Lo que ve Yashica

¡Así que entonces, dime tú, ¿cómo se supone que voy a saberlo?!
Tú, que paseas por la calle, pavoneándote sin decir siquiera “esta boca es, o ha sido, o será mía”. Tú, que te enorgulleces de todos los éxitos logrados y, más aún, de todos los fracasos que he conseguido a base de tesón, poco esfuerzo, mucha cabezonería y mucho caos. ¿Serías capaz de decirme cómo quieres que sepa cuál es el siguiente paso a dar?
No lo harás, pero no porque no quieras hacerlo. Estás deseando hacerlo; deseando soltarlo por el pico, tú y todos los que sois como tú. No lo harás porque, realmente no cambiará para nada esta situación.
¿Me enorgullecen mis fracasos? Claro que no, pero no los olvidaré. No tan fácilmente. No de una manera tan barata como parece ser hoy en día que son casi todas las cosas. Tenemos ropas baratas, vuelos en avión baratos, medicamentos baratos, amor del barato -que no del bueno- y, por supuesto, olvidos baratos. Pocas cosas valen ya hoy más de lo que costó fabricarlas. Cemento fresco de baja calidad. Y el mundo se desmorona y los edificios caen… ¡cuidado!
¿Qué se supone que debe hacer pues un tipo como yo para llevar una vida? No hablo si quiera de una vida feliz, me refiero simplemente, a “llevar una vida” en el sentido literal. Buscaré un buen empleo, pero antes, déjame que te plantee yo ahora mis normas o reglas del juego.
No me gusta ninguno. Ningún empleo es bueno. No hay que confundir el término “empleo” con “trabajo”. Ni si quiera existe un trabajo bueno. Hay algunos que parecen rozar un poco, con la punta de los pelos del flequillo de James Dean, esa falsa e ingenua “bondad”. ¿Qué sentido tiene para un ser humano realizar la misma acción durante todos y cada uno de los días de su vida? Hablo de una acción completamente repetitiva. Día tras día. Y que además no te produce ninguna satisfacción personal. Y al día siguiente. Y te entran temblores en la tripa al despertarte por la mañana pensando que tendrás que estar ahí. Todo el día, y al otro. Y al siguiente también. Eso tiene un nombre y fue abolido en gran parte del planeta a mediados del siglo pasado. Por desgracia, no del todo, y en ciertas ocasiones sigue manifestándose, quizás más cerca de lo que nos creemos.
No hablaré en nombre de toda la humanidad, porque obviamente, el título me viene gigante. Hablaré en mi nombre, por una vez en la vida y enfrentándome una vez más a mis contra-adicciones y mis realidades quizá sean mañana las encargadas de devolverme mis palabras en forma de bofetón redondo. No me gusta eso. Yo no quiero eso. Yo detesto eso.
¿Cómo te sentirías entonces? ¿Te gustaría verme acabar así el resto de mis días? Encadenado por los pies, con el pelo afeitado o cortado al rape completamente. Con heridas y arrugas. Con una mirada gris y un traje aún más gris. ¿Eso es lo que quieres?
Estoy seguro de que prefieres otras cosas, si miras en tu interior, sabrás cuáles son. Y si tienes el valor y el arrojo necesarios, sabrás ir detrás de ellas.
Por el momento, no perderé el tiempo en molestarme a mí mismo. No merece la pena, de verdad. Habrá cosas más importantes que hacer a partir de mañana. Tal y como decía Durden en “El Club de la Lucha”, “mañana comienza el resto de tu vida”.
Todo esto, estas idas y venidas. Como subir y bajar en el mismo puto ascensor. Siento como que mi vida es llevar un traje rojo, un gorrito apretado a la barbilla, y un traje con muchos botones dorados y lo único que tengo que hacer es preguntarle a la gente “¿qué piso, señor?” y apretar el puñetero botón hasta llegar a nuestro destino. Y el ascensor funciona día y noche, día y noche día y noche. Sin parar. Es como para volverse loco de remate. Espero que mis días estén contados desde ya. Porque, si me preguntaran si quisiera continuar en esta situación (por ejemplo) tres meses más. Joder, diría que por nada del mundo. Así de franco. Lo siento.
¿Qué otra cosa podría hacer? Buscar una buena chica. ¿Y qué se supone que haría con una buena chica? (otra vez las citas cinematográficas). ¿Qué se supone que tenemos que hacer entre nosotros? Amarnos, respetarnos. La televisión y el cine y la música nos ha dado la peor lección que nos podían haber dado. Por eso hay que hacer más caso a los profesores y convertirse en un amargado desde jovencito. No hay que caer en el error de presumir. No hago caso en clase, veo la televisión. Te idiotizan. Te enseñan a pensar en que el amor es algo eterno. “Fuimos novios durante casi ocho años y después [ella sonríe mientras él la sostiene de la mano y a su vez también sonríe], nos casamos. ¡Simplemente nos queremos, así de sencillo!”.
¡Así de sencillo! Válgame dios. Y dime Lucy, ¿has pensado también en lo mucho que le seguirás queriendo cuando se te empiecen a caer las tetas y tu culo comience a engordar y él se fije en su joven alumna de post-grado?
Nos mienten, nos drogan con drogas de las malas (de las que no se sienten ni te hacen nada a primera vista) y con sus efectos especiales nos engañan y nos van embotando. Y todo cuanto nos queda, al final del camino, es poder seguir viendo programas en la televisión, series de historias increíbles que nos “atrapan” por unos instantes “transportándonos” a una vida lejana y nos sumergen en sus tramas “complejas” con giros de guión completamente “inesperados”. Pero la vida real debe de ser otra cosa, creo yo.
En la vida real nadie te llorará mas de dos o tres días seguidos. A no ser que hayas sido muy importante (como el puto Michael Jackson, por ejemplo). Cuanto antes te metas esta idea en la cabeza, mejor.
Así que, volvamos al principio. ¿Qué se supone que debería hacer?, ¿quieres que te agrade, que te haga más feliz la existencia?, ¿que te de palmitas? Lo siento, no estoy aquí para eso.
Dedicad
o a la persona que más quiero en este mundo.

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