El fracaso y la torpeza en su trabajo

Robert Frank,

Nació en Zürich (Suiza) en 1924 en el seno de una adinerada familia judía que tras la I Guerra Mundial se había trasladado a vivir allí. Se ha comentado siempre que su afición a la fotografía le vino por una fuerte animadversión a la forma de ganarse la vida de su familia, que él detestaba, dedicada desde siempre a los negocios. Quizá por este u otros motivos acabó yéndose a vivir a los Estados Unidos en 1947. Antes había realizado algunas fotografías en su Suiza natal (naturaleza, fauna… etc) donde había aprendido el oficio siguiendo el rastro de otros artistas como Michael Wolgsensinger. Su primera colección de estas primeras fotografías se tituló “40 Fotos” y lo publicó él mismo, como acostumbraba a hacer, componiendo y preparando de manera artesanal el libro.

Ya instalado en Nueva York, trabajó para Harper’s Bazaar y realizó viajes (1948-1951) por Perú, Bolivia, Francia y España tomando fotografías con su cámara Leica. Fruto de uno de estos viajes a Perú, publica su segundo libro, con un escaso éxito de crítica, algo a lo que rápidamente se acostumbraría en su carrera. A principios de los años 50 conoce a Steichen (director del MOMA por entonces) y gracias a ello, Robert fue incluido en la exposición 51 American Photographers. Posteriormente, continuaría viajando, sobre todo a París y entraría en contacto con otros medios y publicaciones. De esta manera, haría reportajes para las revistas McCall’s, Vogue o Fortune. Uno de los años más decisivos de su vida como profesional sería 1955, en el que se le concede una beca de la Fundación Guggenheim, gracias en parte al informe favorable que un fotógrafo de gran renombre como Walker Evans emitió sobre Robert Frank. Esta beca le permitirá viajara durante un par de años por todo Norteamérica con el único objetivo de fotografiar cada uno de sus rincones. A la vuelta, con unas 28000 imágenes tomadas, la Fundación Guggenheim se mostraría horrorizada con el material, las imágenes eran demasiado explícitas y mostraban la soledad, la alienación del individuo americano así como las tensiones sociales y raciales de la época. En definitiva, un país que aparentaba complacencia y satisfacción y tras el que se ocultaba, después de rascar un poco en la superficie, una auténtica sensación de desengaño e impotencia de los jóvenes ante la nueva sociedad de consumo.

Pese a que en principio no pudo encontrar editor, logra publicar “The Americans” en Europa (París) en 1958, y posteriormente en 1959 en los Estados Unidos. El volumen incluiría un prólogo escrito por el mítico escritor de la generación beat, Jack Kerouac. Esta obra sería menospreciada por la crítica, debido en parte a que las 83 fotografías, publicadas en blanco y negro, fueron consideradas como un ataque sistemático contra la nación estadounidense. No obstante, pese a las malas ventas iniciales; exposiciones como la organizada por Steichen (“The Family of Man”, 1955) y el libro de William Klein, “New York” (1956) habían comenzado a cambiar la sensibilidad fotográfica del aficionado años antes y éste ahora estaba más abierto a contemplar imágenes con temas que hasta el momento habían sido considerados “tabú”, así como nuevas técnicas de composición, puntos de vista atípicos y un uso de la luz novedoso. Finalmente Robert Frank acabó teniendo el reconocimiento del público y fue homenajeado con varias exposiciones en Chicago y en el MOMA.

Amigo de pintores del expresionismo abstracto, Robert busca en su obra una pureza primitiva, una manera de trabajar alejada de sofisticaciones y de la perfección tradicional, admitiendo en ocasiones el fracaso y la torpeza en su trabajo. El hecho de utilizar una cámara Leica le permite realizar fotografías de situaciones comprometidas que no podrían haber sido tomadas con una cámara de mayor formato. Esto implica un sacrificio en cuanto a la calidad técnica. Sus fotografías tienen demasiado grano en ocasiones y trabajaba en condiciones muy precarias de luz. Con todo ello, la melancolía, la soledad o el gusto por el dinero que reflejan sus tomas es bastante notable.

Durante 1960 y 1972 se dedicaría al cine, realizando documentales y, en ocasiones, cine experimental. “Pull My Daisy” (1959) en colaboración con autores de la generación beat (Kerouac, Allen Ginsberg, Gregory Corso entre otros), “The Sins of Jesus” (1961) y “Conversations in Vermont” (1969) o un documental para los Rolling Stones (1972).

A su vuelta a la fotografía publicaría “The Lines of my Hand” con un marcado carácter autobiográfico, utilizando técnicas como el collage e imágenes con contenido narrativo. Hacen aparición en su obra las notas escritas a mano, los negativos rotos o rasgados; todo con un sentido muy experimental, como ya hiciera en el cine. Su obra adquiere un tono aparentemente descuidado, alejándose del estilo documental que le diera a conocer y acercándose más al de la poesía.

 

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