pequeñas divagaciones esperando a que me atiendan

estaba en la cola, esperando a pagar en esta tienda y acordándome de jerry garcía, los dead y el ácido lisérgico. la persona que tenía delante, un tipo corpulento aunque no demasiado alto, se quejaba por la espera. a mi me dolía a horrores la cabeza desde hacía dos días y quería terminar y largarme de allí cuanto antes, ya que aún debía volver -atravesando media ciudad- hasta mi casa. finalmente, el hombre-corpulento se dio media vuelta y, cansado supongo de dirigir sus lamentos y quejas hacia el vacío espacial, se fijó en mí y sacudiendo algo que tenía en su mano delante de mis narices, dijo:
– podría leerme este libro entero mientras espero a que me atiendan, chico.
el libro en cuestión, era muy delgado, calculo que no ocuparía más de cien páginas de tamaño cuartilla. lo que suele decirse “material ligero”. tenía las tapas blancas y pude apreciar -pese a los movimientos vaivenosos de la mano del gordo- que tenía una sencilla ilustración en rojo de un megáfono de esos antiguos que se utilizaban en los rodajes de películas en blanco y negro. aquel hombre ya me tenía enganchado y no iba a soltarme tan fácilmente. pensaba cobrarse en mí todos y cada uno de los minutos que tuvieran que pasar hasta que le tocara pagar.
– este libro, creo que es lo que han debido darles a las gentes en todos esos países árabes que se están sublevando semana tras semana. acaban de traducirlo al español. lo vi en parís la semana pasada. costaba unos dos euros más o menos. ¿y qué precio crees que tiene aquí? cinco euros. resulta, cuanto menos, indignante.
“siempre pudiste haberlo fotocopiado”, pensé. seguramente no hubiese costado más de una veintena de folios y diez minutos de paciencia. un poco más de lo que llevábamos esperando. me fijé en que el libro tenía escrito el escueto y enigmático título de “¡indignaos!”, tal y como suena. aquel hombre me contó que era un manual para la insurrección pacífica, si es que puede existir. yo pienso que una insurrección, tarde o temprano -y no necesariamente por culpa de los propios insurrectos, o sí- tiene que dejar de ser pacífica. si no, pierde interés. otra cosa es ir pidiendo cabezas por la plaza. yo que sé, ya estoy hablando de lo que no sé. cada cual tendrá sus razones en la vida para elegir ketchup o mostaza.
– y a los reyes, se les recibe siempre con grandes despliegues militares, y banderas y trompetas y de todo.
– es que, eso es lo que les pone, tío – dije yo, rascándome la cabeza como cuando no sé bien qué decir o que esperan que diga.
– debe ser así. pero luego, a nosotros, al pueblo quiero decir, nos venden no sé, la falsa idea de que todo está perfecto, como cuando vi al rey por televisión en otro día.
– nos venden la moto.
– correcto, nos venden la moto chaval, bien dicho.
– una muy cara además. como una triumph bonneville quinientos cc, o una harley recién salida de un garage de milwaukee.
un pequeño escalofrío, de excitación y alegría recorrió mi espina dorsal de arriba hasta ahí abajo. era la primera vez, creo, que alguien mayor compartía en parte su visión con la mía. aunque yo sinceramente, creo que era una de esas conversaciones en las que te dejas arrastrar por el otro y viceversa. a lo mejor hubiésemos llegado a justificar torturas y métodos poco ortodoxos si la conversación se hubiese alargado más, o si no hubiese tocado el turno de pagar a este buen hombre.
el caso es que, cuando él terminó y me llegó la vez, se dirigió nuevamente a mí. me miró sonriendo, señalando el libro-panfleto y me dijo “ya nos vemos, chico”.
en las calles,
que así sea.
y volví a mis dead
a sus ácidos lisérgicos
y sus revoluciones ya caducas.

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