Como una bola

Vivo como una bola dentro de una mesa de juego. Soy zarandeado y agitado de un lado para otro sin ninguna oportunidad de escapatoria o posibilidad de acto de rebelión por mi parte. Siempre, siempre hacia abajo.
De vez en cuando algún que otro impulso me dispara hacia arriba, momentáneamente, para volver enseguida de vuelta a lo más profundo, al agujero.
Voy chocando continuamente con las paredes elásticas que me rebotan.
A veces caigo en trampas oscuras que se iluminan y me sueltan con una gran furia desatada de ímpetu e inercia.
Golpeado por las fuertes sacudidas de goma y plástico que me hacen daño. Difícil entender que su única intención es evitar que siga cayendo irremediablemente, perdiéndome para siempre en la oscuridad.
Aturdido por extraños y absurdos sonidos y ruidos y luces chispeantes y parpadeantes que me han convertido en un canto rodado imperturbable. Incapaz de moverme o poder alzar mi voz o mi grito de desesperación por encima de todo cuanto me rodea.
Atrapado entre el piso inclinado y el grueso cristal que me deja ver un mundo real y vivo. Cuánto desearía poder romper esta barrera y unirme a él.
Condenado a una eterna resurrección, disparado a través del estrecho cañón. Sin voluntad para poder tomar la decisión de detenerme, marchar hacia atrás o hacia delante. Condenado a no poder regresar jamás a mi rincón secreto.
Olvidado durante días, meses y años en la esquina de este viejo salón de juegos. Olvidado por mis viejos dueños. Vivo carente de interés para una nueva generación de hombres y mujeres. Imposible competir con sus modernas videoconsolas y juegos en red. Vivo como una bola atrapada dentro de una mesa de juego.

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