Kerouac se fue a vivir a Barcelona

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Si quieres, puedo contarte cómo fue aquel día en que decidí intentar conocer a alguien como tú. Más bien sería cómo decidí conocerte a ti.

Todavía recuerdo el sabor a fuego en mi boca de aquella noche. Como si hubiera sido la noche anterior a esta.
El caso es que yo llegué a casa de Cristóbal, un compañero mío del jardín de infancia. Llegué a su casa con cuatro cigarros que había comprado en la tienda de chinos de debajo de su casa por uno con veinte. Cuatro cigarros y una botella de cerveza. El caso es que llegué hasta su portal, y llamé al telefonillo.
– Soy yo, dije.
– ¿Has encendido la luz?
Se refería a la luz de las escaleras, que se enciende con un botón que siempre olvido que está justo debajo de los buzones, en el portal.
Cuando entré, su casa estaba absorbida por una oscuridad completamente doméstica, como si en vez de encender luces en aquella casa, éstas se apagaran para crear ambiente. Aquello me gustaba mucho. Su cuarto quedaba iluminado únicamente por la pantalla de un ordenador, en el que más tarde aquella noche nos dedicaríamos a ver vídeos y poemas de Leopoldo Panero y demás amantes de la locura. Cristóbal estaba en la cocina terminando de prepararse un sándwich de ensaladilla que iba a ser su cena.

Nos sentamos en el salón, yo abrí mi botella de cerveza, le di un trago y encendí uno de mis cigarrillos. Él comenzó a hablarme de su trabajo. Por aquella época, estaba trabajando en la televisión estatal. Un programa de agenda cultural y chismorreo. Por lo menos, decía él, siempre le tocaba realizar su pieza del día sobre temas más llevaderos como conciertos de rock, entregas de premios o estrenos de cine. Aquello era mucho mejor que hablar sobre tonadilleras revientabraguetas y divorcios de famosos. A mí me parecía un buen trabajo igualmente, aunque de estar en su lugar, hubiese preferido los temas que él trataba.
Yo acababa de volver de tres semanas fuera, rodeado de camiones y aburridos almacenes de empresas de transporte, así que comentamos las novedades de las dos últimas semanas en la ciudad. Decepciona un poco ver que cuando regresas de estar ahí fuera, todo sigue igual en el sitio de donde has salido. Siempre esperaba que me contara alguna especie de Apocalipsis o revolución sangrienta.
Al parecer, seguía bastante enamorado de su última chica. Aunque quizás algo menos de lo que yo esperaba. Eso estaba bien, pensé. Iba por el buen camino.
En cierto momento, Cristóbal, que no había hecho más que hablar y fumar un par de cigarrillos liados en el sofá, dio un bote y se incorporó.
– ¡Acabo de acordarme!, ¡creo que tengo algo de ron!, gritó.
Tuvo que subir a casa de la vecina de arriba a por un refresco de limón o algo de coca cola. Volvió a bajar con gesto un poco contrariado. Dijo que habría que beberlo con agua y hielo, porque no tenía otra cosa. A mí el ron solo me pareció bien.
– Da igual, esta bien así. No me importa con hielo.
Y sirvió dos copas de una botella de etiqueta negra con tapón de corcho. Casi nunca habíamos tomado algo remotamente parecido a aquello, así que brindamos. Comencé a recordar que no debía acostarme muy tarde. Como recordarás, tenía pendiente escribir un artículo sobre fotografía y la generación beat para dentro dos días y no podía faltar si quería comer el mes siguiente.
– Llevo todo el día sentado en la mesa, desde que he vuelto, y solamente he sido capaz de escribir la palabra “introducción” para el artículo que tengo que entregar.
– No te preocupes hombre, seguro que más tarde te viene la inspiración, dijo Cristóbal degustando el sabor dulce de la bebida y contemplando el color marrón del vaso.
– Ya, pero es que llevo una temporada sin ser capaz de escribir nada realmente. Ni siquiera algo que considere basura. Nada.
– Bueno, eso realmente no es ninguna novedad. Nunca has sido capaz de escribir más de tres páginas buenas, sin ánimo de ofender.
– Tranquilo, hay confianza.
Y era cierto. Nunca había sido capaz. En el fondo me molestaba mucho. Él, que tenía tanta facilidad para realizar su trabajo, o los camioneros con los que había estado conviviendo el último mes. Se quejaban a menudo pero cumplían. Yo ni era bueno, ni tenía facilidad y me quejaba continuamente.
Lo que pasaba es que, no me sentía con fuerzas para nada desde hacía una temporada. Era como si todas las expectativas de una vida mejor o de planes de futuro se hubieran venido abajo de pronto. No tenía fe en nada y eso se plasmaba en todo cuanto hacía.
Cristóbal se levantó y me dijo que pasara a su habitación, donde el ordenador, quería enseñarme un blog de un tipo que había descubierto y que le parecía interesante. Yo la verdad es que me avergonzaba de haber tenido uno hacía un tiempo. Me parecía algo pretencioso. Un blog. A quién le importaría leer las chorradas y miserias de un tipo como yo. A mí desde luego que no.
– Fíjate que no hace otra cosa que fotografiar viejos en paradas de autobús. Me encanta este tipo. Las fotos me parecen cojonudas.
Yo tampoco veía nada realmente excepcional en ellas. Original, sí. Pero nada fuera del otro mundo.
– Y aquí, este es un video de Panero hablando con el cantante de rock del grupo Alaridos de Tormenta. Mira que mirada tiene el tío. Está completamente loco, ¿lo ves?
– Sí, sí que lo veo.
Y el tipo en cuestión parecía estar verdaderamente chiflado. La estrella de rock parecía medio descolocada en aquella conversación. A decir verdad, nunca entendí por qué una estrella del rock tenía que ser necesariamente un buen poeta. Son cosas completamente distintas.
– Tú hace mucho que no escribes nada. Y lo que escribes, no es como lo que hacías cuando estábamos en la universidad.
– Ya te dije antes, no sé qué me pasa. Simplemente, no tengo la necesidad de escribir, ni mucho menos las ganas de hacerlo. Y cuando lo hago, me parece una auténtica basura. Oye, ¿sabes algo de Kerouac? Tengo que escribir una especie de artículo para pasado mañana creo, y no tengo nada.
– Kerouac se fue a vivir a Barcelona. Que le den por culo. Si nunca hubieras sido capaz de escribir nada, me daría igual. No estaríamos teniendo esta conversación. De hecho casi seguro que no estarías aquí bebiéndote mi ron. Pero si fuiste capaz de hacerlo una vez, ¿por qué coño no puedes ahora?
No tenía respuesta para aquella pregunta. En verdad no lo sabía. Simplemente, había ocurrido.
– No lo sé Crist, no tengo respuesta para esa pregunta. ¿Me pones una última copa antes de irme?
Se quedó mirándome unos segundos y después, como si despertara de un sueño, reparó en mi vaso vac

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