Caleidoscopio

Al final, eran tres gotas de agua que terminaron siendo sólo una. Y qué, pensó. Cada universo actuará según su propia conciencia que le mueve a lo largo y ancho de esta errática galaxia grande. Total, las gotas de lluvia se descuelgan de la propia lluvia per se. Y vuelven a sus hogares, las grutas subterráneas llenas de agua. Pero las estrellas siguen, sin embargo, su curso a través de la interminable bóveda oscura y nunca regresan al lugar que les viera nacer. Viajan mientras el sol aguarda oculto al otro lado de este gran pedazo de arena y barro y agua. El día que las oyéramos quejarse por ello, por su viaje, por su propia actividad per se, sabría que el balance entre el fuego y el agua se está terminando de romper, que los astros estarían abriendo sus tripas y dejando al aire todo su interior, todo magma y todo fuego y ya nada sería igual. Entonces es cuando nosotros, los meteoros, saldríamos escapados de este anormal sistema galáctico.
El día que el hijo gallego pródigo regresó a su casa, con barba blanca, para embaucarnos a todos, los pocos insensatos que quedamos en este mundo, en otra de sus absurdas aventuras, abrí el buzón y recogí una carta. Desgraciadamente, no iba dirigida a mi. Tampoco a ninguno de mis familiares. La dirección estaba escrita a mano, con una caligrafía horrorosa que me hacía pensar en una persona mayor. Me fijé en que el trazo del cinco estaba tan mal hecho, que bien podría haber pretendido ser un tres. Quizás ahí estuviera el problema. Quizás la gente diga A cuando quiere decir B o diga cinco en vez de decir tres. Apesadumbrado por este breve, cotidiano e insulso descubrimiento me introduje en la cápsula elevatoria masticando un pedazo de pan caliente.

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