Por los siglos de los siglos

Salí a la calle temprano para ir al colegio, como el resto de los días de la semana. Pero ese día era diferente, mi madre me vistió con el uniforme de gimnasia del colegio que había dejado preparado la noche anterior y, siguiendo las instrucciones de los profesores y sacerdotes del colegio, me dio un ramo de flores (no recuerdo de cuáles) para llevarlo al altar habilitado para esa semana de celebraciones. Cuando terminó de vestirme y me vi a mí mismo frente al espejo largo de la entrada de mi casa con mis flores, mis zapatillas de correr, un pantalón corto que no llegaba a cubrir prácticamente la mitad del muslo (y que todavía conservo por ahí) y la camiseta roja de mi clase, la C, tuve la extraña impresión de estar viendo una de esas fotografías antiguas de cuando nuestros padres iban a clase con jerséis y pantaloncitos cortos y todo el aire y la atmósfera estaban impregnados del aroma de las casas de los abuelos.
Han pasado muchos años y muchas cosas desde aquella mañana, y como es normal, muchos de los recuerdos creados a partir de ese día han sido ya borrados de mi memoria. Sin embargo, me acuerdo muy bien de la sensación del aire frío de la mañana golpeando mis pequeñas pantorrillas desnudas andando por la acera sin sol y el olor todavía húmedo de las flores recién cortadas (y que siempre me hace pensar en los pequeño problemas de congestiones de nariz que he padecido de mayor propiciados a su vez por otros problemas de alergias a plantas y a flores).
Había una iglesia, y sé que nos llevaban allí antes de comenzar los juegos y la diversión. Porque nos divertíamos, éramos niños de muy pocos años y las vacaciones de verano estaban a la vuelta de la esquina. El olor de la cera ahí dentro era fuerte. Te hacían levantarte de los bancos y sentarte según lo fuera ordenando el sacerdote. Era curioso ver cómo dirigía todo sin decir realmente nada. No recuerdo haberle oído nunca decir: “poneros en pie” o “volveros a sentar” o “hacer la señal de la cruz”. Era como mandar hacer cosas sin que aparentara que mandase nada realmente. Los chicos que se ponían a su lado (en otros tiempos ‘monaguillos’, una palabra que siempre me ha provocado cierta repulsión) solían ser los enchufados, los que vivían todo aquello con mucha más seriedad y rectitud, aquellos a los que la Iglesia veía salvados de la concupiscencia y les prometía un futuro brillante, iluminado. Entre levantarnos y sentarnos, aprendíamos las palabras mágicas.
Bendita tú eres entre todas las mujeres…
Bendita tú eres entre todas las mujeres…
Y bendito es el fruto…
Y bendito es el fruto…
De tu vientre, Jesús.
De tu vientre, Jesús.
El chico que estaba sentado a mi lado emitió un chillido terrorífico. Ese grito me heló la sangre por completo. Los profesores le echaron de los bancos, creo recordar que cogiéndole de la oreja. Mientras era sacado a empellones del templo iba gritando, tratando de defenderse o explicarse y echándole la culpa de su repentino ataque de pánico a un bicho que había aparecido justo delante suya por un orificio que había en la madera de aquellos viejos bancos de iglesia. Yo pude ver aquel bicho. Era una cucaracha negra, de las que causan repulsión a cierta clase de chicos. Temía que se acercara lo suficiente a mí como para no poder reprimir yo también un alarido y quedarme sin los juegos de después.
Ruega por nosotros pecadores…
Ruega por nosotros pecadores…
Entre el calor de aquella fría mañana de Mayo, el olor de las ceras, el vino y la sangre que salía de una pequeña herida de debajo de una costra que me había arrancado momentos antes de entrar en la misa, comencé a sentirme extraño. No he vuelto a sentirme así nunca, gracias a dios. La voz del cura parecía sonar como si estuviera alejándose subido a un camión a paso lento y hablara por medio de un megáfono. Veía todos los chicos como yo, uniformados con sus pantalones cortos y camisetas de color amarillo, azul o rojo pronunciando sus oraciones, agachando la cabeza al mismo tiempo que lo hacía yo y miraba de reojo, con cierto recelo, el agujero por el que había salido la cucaracha minutos antes. El agujero parecía hacerse grande por momentos, como si comenzara a tragarse la iglesia. Realmente no me di cuenta hasta tiempo después de que lo que me estaba pasando era que me encontraba a punto de perder el conocimiento. Como pude salí de la fila de mi banco y me dirigí a la profesora. Sin ver ni decir nada tampoco, ella obedeció y me sostuvo con su brazo antes de que desfalleciera completamente. Veía una gran mancha negra y pocas cosas a mi alrededor. 
Ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Me sacaron entre un par de profesores que no tienen rostro para mí. Me sentaron en el patio, recibiendo ese aire frío que chocaba contra los muros de la iglesia en los que estaba apoyado, recuperando el aliento. Alguien puso una botella con algo de líquido en mis labios. Era agua. Poco a poco la mancha negra fue desapareciendo y volví a ver todo con claridad. Algunos de mis compañeros habían salido ya de la misa y se congregaban a mi alrededor para saber qué me había ocurrido. En cuanto vieron que no era nada realmente grave, nada que mereciera la pena ver, saber o comentar después con alguien, se fueron a jugar. Cuando creí encontrarme mejor me volví a poner de pie y le di las gracias tímidamente a la profesora y al padre de una niña de mi clase que me habían traído el agua. Entonces, andando, me fui yendo con mis compañeros a jugar.

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