Pequeña rapsodia

En estas imágenes no cabrían
la pequeña rapsodia de los días,
ni los sirocos sureños que llevan
de punta a punta por el camino
haciéndole sentir como un niño
sorprendido de ver cómo sube y baja la marea.
Llegaron de lejos las tormentas pasadas,
a veces divertidas, a veces se clavan como espadas.
Y, tras campos inundados, bares de carretera,
pensamientos mezclados con café frío
y el ansia desbordada, como el ansioso río,
culminan en el comienzo de un cuento largo, como la vida entera.
Tardes a oscuras, tormenta de verano,
la resaca del Ximénez lo despierta, con el corazón en su mano.
El deseo es fuego, el miedo cuando no está,
el sol enciende sus días; la noche, su sed.
Las calles de Madrid, testigo en busca de piel,
pero despierta siempre a la orilla del mar.
Pirata de pendiente en el bolsillo, cántame algo,
que haga que el ron que llevo no entre amargo.
Y convierte a las piedras en verdugo de tanques,
que la luz no falte en ninguna esquina,
la oscuridad parece iluminar mi indisciplina,
y que los peces vuelen y las aves mueran en el estanque.
Entra en estas imágenes tan limpias
la pequeña rapsodia de mis días.
La locura del viaje a ninguna parte,
los veranillos que se van y no volvieron,
las escapadas a la niebla de los que se fueron,
y los restos de pecado del que escapó al arte.

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