Octavius Benjamin, pintor

Octavius Benjamin se acostó aquella noche sin poder evitar sentir una leve punzada de dolor en la espalda. “Otra vez el maldito reúma”, pensó, “¿dónde dejé aquellas pastillas que me recetó el doctor Fried?”. También pudiera ser que el sentimiento físico de dolor (dolor leve, pero dolor al fin y al cabo) fuera causado por un estremecimiento en el inconsciente. Esas cosas que a uno no le dejan dormir y deciden incordiar provocando esos ligeros achaques. Mala conciencia le llaman. Pero, tratar de discernir las razones de un dolor estúpido buscando la explicación en causas psicológicas es como adentrarse en una biblioteca repleta de libros hasta arriba y querer buscar un volumen concreto sin consultar en el archivo. Pudiera ser que siguiera alterado por el reciente anuncio del enlace de Miss Margaret Lange, su amor secreto e inconfesable. O, tal vez, todas estas noticias alarmantes que sugerían la posibilidad de que una gran guerra entre naciones estaba próxima (aunque, pensándoselo dos veces, Octavius concluyó que la situación mundial le importaba poco más que un pimiento). Sin lugar a dudas, debía ser algo que le afectase más directamente. Un problema de tal magnitud que, de seguir por esta trayectoria, acabaría teniendo consecuencias fatales y terribles. Sin duda, pensaba, era por los serios problemas financieros que estaba atravesando su pequeño negocio.
Y qué exageración era llamar “pequeño negocio” al humilde local que alquilaba para su humilde estudio de pintura. A penas tenía lugar para una salita en la que recibir a los escasos clientes, una mesa y una silla con un gran cuaderno y una pluma con la que llevaba las fáciles cuentas del negocio (que en los últimos meses se habían ido limitando poco a poco a la suma de una mínima cantidad por el encargo de algún retrato). Y todo ello por culpa de ese absurdo de invento francés. ¿Cómo es eso de atrapar la luz por medio de la química? ¿Y la parte de dibujar con la luz? ¿Qué hay del color? Gracias a dios, eso era lo que todavía salvaba su carrera. Octavius era uno de los últimos maestros del lienzo y el color. Había aprendido de los mejores pintores expresionistas de París y ahora, como el camaleón que se adapta para sobrevivir, había adoptado esa técnica para realizar sus retratos realistas para la burguesía de Londres. ¡Quién necesitaba la fotografía o esos malditos daguerrotipos!
Pero, por desgracia, a veces al ser humano no le ha quedado otra salida posible para su supervivencia que la de evolucionar y ser capaz de ir un paso más allá. Muchas veces contra sus propias creencias. Así que, nadie del círculo de amigos y colegas de Octavius Benjamin (ni tan siquiera él mismo) se sorprendió cuando, finalmente, terminó adaptando su pequeño negocio de retratos pintados al óleo al de un estudio fotográfico más.
La historia ganó un nuevo fotógrafo al que alimentar, pero perdió un gran artista del pincel.

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