Archivos mensuales: febrero 2012

avance Fuera de ruta

A partir del próximo miércoles 29 habrá más información sobre este último proyecto.

Fue regresando a Madrid desde Andalucía en varios viajes en autocar cuando comencé a fijarme en lo que está más allá de los márgenes de la carretera. Las primeras veces solía ir escuchando música durante las seis largas horas que dura el trayecto. Más tarde comencé a leer, despacio. Aprendí a hacerlo sin marearme. Llegó un día en el que me cansé de leer o escuchar las mismas canciones. Así que decidí, mientras me mata el tiempo, comenzar a mirar por la ventana de mi asiento, tal y como lo había hecho siempre de niño. De repente, un antigua obsesión que debía haber permanecido latente en mí, cobró vida de nuevo.
Veía el camino de asfalto como esa hipnótica serpiente del desierto de la que habló Jim Morrison en sus canciones. Era larga, sinuosa, se escurría entre las montañas, o las atravesaba directamente como una flecha. La carretera es un largo pasillo (bautizada por algunos con el horrible nombre de “no-lugar”) que conecta esos dos puntos cardinales que todos llevamos dentro (de donde venimos y hacia donde vamos). Comencé a medir el tiempo en función de la distancia a la que me encontrara de estos dos puntos. Pero, inevitablemente, un día, en mitad de ese periplo, apareció una nueva inquietud.
En medio de una de las tantas áreas de descanso que salpican toda la red de carreteras del estado español, el largo pasillo dejó de serlo para convertirse en la gran avenida de la que emanan cientos de miles de caminos secundarios que recorren todos los interiores del país, con nuevos puntos y destinos hasta los que poder llegar.
Ahora, observaba con otros ojos esas casas situadas lejos de la autopista, a los pies de las montañas y los pequeños núcleos de edificaciones que parecen decorar las interminables tierras de cultivo, en los campos. ¿Cómo se llega allí? Mi fascinación por todas estas vías secundarias (en ocasiones incluso terciarias) fue creciendo. Y de esta fascinación derivarían otras inevitables preguntas, ¿quién vive allí?, ¿cómo se vive allí?. Me imaginaba la vida, situado en una especie de atalaya donde lo único que cambia del paisaje día a día son las nubes del cielo (pero, ¿acaso no sucede lo mismo en la ciudad?).
Había surgido la fascinación por todo cuanto rodea la carretera y su continuo trasiego de gente: trabajadores, turistas o simplemente viajeros. Todos interactuan en un escenario que puede parecer obsoleto, inacabado o incluso abandonado (muchas veces es así). Pero, en verdad, son simplemente víctimas de nuestro viajar. Al pasar nuestras miradas una única vez por encima de estos lugares (y, normalmente, durante escasos segundos) no podemos ver todo lo que realmente sucede a su alrededor.
Con aires renovados y “whitmanianos”, la cámara fotográfica en una mano y un ejemplar de “Hojas de hierba” en la otra, quise salir ahí fuera, a recorrer algunos de estos caminos. Ir más allá de las vallas y alambradas que no detuvieron a Fay Godwin en su día. Adentrarme hasta donde la calavera con dos tibias cruzadas marcan el final del camino. Y fotografiarlo.
Gente como Robert Frank y Kerouac (entre otros muchos) me irían marcando el camino.
 

uno de esos pequeños secretos

te preparas una bebida o algo que ayude a relajarte y conectarte con “eso”,
después le das al botón de “play”,
después empiezas a oír como la guitarra acústica marca el camino de entrada,
después escuchas ese fraseo de guitarra eléctrica lamentándose

y después
comienzas a escribir, durante una hora, sobre fotografía documental,

no falla, hazme caso.

Kerouac se fue a vivir a Barcelona

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Si quieres, puedo contarte cómo fue aquel día en que decidí intentar conocer a alguien como tú. Más bien sería cómo decidí conocerte a ti.

Todavía recuerdo el sabor a fuego en mi boca de aquella noche. Como si hubiera sido la noche anterior a esta.
El caso es que yo llegué a casa de Cristóbal, un compañero mío del jardín de infancia. Llegué a su casa con cuatro cigarros que había comprado en la tienda de chinos de debajo de su casa por uno con veinte. Cuatro cigarros y una botella de cerveza. El caso es que llegué hasta su portal, y llamé al telefonillo.
– Soy yo, dije.
– ¿Has encendido la luz?
Se refería a la luz de las escaleras, que se enciende con un botón que siempre olvido que está justo debajo de los buzones, en el portal.
Cuando entré, su casa estaba absorbida por una oscuridad completamente doméstica, como si en vez de encender luces en aquella casa, éstas se apagaran para crear ambiente. Aquello me gustaba mucho. Su cuarto quedaba iluminado únicamente por la pantalla de un ordenador, en el que más tarde aquella noche nos dedicaríamos a ver vídeos y poemas de Leopoldo Panero y demás amantes de la locura. Cristóbal estaba en la cocina terminando de prepararse un sándwich de ensaladilla que iba a ser su cena.

Nos sentamos en el salón, yo abrí mi botella de cerveza, le di un trago y encendí uno de mis cigarrillos. Él comenzó a hablarme de su trabajo. Por aquella época, estaba trabajando en la televisión estatal. Un programa de agenda cultural y chismorreo. Por lo menos, decía él, siempre le tocaba realizar su pieza del día sobre temas más llevaderos como conciertos de rock, entregas de premios o estrenos de cine. Aquello era mucho mejor que hablar sobre tonadilleras revientabraguetas y divorcios de famosos. A mí me parecía un buen trabajo igualmente, aunque de estar en su lugar, hubiese preferido los temas que él trataba.
Yo acababa de volver de tres semanas fuera, rodeado de camiones y aburridos almacenes de empresas de transporte, así que comentamos las novedades de las dos últimas semanas en la ciudad. Decepciona un poco ver que cuando regresas de estar ahí fuera, todo sigue igual en el sitio de donde has salido. Siempre esperaba que me contara alguna especie de Apocalipsis o revolución sangrienta.
Al parecer, seguía bastante enamorado de su última chica. Aunque quizás algo menos de lo que yo esperaba. Eso estaba bien, pensé. Iba por el buen camino.
En cierto momento, Cristóbal, que no había hecho más que hablar y fumar un par de cigarrillos liados en el sofá, dio un bote y se incorporó.
– ¡Acabo de acordarme!, ¡creo que tengo algo de ron!, gritó.
Tuvo que subir a casa de la vecina de arriba a por un refresco de limón o algo de coca cola. Volvió a bajar con gesto un poco contrariado. Dijo que habría que beberlo con agua y hielo, porque no tenía otra cosa. A mí el ron solo me pareció bien.
– Da igual, esta bien así. No me importa con hielo.
Y sirvió dos copas de una botella de etiqueta negra con tapón de corcho. Casi nunca habíamos tomado algo remotamente parecido a aquello, así que brindamos. Comencé a recordar que no debía acostarme muy tarde. Como recordarás, tenía pendiente escribir un artículo sobre fotografía y la generación beat para dentro dos días y no podía faltar si quería comer el mes siguiente.
– Llevo todo el día sentado en la mesa, desde que he vuelto, y solamente he sido capaz de escribir la palabra “introducción” para el artículo que tengo que entregar.
– No te preocupes hombre, seguro que más tarde te viene la inspiración, dijo Cristóbal degustando el sabor dulce de la bebida y contemplando el color marrón del vaso.
– Ya, pero es que llevo una temporada sin ser capaz de escribir nada realmente. Ni siquiera algo que considere basura. Nada.
– Bueno, eso realmente no es ninguna novedad. Nunca has sido capaz de escribir más de tres páginas buenas, sin ánimo de ofender.
– Tranquilo, hay confianza.
Y era cierto. Nunca había sido capaz. En el fondo me molestaba mucho. Él, que tenía tanta facilidad para realizar su trabajo, o los camioneros con los que había estado conviviendo el último mes. Se quejaban a menudo pero cumplían. Yo ni era bueno, ni tenía facilidad y me quejaba continuamente.
Lo que pasaba es que, no me sentía con fuerzas para nada desde hacía una temporada. Era como si todas las expectativas de una vida mejor o de planes de futuro se hubieran venido abajo de pronto. No tenía fe en nada y eso se plasmaba en todo cuanto hacía.
Cristóbal se levantó y me dijo que pasara a su habitación, donde el ordenador, quería enseñarme un blog de un tipo que había descubierto y que le parecía interesante. Yo la verdad es que me avergonzaba de haber tenido uno hacía un tiempo. Me parecía algo pretencioso. Un blog. A quién le importaría leer las chorradas y miserias de un tipo como yo. A mí desde luego que no.
– Fíjate que no hace otra cosa que fotografiar viejos en paradas de autobús. Me encanta este tipo. Las fotos me parecen cojonudas.
Yo tampoco veía nada realmente excepcional en ellas. Original, sí. Pero nada fuera del otro mundo.
– Y aquí, este es un video de Panero hablando con el cantante de rock del grupo Alaridos de Tormenta. Mira que mirada tiene el tío. Está completamente loco, ¿lo ves?
– Sí, sí que lo veo.
Y el tipo en cuestión parecía estar verdaderamente chiflado. La estrella de rock parecía medio descolocada en aquella conversación. A decir verdad, nunca entendí por qué una estrella del rock tenía que ser necesariamente un buen poeta. Son cosas completamente distintas.
– Tú hace mucho que no escribes nada. Y lo que escribes, no es como lo que hacías cuando estábamos en la universidad.
– Ya te dije antes, no sé qué me pasa. Simplemente, no tengo la necesidad de escribir, ni mucho menos las ganas de hacerlo. Y cuando lo hago, me parece una auténtica basura. Oye, ¿sabes algo de Kerouac? Tengo que escribir una especie de artículo para pasado mañana creo, y no tengo nada.
– Kerouac se fue a vivir a Barcelona. Que le den por culo. Si nunca hubieras sido capaz de escribir nada, me daría igual. No estaríamos teniendo esta conversación. De hecho casi seguro que no estarías aquí bebiéndote mi ron. Pero si fuiste capaz de hacerlo una vez, ¿por qué coño no puedes ahora?
No tenía respuesta para aquella pregunta. En verdad no lo sabía. Simplemente, había ocurrido.
– No lo sé Crist, no tengo respuesta para esa pregunta. ¿Me pones una última copa antes de irme?
Se quedó mirándome unos segundos y después, como si despertara de un sueño, reparó en mi vaso vac

Octavius Benjamin, pintor

Octavius Benjamin se acostó aquella noche sin poder evitar sentir una leve punzada de dolor en la espalda. “Otra vez el maldito reúma”, pensó, “¿dónde dejé aquellas pastillas que me recetó el doctor Fried?”. También pudiera ser que el sentimiento físico de dolor (dolor leve, pero dolor al fin y al cabo) fuera causado por un estremecimiento en el inconsciente. Esas cosas que a uno no le dejan dormir y deciden incordiar provocando esos ligeros achaques. Mala conciencia le llaman. Pero, tratar de discernir las razones de un dolor estúpido buscando la explicación en causas psicológicas es como adentrarse en una biblioteca repleta de libros hasta arriba y querer buscar un volumen concreto sin consultar en el archivo. Pudiera ser que siguiera alterado por el reciente anuncio del enlace de Miss Margaret Lange, su amor secreto e inconfesable. O, tal vez, todas estas noticias alarmantes que sugerían la posibilidad de que una gran guerra entre naciones estaba próxima (aunque, pensándoselo dos veces, Octavius concluyó que la situación mundial le importaba poco más que un pimiento). Sin lugar a dudas, debía ser algo que le afectase más directamente. Un problema de tal magnitud que, de seguir por esta trayectoria, acabaría teniendo consecuencias fatales y terribles. Sin duda, pensaba, era por los serios problemas financieros que estaba atravesando su pequeño negocio.
Y qué exageración era llamar “pequeño negocio” al humilde local que alquilaba para su humilde estudio de pintura. A penas tenía lugar para una salita en la que recibir a los escasos clientes, una mesa y una silla con un gran cuaderno y una pluma con la que llevaba las fáciles cuentas del negocio (que en los últimos meses se habían ido limitando poco a poco a la suma de una mínima cantidad por el encargo de algún retrato). Y todo ello por culpa de ese absurdo de invento francés. ¿Cómo es eso de atrapar la luz por medio de la química? ¿Y la parte de dibujar con la luz? ¿Qué hay del color? Gracias a dios, eso era lo que todavía salvaba su carrera. Octavius era uno de los últimos maestros del lienzo y el color. Había aprendido de los mejores pintores expresionistas de París y ahora, como el camaleón que se adapta para sobrevivir, había adoptado esa técnica para realizar sus retratos realistas para la burguesía de Londres. ¡Quién necesitaba la fotografía o esos malditos daguerrotipos!
Pero, por desgracia, a veces al ser humano no le ha quedado otra salida posible para su supervivencia que la de evolucionar y ser capaz de ir un paso más allá. Muchas veces contra sus propias creencias. Así que, nadie del círculo de amigos y colegas de Octavius Benjamin (ni tan siquiera él mismo) se sorprendió cuando, finalmente, terminó adaptando su pequeño negocio de retratos pintados al óleo al de un estudio fotográfico más.
La historia ganó un nuevo fotógrafo al que alimentar, pero perdió un gran artista del pincel.