la sombra

Las viejas cortinas
una alfombra arrugada
muebles de salón franceses
rescatados una noche de la calle
la lujosa chimenea reconvertida
en plebeya papelera: hojas de cuaderno arrancadas
botellas de wino que vivieron días mejores
pedazos de su vida arrancados de su propia piel

el fantasma de un conde
libertino europeo que deambuló por estos muros
siglos atrás, se espanta al escuchar
las notas de ragtime que escupe el tocadiscos
y la sombra, tirada en su sofá, o en el suelo
murmurea rítmica, tímida, tranquilamente
otra melodía que a duras penas
logra transcribir a un libro de hojas en blanco
lleno de ceniza y manchas rojas
el fantasma en cambio anhela
las noches en las que la sombra invita
a amigos y amigas
a cambiar el mobiliario de la que fuera su mansión
entonces las paredes desconchadas de los pasillos
se tornan ríos de tinto, escocés o jérez
y las risas y los bailes del salón
se confunden con los gemidos y los gritos de locura
provenientes del cuarto que la sombra ha elegido
para pasar la larga y fría noche con sus amigas
el fantasma las observa, divertido
y alguna de ellas ha asegurado
amaneciendo la tarde siguiente con unos ojos inyectados
de hachís, opio, ajenjo, absenta o similares
haber visto al fantasma en el orgasmo
e incluso por sus espaldas desnudas
sentir sus dedos rastreando
 
la sombra lucha contra
criaturas más peligrosas que las bestias marrones y rojas
sostiene la guitarra entre sus piernas por el mástil
mientras con fina aguja busca
un paraíso entre sus jóvenes venas
luego más tarde rasgará las cuerdas con sus uñas negras
luego más tarde morderá su chuta entre sus dientes
por no poder perder tiempo yendo al salón
a tirarla a la chimenea
no sobra el tiempo
cuando está ahí arriba
y el fantasma se echa en su diván
impaciente por escuchar
secretamente enamorado
de sus ojos, de sus manos
deseando ser sus manos
deseando estar con sus ojos, ahí arriba
 
la sombra no entiende
a los que conducen todos los días
o hablan sobre sus vacaciones del verano pasado
la sombra casi no entiende a nadie
ni nada de lo que le rodea
tan sólo su vieja casa
y su fantasma, aunque no lo conozca
seguramente tampoco le entendería
así que, después de garabatear unas palabras
en uno de sus cuadernos amontonados en la repisa
vuelve a coger su guitarra
y canta en voz baja
lo poco que entiende
mientras sigue arrancándose pedazos
de su propia piel

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