La araña, la archiduquesa, el castillo y el violín

Es fácil fijarte en la araña según ésta va trepando por la pared del castillo, lanzando de tirón en tirón chorros de su tela de araña que se impregna en todos los huecos, mientras la observan desde el balcón, arriba, los marqueses, el duque y su señora y la joven archiduquesa a espera de un pretendiente lo bastante bueno para ella. Está triste porque el último, resultó no ser lo que prometía ser, ¿y quién lo es? Yo desde luego, tampoco. Se fugó cuando vino por aquí el circo ambulante del mago Roco, famosísimo mago venido desde las lejanas altas tierras del este, nacido según cuentan en un inhóspito pueblo de Rumanía y en la frontera con Transilvania. Se fugó con él y su troupe y se hizo malabarista, con pepinos y zanahorias lo cual siempre había sido su gran fantasía desde pequeñito. Ahora la archiduquesa llora. Ahora ya no llora. Ahora se ha enfadado y mira con rencor, odio y cierto grado de miedo todo aquello que se asoma delante del resquicio de la puerta de su alcoba y lo mira a través de un espejo de su mesita tocador que coloca entre el hueco de la puerta y el frío suelo de mármol. Y todo le parece oscuro, perverso, necio. Tonto. Por eso se peina su larga cabellera de más de medio metro de longitud en una larga trenza que la recorre la espalda y lleva una bonita peineta con la forma de una mariposa o una golondrina que le regaló un tío suyo cuando ésta era chica. El miedo siempre seguirá allí, pero la peineta también y le salvará de los monstruos de la noche y de lo desconocido. El mago hace su aparición blandiendo la Fría Espada de Hielo y pronuncia un sortilegio mágico para tratar de conseguir que la archiduquesa se enamore locamente de él, pero no lo consigue y solamente logra subir aún más los impuestos. Cuentan que igualmente, un político trató de subir los impuestos y la gente se enamoró ciegamente de él, para siempre. Son pequeñas cosas de la vida. Bastones de hechicero cambiados por error en la tintorería o vete a saber qué. La araña logra alcanzar la mano de uno de los duques, y le muerde y le pica. La niña se ríe, el viejo grita, pero no de dolor, sino de miedo y sorpresa. Jamás pensó que una insignificante araña se atrevería jamás a poner una sola pata encima de Su Real Mano. Menos aún las ocho. La araña es condenada a descender haciendo largo violento puenting abajo desde lo alto de la pared del castillo, en el torreón real hasta la verde, fría y fresca yerba del suelo, a la ribera del río. La archiduquesa lo observa todo, aburrida, sus sueños ya no pertenecen a este absurdo reino de lo Plasta y lo Pelmazo. Lo piensa mientras el cielo es atravesado por cuatro unicornios con los colores de la bandera de la libertad y vuelan desplegando enormes y hermosas alas de plumas negras que contrastan con sus coloridas pecheras. Aquel caballo le recuerda al viejo bibliotecario del pueblo, que no hace más que fumar en pipa y maldecir continuamente su suerte. Odia ser el bibliotecario, pero odiaría ser cualquier otra cosa que no fuera él. Nadie se atreve a entablar conversación. Nadie jamás osa retirar un volumen del edificio. No con él. El unicornio alado (o pegaso cornamentado) es igual que ese viejo. Tenía un sobrino que jugaba con ella cuando eran niños. Luego creo que tocó el violín, y tuvo un accidente y se quedó ciego y tuvo que salir a ganarse la vida, dicen. Hoy en día se le oye por las montañas, ciego, solo, tocando siempre el viejo violín de madera de roble. Buscando un camino y, si puede ser, algo rico y bueno de comer.
Así que, ya sabes, si alguna vez pasas cerca de ese castillo, te animo a que te acerques y les hagas una visita a mis amigos. Son raros, pero originales y divertidos, unos cielos de personas. Menos el bibliotecario. Y si pasas cerca del río, ten cuidado de no pisar ninguna araña. No olvides tu Paraguas Para Lluvias Ácidas Color Melón y sonríe al pajarito a la entrada. Sé feliz y paga tres con cincuenta a la salida si fuera que quieres la foto de recuerdo. Dile a la archiduquesa que, pocas veces, la sigo echando de menos, pero son las normas del juego, ni ella ni yo decidimos que fuese de esta manera.

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