avance Fuera de ruta

A partir del próximo miércoles 29 habrá más información sobre este último proyecto.

Fue regresando a Madrid desde Andalucía en varios viajes en autocar cuando comencé a fijarme en lo que está más allá de los márgenes de la carretera. Las primeras veces solía ir escuchando música durante las seis largas horas que dura el trayecto. Más tarde comencé a leer, despacio. Aprendí a hacerlo sin marearme. Llegó un día en el que me cansé de leer o escuchar las mismas canciones. Así que decidí, mientras me mata el tiempo, comenzar a mirar por la ventana de mi asiento, tal y como lo había hecho siempre de niño. De repente, un antigua obsesión que debía haber permanecido latente en mí, cobró vida de nuevo.
Veía el camino de asfalto como esa hipnótica serpiente del desierto de la que habló Jim Morrison en sus canciones. Era larga, sinuosa, se escurría entre las montañas, o las atravesaba directamente como una flecha. La carretera es un largo pasillo (bautizada por algunos con el horrible nombre de “no-lugar”) que conecta esos dos puntos cardinales que todos llevamos dentro (de donde venimos y hacia donde vamos). Comencé a medir el tiempo en función de la distancia a la que me encontrara de estos dos puntos. Pero, inevitablemente, un día, en mitad de ese periplo, apareció una nueva inquietud.
En medio de una de las tantas áreas de descanso que salpican toda la red de carreteras del estado español, el largo pasillo dejó de serlo para convertirse en la gran avenida de la que emanan cientos de miles de caminos secundarios que recorren todos los interiores del país, con nuevos puntos y destinos hasta los que poder llegar.
Ahora, observaba con otros ojos esas casas situadas lejos de la autopista, a los pies de las montañas y los pequeños núcleos de edificaciones que parecen decorar las interminables tierras de cultivo, en los campos. ¿Cómo se llega allí? Mi fascinación por todas estas vías secundarias (en ocasiones incluso terciarias) fue creciendo. Y de esta fascinación derivarían otras inevitables preguntas, ¿quién vive allí?, ¿cómo se vive allí?. Me imaginaba la vida, situado en una especie de atalaya donde lo único que cambia del paisaje día a día son las nubes del cielo (pero, ¿acaso no sucede lo mismo en la ciudad?).
Había surgido la fascinación por todo cuanto rodea la carretera y su continuo trasiego de gente: trabajadores, turistas o simplemente viajeros. Todos interactuan en un escenario que puede parecer obsoleto, inacabado o incluso abandonado (muchas veces es así). Pero, en verdad, son simplemente víctimas de nuestro viajar. Al pasar nuestras miradas una única vez por encima de estos lugares (y, normalmente, durante escasos segundos) no podemos ver todo lo que realmente sucede a su alrededor.
Con aires renovados y “whitmanianos”, la cámara fotográfica en una mano y un ejemplar de “Hojas de hierba” en la otra, quise salir ahí fuera, a recorrer algunos de estos caminos. Ir más allá de las vallas y alambradas que no detuvieron a Fay Godwin en su día. Adentrarme hasta donde la calavera con dos tibias cruzadas marcan el final del camino. Y fotografiarlo.
Gente como Robert Frank y Kerouac (entre otros muchos) me irían marcando el camino.
 

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