Archivos mensuales: Julio 2012

Atrapado en la colmena

En “La Colmena” (1952) de Camilo José Cela, asistimos a un espectáculo joyceano en cuanto a cantidad de personajes. Son muchos, como muchas y multiples y a la vez pequeñas y condensadas son las historias (mezcladas a granel, sin principio y sin final) que van siendo suministradas como píldoras doradas de la felicidad a lo largo de la narración.

Una especie de “Ulises” sin ningún Leopold Bloom o Sthepehn Dedalus, en las que la cámara va recorriendo la ciudad y mostrándonos la vida diaria de una serie de personajes arquetipos y autóctonos. La dueña y señora de un café bastante concurrido, los músicos que allí tocan cada tarde hasta la hora del cierre, los camareros, los panaderos, los serenos y los guardias de la noche, las prostitutas y la madame, el joven escritor-artista que se muere de hambre, los señoritos y las señoritas, los canallas, los masones y los comunistas, el orgulloso, el déspota, la soñadora, el simple, la mentirosa y el mentiroso, los maricas, los amantes, el enfermo, la ninfómana, el playboy, el empresario, los católicos, la víctima y el gitanito.

Todos ellos van siendo unidos (no todos con todos, sino de una manera lógica y ordenada) por un hilo en el que, al cabo de unas cincuenta páginas, comienzas a intuir el truco de Cela y a desistir en el intento de buscar lo que muchos llaman “la trama”. De manera aleatoria e inteligente (porque la aleatoriedad no existe en el mundo de la palabra escrita), surgen en ocasiones detalles o situaciones que han sido descritos desde otro punto de vista en otra de las historietas.

En definitiva, Cela construyó su colmena y la pobló no sólo de abejas, si no de toda clase de insectos que entran, salen, suben y bajan con un único objetivo común: alcanzar la felicidad, ya sea sobreviviendo un día más o logrando hacer realidad sueños y deseos, a veces de manera realista, sucia y algo punk.

Cuidado con esas sirenas acechando

Ahí fuera, caminando una chica va sonriente
con una bicicleta amarilla a su lado
terminando de contarle a su amigo alegre
un vibrante concierto al que asistió
de alguien llamado Red o Morla
salpicado de buen vino italiano
rosato
e camminando va
la ragazza

Atravesando la ciudad por una de sus pequeñas autopistas principales
calle Fuencarral
ahí donde Cela instaló
su poco poblada colmena
y saludaba con una mano al general
mientras con la otra tomaba su vermú
y con la otra escribía sus memorias
al lado de donde ahora se instala
el altar al dios-de-cabello-blanco
Warhola-Baco
cuando comienza el fin
de semana
e con l’altra
saluta le ragazze

Ahí fuera, donde siguen caminando ejércitos
de camisas de cuadros
de miradas de colores
vistiendo unos discursos a medias y
sus secretos galácticos
de futuros que vinieron del pasado
continúan hablando
siguen hablando
de lo dura que es la vida
o de la lujuria del pecado,
de lo caro que fue el máster
y de lo caro que es el caballo

Atget no ha llegado todavía
no tiene nada que hacer aquí
y Chaplin queda eclipsado escuchando
como el trueno golpea en lo alto
de la montaña, en una tienda de manzanas
cantado por el poeta extranjero de pelo rizado
camina de vuelta a su puesto de cartón
cabizbajo, resuelto a no entenderse con nadie
ni con nada
y escucha a las máquinas
y escucha como los lobos
aúllan a media tarde, hambrientos de oro
desde la plaza del dos de mayo

Adornada de flores la chica y su bicicleta llegan
comiéndose una magdalena
hasta Tribunal
el puerto donde desembarcan
cada día
miles o decenas de miles, de chicas
guapas, molto bella, delgadas o gordas
brillan sus pechos e iluminan los callejones
donde murieron las estrellas apagadas
o el gran poeta niño del pop, agazapado en un portal
junto al espíritu santo

Allen Gingsberg, el espíritu errante,
golpea su tamboril una vez más
por estas calles y sonriendo a alguien que sólo él ve
da saltos y se aleja, exhausto, seguido de un rastro de fantasmas
que desembocarán en el Gran Río
en la cara oculta de la ciudad
mientras van extinguiéndose
sonando más alejados,
mezclándose con el mercurio,
los rumores de las sirenas
que acechan entre las rocas
(¡Cuidado!)

Sobre la publicidad – Los sueños

Suele ocurrir, muchas más veces de las que uno desearía, que al despertar de un sueño profundo, nos invade una sensación de vacío, de anhelo y nostalgia por todo aquello que nos rodeaba mientras estábamos vagando por esos lugares oníricos que, por otro lado, no son más que representaciones de ideas simples y complejas que tenemos vagando por la mente y son puestas en escena por nuestro cerebro.
Se me ocurre que es un campo completamente olvidado por ese gran monstruo de nuestros días que es la publicidad. Las grandes corporaciones deberían hacer más uso de esta facultad tan humana de desear y ansiar todo aquello que se escapa de nuestro alcance más inmediato. Iluso de mí, no conozco nada acerca del mundo de la publicidad, pero estoy seguro de que uno de los pilares básicos en los que piensan esos grandes y tan modernos creativos en sus modernos despachos y reuniones cuando planean un anuncio o una compleja campaña publicitaria es el de la psique. Esto es: bombardearnos con ideas, colores, formas, sonidos e imágenes sugerentes y esperar que luego nuestro cerebro haga su trabajo (su trabajo sucio en la mayoría de los casos).
Pero, ¿por qué no ir un paso más allá? ¿Qué tal la idea de implantar auténtica publicidad en nuestros sueños? Supongamos que un tipo vuelve a su casa, a su piso de soltero. Le gustaría poder compartir su cama y quién sabe si algo más con esa compañera suya de la oficina que parece no prestarle suficiente atención (nunca es suficiente la atención). Después de cenar y darse una ducha se siente terriblemente cansado y decide irse a la cama. Una vez puesto el pijama y metido dentro de las sábanas, este tipo saca de un cajón de la cómoda de al lado de su cama un pequeño artilugio, que podría tener forma de diadema o, mejor aún, de corona, por ejemplo. Se la coloca en la cabeza, ajustándose como una cinta elástica de hacer ejercicio y, acto seguido, cae en los brazo de Morfeo.
Entre todas las imágenes con las que habrá soñado en su siete largas horas de sueño, dos son las que habrán causado una gran impresión a nuestro amigo. Una visión muy sugerente de su compañera en una actitud cariñosa y seductora enfundada (o no) en una sugerente pieza de ropa interior bastante erótica. Suficiente como para calmar sus demonios interiores durante los próximos diez días por lo menos. Y la otra, el anuncio, justo al final de su fase de sueño, en la que aparecía él mismo, junto con su compañera conduciendo un deportivo rojo por una preciosa carretera de playa y unos rótulos bien claros, con una tipografía igual de sugerente o más que la ropa interior de la chica, en el que se nombraba el modelo del vehículo, así como su precio. Ya tenemos un sueño patrocinado por una conocida marca de coches de alta gama. Nuestro amigo se despertará. La chica no estará a su lado, como todas las demás noches. Pero sí lo estará el coche, si así lo desea (previo paso por el banco para solicitar el crédito).
Esto podría aplicarse a cualquier tipo de producto o servicio de los que consumimos normalmente a diario. Bebidas, productos electrónicos, cruceros, implantes médicos… ¡hasta cigarrillos! (porque el mundo de los sueños queda libre de toda ley o norma restrictiva). Las posibilidades son casi infinitas, depende de nuestra capacidad de soñar.