Archivos mensuales: Mayo 2012

El río sabe

Siento que cada vez que miro al cielo del amanecer,
y veo las trazas de los aviones,
las agujas de las nubes en formación
con esa luz anticrepuscular entre el naranja,
el azul y el morado
la ciudad está tratando de decirme algo
y yo no la entiendo.

Un taxi me pasa por encima
salpico a un borracho que intentaba hacer
sus necesidades en la calle.
Una chica tropieza con la acera
y me da un beso en la boca,
aunque ella no lo sepa.
Quizás solamente sea una gota
que se desliza por las calles,
por los portales
por las avenidas
cuando la noche le roba luz al día
y el día hereda la oscuridad de la noche
silencioso,
cansado,
o a punto de secarme.
Quizás por eso
no entiendo a la ciudad

porque

mi madre era un río
y mi padre vino del mar.

Por los siglos de los siglos

Salí a la calle temprano para ir al colegio, como el resto de los días de la semana. Pero ese día era diferente, mi madre me vistió con el uniforme de gimnasia del colegio que había dejado preparado la noche anterior y, siguiendo las instrucciones de los profesores y sacerdotes del colegio, me dio un ramo de flores (no recuerdo de cuáles) para llevarlo al altar habilitado para esa semana de celebraciones. Cuando terminó de vestirme y me vi a mí mismo frente al espejo largo de la entrada de mi casa con mis flores, mis zapatillas de correr, un pantalón corto que no llegaba a cubrir prácticamente la mitad del muslo (y que todavía conservo por ahí) y la camiseta roja de mi clase, la C, tuve la extraña impresión de estar viendo una de esas fotografías antiguas de cuando nuestros padres iban a clase con jerséis y pantaloncitos cortos y todo el aire y la atmósfera estaban impregnados del aroma de las casas de los abuelos.
Han pasado muchos años y muchas cosas desde aquella mañana, y como es normal, muchos de los recuerdos creados a partir de ese día han sido ya borrados de mi memoria. Sin embargo, me acuerdo muy bien de la sensación del aire frío de la mañana golpeando mis pequeñas pantorrillas desnudas andando por la acera sin sol y el olor todavía húmedo de las flores recién cortadas (y que siempre me hace pensar en los pequeño problemas de congestiones de nariz que he padecido de mayor propiciados a su vez por otros problemas de alergias a plantas y a flores).
Había una iglesia, y sé que nos llevaban allí antes de comenzar los juegos y la diversión. Porque nos divertíamos, éramos niños de muy pocos años y las vacaciones de verano estaban a la vuelta de la esquina. El olor de la cera ahí dentro era fuerte. Te hacían levantarte de los bancos y sentarte según lo fuera ordenando el sacerdote. Era curioso ver cómo dirigía todo sin decir realmente nada. No recuerdo haberle oído nunca decir: “poneros en pie” o “volveros a sentar” o “hacer la señal de la cruz”. Era como mandar hacer cosas sin que aparentara que mandase nada realmente. Los chicos que se ponían a su lado (en otros tiempos ‘monaguillos’, una palabra que siempre me ha provocado cierta repulsión) solían ser los enchufados, los que vivían todo aquello con mucha más seriedad y rectitud, aquellos a los que la Iglesia veía salvados de la concupiscencia y les prometía un futuro brillante, iluminado. Entre levantarnos y sentarnos, aprendíamos las palabras mágicas.
Bendita tú eres entre todas las mujeres…
Bendita tú eres entre todas las mujeres…
Y bendito es el fruto…
Y bendito es el fruto…
De tu vientre, Jesús.
De tu vientre, Jesús.
El chico que estaba sentado a mi lado emitió un chillido terrorífico. Ese grito me heló la sangre por completo. Los profesores le echaron de los bancos, creo recordar que cogiéndole de la oreja. Mientras era sacado a empellones del templo iba gritando, tratando de defenderse o explicarse y echándole la culpa de su repentino ataque de pánico a un bicho que había aparecido justo delante suya por un orificio que había en la madera de aquellos viejos bancos de iglesia. Yo pude ver aquel bicho. Era una cucaracha negra, de las que causan repulsión a cierta clase de chicos. Temía que se acercara lo suficiente a mí como para no poder reprimir yo también un alarido y quedarme sin los juegos de después.
Ruega por nosotros pecadores…
Ruega por nosotros pecadores…
Entre el calor de aquella fría mañana de Mayo, el olor de las ceras, el vino y la sangre que salía de una pequeña herida de debajo de una costra que me había arrancado momentos antes de entrar en la misa, comencé a sentirme extraño. No he vuelto a sentirme así nunca, gracias a dios. La voz del cura parecía sonar como si estuviera alejándose subido a un camión a paso lento y hablara por medio de un megáfono. Veía todos los chicos como yo, uniformados con sus pantalones cortos y camisetas de color amarillo, azul o rojo pronunciando sus oraciones, agachando la cabeza al mismo tiempo que lo hacía yo y miraba de reojo, con cierto recelo, el agujero por el que había salido la cucaracha minutos antes. El agujero parecía hacerse grande por momentos, como si comenzara a tragarse la iglesia. Realmente no me di cuenta hasta tiempo después de que lo que me estaba pasando era que me encontraba a punto de perder el conocimiento. Como pude salí de la fila de mi banco y me dirigí a la profesora. Sin ver ni decir nada tampoco, ella obedeció y me sostuvo con su brazo antes de que desfalleciera completamente. Veía una gran mancha negra y pocas cosas a mi alrededor. 
Ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Me sacaron entre un par de profesores que no tienen rostro para mí. Me sentaron en el patio, recibiendo ese aire frío que chocaba contra los muros de la iglesia en los que estaba apoyado, recuperando el aliento. Alguien puso una botella con algo de líquido en mis labios. Era agua. Poco a poco la mancha negra fue desapareciendo y volví a ver todo con claridad. Algunos de mis compañeros habían salido ya de la misa y se congregaban a mi alrededor para saber qué me había ocurrido. En cuanto vieron que no era nada realmente grave, nada que mereciera la pena ver, saber o comentar después con alguien, se fueron a jugar. Cuando creí encontrarme mejor me volví a poner de pie y le di las gracias tímidamente a la profesora y al padre de una niña de mi clase que me habían traído el agua. Entonces, andando, me fui yendo con mis compañeros a jugar.

Hechicera

Durante los últimos mil dieciséis años
la mujer de piel y pelo negros se asomaba cada mañana
desde lo alto de la pirámide de ladrillos azules
donde era observada por un cielo verde y morado

una falda, una corona hecha de madera de ébano
un collar con cuentas de hueso humano y animal
y los ojos del águila y la serpiente a cada mano
y contempla la cicatriz que la aguja del Tiempo
va dejando grabada sobre esta tierra

ciertas historias ocurren, pasarán y pasaron
rebanadas por la hoja de un cuchillo ensangrentado
a la luz de la Luna Nueva donde cae el cordero
así la Hechicera logró vislumbrar las almas
que caen por el abismo de la desesperanza

el ladrón y la reina bailando juntos
compartiendo vino de una misma copa
siendo atrapados por el extraño sortilegio
que transforma lo bello, en grotesco y lo simple, en baldío
la Hechicera tuvo que registrarlo todo
unas lágrimas invisibles aparecieron en su rostro
y el Tiempo en algún lugar, soltó una carcajada

en el final del día del Búho, el castillo fue derruido
un jinete logró escapar con la luz del alba como compañera
nunca volvió la vista atrás
en el camino del bosque se cruzó con la Hechicera
pero no la reconoció
ignora que jamás sería recordado

a la mañana siguiente en la ciudad se apagó una luz
mientras que otras se fueron encendiendo
la Hechicera vio a la bruja escribiendo en un papel
contando falsas historias que nunca fueron
y desatendiendo otras que realmente estaban pasando
el jinete había muerto
solo, en el bosque, como él quiso vivir, rodeado de nadie

la Hechicera desde lo alto pudo ver el mar
y más allá de él, el mar de las estrellas
criaturas fantásticas sobrevolando los continentes
antes de ser finalmente extinguidos por una pisada del tiempo
y devorar las gentes que aguardan su turno
puestos uno detrás de otro

con la resaca del vino, se despertó en una cama
muchos horas después, al comienzo de la tarde
el hombre con un poco de barba canosa le leyó su cuento
y ella, sintiéndose derrotada, besó su pluma una vez más
al recordar a aquel a quien amó

saliendo a la noche, fuera de la contaminación de la luz
bajaron por el camino oscuro rodeado de árboles huyendo de la ciudad
una débil luz les esperaba del otro lado de la oscuridad
era una caravana, en la noche del campo
príncipes y reyes gitanos bailaban alrededor de la hoguera

y ella lo ve todo venir, porque ya ha visto todo
y aunque los Ejércitos de banderas y Cruces creen ser sus dueños
no saben que ella solamente plantará batalla a un enemigo
aquel que lleva en la frente marcada, la aguja del Tiempo

Fuego en la boca

Tengo el fuego en la boca, y a parte de eso, no hay nada.
¿Y qué puedo hacer cuando lo único que tengo en mi mochila para enseñar a los demás es: nada?
¿Es mejor tener nada o no tener nada?
Anoche en el parque aprendí, que hasta las más pequeñas tristezas, son en verdad serias. Y que todas las alegrías, guardan un miedo y una amenaza de pequeña tristeza. Pero no hay que comerse demasiado la cabeza.

escribe

Escribe hola mundo.
La historia dicen que comenzó en una mesa, como casi todas las buenas historias.
En algún punto impreciso de la línea de la noche (dicen) la cosa comenzó a torcerse y a encarrilarse hacia ese peligroso y conocido estallido de palabras un poco más altas, fuerza bruta y jarras u otros objetos sobrevolando cabezas.
Y ahora hace frío y el sol tirita tanto, tanto.
Existen dos tipos de personas en el mundo: están los que ponen mantequilla por dentro al sándwich y los valientes que no temen darle la vuelta en la sartén.
Luego sucedió aquello otro de los coches que circulan y colisionamos todos entre nosotros y con ellos y con ellas.
La Bestia le gritó al Dragón que le prestara algo para poder ir tirando. El Dragón y la Bestia cantando desde lo alto de aquella Torre de Babel. Nos abrasan con amor y cariño y con sus brazos y sus voces calientes cantoras de misales y otros micro cuentos microscópicos pero gigantes en cuanto a detalle, fuerza o intensidad.