Hacia ninguna parte

Me encontraba como solía decirse, en mitad de camino hacia ninguna parte. Otra vez había vuelto a quedarme dormido. Si hubiese tenido un trabajo, habría llegado tarde. Soñé con mostradores de farmacia, un centro comercial que solía visitar en mis pesadillas desde que era niño y gente a la que hacía tiempo que no veía. Tenía la cabeza empapada y en el cuarto parecía condensarse toda la humedad que mis cansados pulmones habían sido capaces de producir durante las horas de sueño. En un primer momento, me sentí desubicado. Aquella habitación no me resultaba familiar. Me caí literalmente de la cama, vestido todavía con la ropa del día anterior. Después de lavarme un poco la cara en el lavabo, cerré la puerta del cuarto y pasé al pequeño salón. Hacía un frío de mil demonios en aquella época del año, parecía que aquella noche iba a nevar de nuevo. Sobre la mesa descansaban media botella de bourbon y dos vasos de cristal apenas llenos. En un sillón apartado en una esquina de la habitación había una pila de libros antiguos; novelas de aventuras de principios de siglo, tratados de filosofía y anatomía y algunos viejos manuales de cine que mi amigo no había podido colocar en ningún otro sitio por no tener sitio en su casa para poner estanterías. Me puse el abrigo, que descansaba encima de aquel montón de libros, y decidí salir a la calle a dar una vuelta que me despejara la cabeza y fumar un cigarrillo para aclararme la garganta.

La Navidad ya había invadido todo ahí fuera. Los escaparates estaban decorados con brillantes adornos dorados, los cantos navideños resonaban en la megafonía por todas las calles y avenidas del centro y los discos número uno en ventas lo hacían en las grandes superficies comerciales. A pesar del ambiente festivo y hogareño, mi corazón parecía haber caído bajo el efecto de algún oscuro hechizo vudú. Mis ojos veían las luces de los semáforos y de los coches a través de una espesa niebla que lo cubría todo, y que a nadie a mi alrededor parecía importarle.

El viento aullaba y una lluvia casi invisible caía lentamente. Entré en un bar para tomar un café caliente y me senté en un sitio casi al fondo, en la barra. El camarero vino a atenderme, era uno de esos tipos que nunca antes habían sido camareros. El fuego se había extinguido en sus ojos, si es que alguna vez había estado allí. Lo mismo me estaba sucediendo ahora. Su mirada parecía estar asomándose hacia un oscuro y peligroso abismo. La mirada de todos los que estaban en aquel bar. En verdad, la mitad del país, por aquellos días, parecía estar asomándose al precipicio. La televisión era el nuevo centro de gravedad del ser humano.

Cuando salí, miré a mi alrededor y decidí seguir andando sin rumbo fijo en vez de volver a casa. Todavía era temprano. Mis pasos me llevaron casi sin darme cuenta hasta el Juglar, la antigua sala de conciertos. Años atrás había visto allí actuar a Willy DeVille, con su aspecto mitad estrella de rock, mitad príncipe gitano o al cantaor Juan Moneo, ‘El Torta’. La gente pasaba alrededor de la entrada del local sin darse cuenta de que El Torta había pisado esa misma acera, con sus zapatos flamencos negros. Sus suelas andaban ahora el mismo suelo que había pisado él. Respiraban el mismo oxígeno. Pero ahora ya no se podían oír sus pisadas, simplemente cerrar los ojos y esperar sentir su presencia flotando aquí y allá, preguntándole al aire. En alguno de nuestros sueños, su voz rota surgiría de nuevo de repente del golpe del martillo en el hierro candente de la fragua, parecido al de Camarón, elevando una oración y plegaria a los dioses malditos de la vida.

Un viento fuerte se levantó y la lluvia metálica comenzó a caer espoleada por la fuerza de un huracán y la gente se deslizó por debajo de sus paraguas o corrió a refugiarse bajo techo. Delante de una tienda de aparatos eléctricos vi a través de un televisor que no sólo el país, también el resto de la humanidad parecía estar a punto de estallar en miles de fragmentos. Una ejecución salvaje en un país lejano, atentados sanguinarios en Oriente Medio, revueltas estudiantiles en Europa y Sudamérica, revueltas raciales de los trabajadores del campo, familias enteras muriendo a causa del hambre, la mala alimentación o de las malas condiciones de sus viviendas sociales, corrupción en las altas esferas… eran tan sólo algunos de los temas del día. A la gente que estaba ahí fuera, de tienda en tienda, mojándose sus zapatos y sus pantalones mientras buscaban desesperadamente otros nuevos, todas esas historias no le resultaban más reales que las películas que se emitían en el televisor más tarde, después del telediario. Parecían más alarmados por encontrar refugio contra la tormenta mientras estuviesen de compras. Hasta que un día, sin previo aviso, el destino fijara su dedo mortal encima de alguno de ellos y se viesen protagonistas de alguna de estas desagradables noticias.

Decidí volver, ya estaba un poco cansado. Si la gente prefería los altavoces escupiendo música a todo volumen, los codazos o un par de pantalones mojados, allá ellos. Yo necesitaba comprarme una nueva vida, esta última se me estaba quedando pequeña y arrugada, demasiado desgastada. Diez años dando tumbos de un lado para otro eran demasiados años. Trabajaba de lo que iba saliendo, quemando los escasos puentes que todavía me mantenían ligado a mi humanidad: la familia, los amigos. El balance era de diez años desperdiciados desde que dejé el instituto y una cuenta bancaria en un estado permanente de menos de cuatro cifras. No obstante, en el fondo sabía que las cosas no podían haber sido de otra manera. No le guardaba ningún tipo de rencor a mi pasado. Simplemente necesitaba nuevos aires.

Regresaría a la casa de mi amigo y le diría que volvía a tener un cuarto libre. Podría alquilarlo, cosa que no hacía conmigo allí dentro, seguro que el dinero le vendría bien. Seguro que necesitaba comprarse unos zapatos.

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