Atrapado en la colmena

En “La Colmena” (1952) de Camilo José Cela, asistimos a un espectáculo joyceano en cuanto a cantidad de personajes. Son muchos, como muchas y multiples y a la vez pequeñas y condensadas son las historias (mezcladas a granel, sin principio y sin final) que van siendo suministradas como píldoras doradas de la felicidad a lo largo de la narración.

Una especie de “Ulises” sin ningún Leopold Bloom o Sthepehn Dedalus, en las que la cámara va recorriendo la ciudad y mostrándonos la vida diaria de una serie de personajes arquetipos y autóctonos. La dueña y señora de un café bastante concurrido, los músicos que allí tocan cada tarde hasta la hora del cierre, los camareros, los panaderos, los serenos y los guardias de la noche, las prostitutas y la madame, el joven escritor-artista que se muere de hambre, los señoritos y las señoritas, los canallas, los masones y los comunistas, el orgulloso, el déspota, la soñadora, el simple, la mentirosa y el mentiroso, los maricas, los amantes, el enfermo, la ninfómana, el playboy, el empresario, los católicos, la víctima y el gitanito.

Todos ellos van siendo unidos (no todos con todos, sino de una manera lógica y ordenada) por un hilo en el que, al cabo de unas cincuenta páginas, comienzas a intuir el truco de Cela y a desistir en el intento de buscar lo que muchos llaman “la trama”. De manera aleatoria e inteligente (porque la aleatoriedad no existe en el mundo de la palabra escrita), surgen en ocasiones detalles o situaciones que han sido descritos desde otro punto de vista en otra de las historietas.

En definitiva, Cela construyó su colmena y la pobló no sólo de abejas, si no de toda clase de insectos que entran, salen, suben y bajan con un único objetivo común: alcanzar la felicidad, ya sea sobreviviendo un día más o logrando hacer realidad sueños y deseos, a veces de manera realista, sucia y algo punk.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *