Sobre la fotografía VI – Un mundo de imágenes

En el último de sus ensayos sobre la fotografía, Susan Sontag hace una reflexión acerca de cómo ha evolucionado nuestra manera de ver el mundo por medio del fenómeno de la fotográfico. Lo que en tiempos de Platón eran dos conceptos diferentes -imagen y realidadcomenzó a desintegrarse con el nacimiento de este sistema de captura de imágenes.

De la misma manera que se quebraban los principios religiosos y antiguas creencias en el siglo XIX, la fotografía entró en nuestra vida cotidiana en el momento preciso y ha convertido nuestro mundo y nuestras vidas en un mundo y una vida de imágenes continuas. En las sociedades capitalistas este hecho, pienso, se acentúa más si cabe por la presencia de la publicidad. Pocos son los comerciales que, emulando al pasado, hacen acopio de sencillas ilustraciones para anunciar sus productos -esto no quiere decir, ni mucho menos, que la ilustración esté condenada a una posible extinción, ya que ilustración y fotografía siempre se han entendido bien en el terreno de la publicidad- y se hace mucho más natural conocer de ante mano, incluso hacernos una idea del tamaño, la textura o el tacto de un objeto que vamos a adquirir por haberlo visto antes en fotografía o televisión. (La televisión no fue más que una evolución natural del mismo proceso fotográfico. La televisión, mejor dicho, el cine no es más que fotografía en movimiento, grandes juguetes de la ciencia moderna).
Antiguamente, se tenía la creencia de que un dibujo, una representación gráfica (aunque fuera básica) guardaba, en cierta manera el “aura” o el espíritu de lo representado; podía ser una persona, o un animal o cualquier otra cosa. Hoy en día, es la fotografía la que ha ocupado ese puesto. Nadie rompería o pensaría jamás en romper una fotografía de un ser querido. Incluso ante el hecho de hacerlo de una manera completamente clandestina, sin testigo aparente, tendríamos sobre nosotros esa sensación de culpabilidad, si es que realmente la imagen representaba algo de cierto valor para nosotros. Las imágenes en fin, se han implantado en nuestro cerebro. Pienso que el mundo, la humanidad, antiguamente tenían una mente más “literaria” o de palabras. Las historias se contaban; las personas eran descritas de boca en boca así como sus hazañas, los libros rara vez venían ilustrados… etc., etc. Hoy en día, el más mínimo detalle de la vida está a expensas del objetivo de una cámara. Como sacada de un cuento de terror de George Orwell se tratara, la sociedad vive ahora delante de una cámara permanente que captura todos sus movimientos. Y estamos perfectamente acostumbrados a tal hecho.
La fotografía, como pensaba Barthes en su “cámara lúcida”, tiene cierto halo de extrañeza, misterio y romanticismo a su alrededor. Captura físicamente la esencia, los rayos de luz que proyectan nuestros cuerpos. Más bien son nuestros propios cuerpos los que dejan su huella o impronta en un material fotosensible. El fotógrafo, en el mejor de los casos únicamente decide el encuadre y el instante o pedazo de la historia que quiere coleccionar o diseccionar. En la mayoría de los casos atrapará 1/125 de segundo, quizás 1/60 o puede que medio segundo o hasta un segundo completo (que da para muchos pedazos de historia). Esa marca nuestra queda irremediablemente plasmada, en forma de imagen latente. El resto, lo ponen Niépce, Daguerre, Talbot y otros muchos más. Pero el principio básico, pienso, es una simple regla física del universo. Igual que las manzanas que caen de los árboles. La mano del hombre -en origen- no trastoca ni “recoge” halos de luz de un cuerpo y los plasma en el papel. Una fotografía es, en consecuencia, una copia de una copia de una huella. Cabría pensar si, posiblemente, todas esas huellas que vamos dejando por el mundo realmente son imágenes latentes que quedaran plasmadas allá por donde pasamos. Es decir, está prácticamente demostrado que una superficie como, por ejemplo, el acero no es fotosensible. No se plasma ninguna huella -hablo ahora de huella en el sentido tradicional- si un objeto se coloca encima de este material y se deja expuesto a la luz. No obstante, nuestra propia piel si es sensible a la luz (hecho constatado cada mes de octubre, al volver a ponernos ropa encima y comprobar como se nos va yendo el moreno). Si llevamos un reloj en la muñeca, la huella de ese reloj queda grabada en nuestra propia piel. ¿No podría ser que ocurra algo similar con todo cuanto nos rodea? ¿Con todas las personas con las que nos cruzamos y los sitios que visitamos? Que miles de millones de pequeñas o grandes imágenes latentes estén a lo largo de nuestra vida quedándose en nuestro propio cuerpo. Y, de la misma manera queden también en todo cuanto nos rodea, en el suelo que pisamos, las paredes por las que andamos.
Esa sería una idea bastante original, en mi opinión, de un mundo de imágenes.

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