haber leído hasta aquí- y no tenemos fecha para entregar un resumen o ficha del libro. Lee igual que cuando ves televisión o juegas a algo en el ordenador o practicas un deporte -si eres de esos-, hasta que te apetezca. Pero hazlo con todo tu interés y nunca por pasar el rato, porque entonces perderás poco a poco el interés.

Puedes leer tirado en el sofá, sentado en una silla mientras esperas tu turno a que algo suceda o de pie en el metro si no había sitio libre. Da igual, una vez estés dentro del libro, el libro te dejará que entres y salgas de él todas las veces que haga falta. Siempre habrá recomendaciones, sugerencias o alguna que otra predisposición personal. Yo, por ejemplo, soy incapaz de hacer y de prestar atención a dos cosas a la vez, por eso desterré los auriculares y al iPod de la hora de leer hace años, pero no me importa si más allá de mi control hay un hilo musical o un programa de radio o televisión de fondo. Sánchez Dragó ha llegado a decir que cuando conduce lleva siempre un libro abierto en el asiento del copiloto para leer en los atascos o en semáforos. Pero es que Sánchez Dragó podría haber escrito el Quijote, o pertenecer a esa inmensa minoría.

¿Por qué demonios leer?

A medida que la sociedad ha ido avanzando se han ido innovando varios aspectos de nuestra vida cotidiana. Afortunadamente ya no vivimos en cuevas ni pintamos animales en sus paredes pensando así que los espíritus de la caza nos serán favorables. No encendemos fuego para cocinar o para calentarnos con ramas de árboles secas siempre que tengamos a nuestro alcance una cocina de gas o, mejor aún, una vitrocerámica o un radiador o sistema de calefacción. Igual que para desplazarnos, salvo en ciertas partes del mundo, hemos dejado a un lado los caballos y demás bestias de carga en favor de otros métodos más eficientes -mejores o peores para el planeta, eso ya lo dejamos para otro artículo-. Y qué decir de la manera en que nos vestimos. Por mucho que algunos nos resistamos a tirar nuestros viejos pantalones negros repletos de agujeros y otros se empeñen en vestir la ropa de sus abuelos pagada a un precio como si hubiera sido bordada con hilos de oro, la industria textil también ha avanzado un poco desde los tiempos de los griegos y las togas

Todas estas matizaciones parecen tener más o menos sentido y podremos estar más o menos de acuerdo. Lo que no parece tenerlo es que haya que dejar de leer libros como hicieron nuestros antepasados porque existan otros medios de trasmisión cultural más innovadores. Aparte de ser uno de los primeros avances de la humanidad, la escritura ha sido siempre una parte fundamental para su desarrollo. La fotografía, el cine, la televisión y el resto de medios que vengan a partir de ahora no dejan obsoleta a la literatura, la complementan y expanden aún más nuestro universo creativo. Seamos sinceros, el ser humano ha ido sobreviviendo y ha aguantado sin volverse loco o morirse de aburrimiento hasta ahora -guerra más, guerra menos- leyendo. Algo debe de tener y no tiene por qué ser malo.

En cuanto a las razones principales y de más peso, el uso que hace de nuestra capacidad imaginativa, el mantenernos mentalmente activos amén de todo aquello del enriquecimiento cultural… No soy yo ni este el lugar más adecuado para hacer campaña. Dejaré que sigan siendo los de siempre los encargados de hacer campaña. Yo solo puedo leer cuando puedo. Y eso siempre que haya fregado los cacharros, doblado y guardado la ropa, preparado la comida y la cena, bebido un par de vasos de vino o de whisky…

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