Demasiado café, demasiada fortuna

Aquí va otro escupitajo. Directamente de la botella a mi boca y de la boca a la pared.
Creo que estoy contra las cuerdas. Es posible que un día de estos llame a mi puerta la policía y me detengan. Con un poco de suerte compartiré celda con Julián Muñoz y Mocito me esperará a la entrada de la prisión y me dará la plasta y me pedirá el teléfono móvil para hacer una llamada a su madre. He descubierto que puede que esté estafando al estado. Eso son palabras mayores. La culpa, por supuesto, es toda mía. Debí haberme enterado bien de qué era lo que estaba firmando realmente. Pero la gente idiota, como yo, es lo que tiene: tenemos excedente de carisma y ganas de juerga y anhelo de amaneceres bañados en oro y champán, pero a la vez una enorme carencia en cuanto a comprensión burocrática. Ya vale de hablar de estos temas tan turbios y grises.

El país, en el mismo tiempo que dura un abrir y cerrar de ojos había quintuplicado su población. Una colonia de hormigas que andaban únicamente sobre dos piernas, hablaban y a veces decían cosas interesantes o con sentido e incluso podían llevar traje y sombrero. Qué hacer con todo esta gran masa, se preguntó la Gran Hormiga. El problema era enorme y no había hongo lo bastante grande para alimentar a todos. En algún momento de la historia reciente dejó de llover y a alguno de los chicos listos de ahí arriba se le ocurrió la genial idea de que, para evitar que todo el mundo comenzara a llevar sus mismos trajes y sombreros, podrían ponerle trabas a la gran masa. Así evitarían que todo el mundo bailara la misma música. Esa que solo ellos pueden bailar. La cosa les debió de parecer suficientemente seria como para ponerse manos a la obra a discurrir mil maneras de joder al personal. Desde luego, encontrarse con alguno de esos malditos extranjeros vistiendo las mismas camisas y trajes de raya diplomática que ellos fue la gota que colmó el vaso. Cuidado con salir a la calle sin unas buenas botas para la lluvia y un buen asesor administrativo guardado en el bolsillo de la chaqueta, como si fuera un reloj. Hay que tener cuidado.

La regla general dice que la gente normal no se preocupa de ciertos temas. Están ocupados pensando en qué comer, cómo vestirse o qué pensará la gente que les rodea de ellos. Luego está la gente que no es tan corriente o tan normal. Aunque no tengan qué comer o con qué vestirse estarán muy contentos y distraídos trabajando cuarenta, cincuenta o sesenta horas a la semana y pensando únicamente en dónde se irán de vacaciones el mes que viene. Ese tipo de gente sí suele tener alguien de confianza en el bolsillo cuidando que sus pies no se manchen de barro. La gente normal debería tener cuidado de ese tipo de persona. Hay fuera hay un gran ejército de hombres y mujeres dispuestos a no comer o a pasar frío en invierno con tal de que sus rosales estén bonitos y no se pierdan una sola clase de su deporte favorito. Deberíamos tratar de sacar algún tipo de beneficio de ellos. Pero si eres lo suficientemente listo para lograr algo así, es que seguramente estés en el bando equivocado. Ya me están temblando las manos de nuevo.

Cuando crecemos y abandonamos el ala protectora de la familia tendemos a querer ocupar nuestro tiempo haciendo todo tipo de cosas: regar nuestro jardín, aprender idiomas, tratar de escribir artículos como éste, lo más interesante y complejo posible para enseñárselos a tu círculo de amigos y conocidos. También podríamos hacer fotografías a nuestras cagadas, como dijo el artista, y el resultado vendría a ser el mismo. Pero el problema es que, ahora es cuando no me deberían temblar las manos, la mayoría de las veces no sabemos qué queremos hacer realmente, y si lo sabemos tendemos a divagar o a negarnos a nosotros mismos y tener miedo de lo que pensamos en verdad. Ahí es donde vieron el negocio psicoanalistas y terapeutas. El monopolio que durante siglos estaba en manos de la iglesia y fue finalmente liberado por gente como el bueno de Freud. Pero Freud no era más que otro de esos tipos que sabía vestir bien sus trajes y además hablaba bien y tuvo un buen publicista y un asesor en el bolsillo. Hay quien dice que en sus ratos libres fumaba opio y otras cosas. También hay que tener cuidado de gente como él. Y si ninguna de estas dos opciones ha conseguido llamar tu atención llegado a cierta edad, entonces debe ser porque estarás apuntado al club de alpinismo, harás excursiones al campo, coleccionas sellos o, en el peor de los casos, has caído en el oscuro mundillo de la manifestación artística, eres delincuente o, peor aún, andas metido en política, que en el fondo no es más que delinquir con cierto arte.

Yo simplemente me veo agobiado por una serie de circunstancias en las que yo solito me he metido. La cabeza me da vueltas, al igual que la vista. Estas últimas palabras van saliendo a trompicones, a golpe de teclado y barra de retroceso. Las letras se condfunden y no sé qué hago auqí. Las horas y los minutos avanzando despacio. Mis manos no dejan de temblar y noto cada uno de los latidos de mi corazón, cuando normalmente no debería notarlos. Me había desacostumbrado al café y al tabaco fortuna. Debería volver a las manzanillas, al rooibos y a la tila natural. Y nada de fortuna nunca más. Ay.

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