oh ventisca

Vamos a intentar tocarnos. Vamos a acercarnos.
Olvidemos, por un momento, nuestros problemas.
Las luchas diarias. El hambre nuestro de cada día. Los sueños que se alzan más allá de nuestra vista, ocultos tras una larga cordillera de impedimentos, que terminan ahogándose en el agua que arde. Vamos a olvidarnos de todo eso.
Incluso de nuestros nombres. Olvidémonos de qué hacemos día a día, de cuantos años tengamos, de dónde vivimos. De quiénes somos.
Quiero tocarte, vamos a intentar juntarnos, carne con carne.
Piel con piel.
Dedo con dedo. Lengua con lengua, y ojo con ojo.
Iremos a donde más nos apetezca. Juntos o separados. Haremos lo que siempre quisimos hacer. El mundo, una gran mesa de trabajo, con un montón de pinturas y pinceles al lado para hacer lo que se nos antoje siempre.
Y al despertar…

Todo es peor que en una mala pesadilla. Todo está oscuro, todo es olvido, sin razón, desidia, vacío, sin sentido. Negativo en sepia con polvo y rasgaduras y arañazos.
Todo está saliendo mal. Todo es horrible, violento, salvaje, desconocido y muy feo. Todo es así y peor aún. Todo se desvanece con tan sólo desear que perdure un segundo. Todos los caminos conducen al mismo rincón.
Le dije a Juan que hoy haríamos lo que a él le apeteciera. Y qué me contesta: “yo haré lo que quiera, siempre”. Pobre iluso, estúpido. ¡Creerse realmente que hace lo que se le antoja!. Y yo, en el fondo, lo dejo estar. Que se entretenga creyéndose libre bajo esa aparente fachada de hombre que se cree libre. Le conozco lo suficiente para saber que es mejor dejarle así. A su aire. Ya se cansará, y volverá, como siempre. Llorando haciéndome creer a mí que la culpa la tengo yo. Pero creo que algo en él está cambiando. A veces, cuando le miro mientras está en su habitación apoyado en la mesa, viendo como un tonto la pantalla del ordenador, o mientras leyendo una revista por encima sin querer pensar en nada, siento como su cara muestra una expresión de ligero desconcierto. Como si, de repente, al entender algo, se diera cuenta de que realmente no entiende nada. Es curioso. Nunca le había visto así. Y reconozco que me da miedo. Le conozco lo suficiente para saber que, aunque diga lo contrario, puede ser impredecible si es acorralado contra la pared. Es lo que tiene tratar con alguien tan mentiroso.
En algún momento de esta historia, de nuestra historia, hubo un cambio. Y, como casi todos los cambios que suceden, fue para peor. Algo desconocido, o imprevisto apareció y se llevó la magia que antes nos gobernaba. Sucede en casi todas las historias del mundo; en la vida diaria, en las novelas de aventuras, en las historias de parejas o tríos o cuartetos… siempre sucede algo. Si no, ¿qué tendría todo esto de divertido?
Se llevaron la magia, y sólo nos quedaron nuestras propias vidas vacías como un cascarón roto y desgastado. Lo peor es no poder señalar con el dedo al culpable o culpables de este crimen tan atroz contra la humanidad. Nadie fue procesado por ello. Se llevaron la magia y nadie pagó por ello. Y desde entonces, sólo nos quedaron nuestros cascarones, y nuestras pesadillas.
Gente que solía soñar cada noche con una mujer distinta, dejó de soñar con mujeres.
La pareja feliz que creció junta y vivió una aparente vida sencilla y tranquila, descubrió que en verdad habían sido unos pobres infelices que terminaron por no poder ni verse.
El Edén había sido un lugar muy apetecible para vivir. Tenía de todo, es la ventaja que tiene vivir en un lugar mitológico o de ensueño. Había costa, había montaña. Había comida, buen clima, lluvias, nieve cuando apetecía nieve. Más de cincuenta y seis naciones diferentes vivían dentro de sus límites que, tal y como cuenta la leyenda, se dice que ocupaba todo el territorio de la Rusia oriental hasta Asia y la parte más al oeste de lo que hoy es considerado Norteamérica. La gente siempre encontraba lo que fuera que buscara. Existía una fruta, la felicidad, y todos comían de ella día y noche.
Pero, como en todas las historias, hubo un cambio. Al final la marca del orgullo hizo su aparición entre los hombres y las mujeres que habitaban el Edén, y ya no hubo vuelta atrás. Nos deshizo en miles de pedazos.
Por eso es importante tocarnos. Romper la tela de araña negra que nos tiene atrapados, y conseguir tocarnos. Ven.
Quítate la ropa. Túmbate, ponte cómodo. Tómate una copa si quieres. Tranquilo. Ahora estás a salvo. No tendrás que salir más afuera. No más frío. Ahora yo te calentaré. Eso es, quítatelo todo y no te preocupes más, ¿vale?
En las noches, hace frío, y en ocasiones te sientes solo. No pienses en tonterías. Enciende la tele, apaga la mente.
De ahí dentro, un rugido fuerte brama y hace temblar las paredes. Suenan trompetas que llaman a la gente a acudir a la plaza. Revolución. Poseen armas, tanques, bombas, explosivos de toda clase, soldados de élite cualificados. Buscan la fruta, nosotros la defenderemos de sus apestosas manos.
Los señores con papeles marcados aparecieron. A cambio de su increíble poder, les dieron nuestra magia. Y nos dejaron un único piano de cola que solamente reproduce dos tonos y medio. Y con esos dos tonos y medio hemos tenido que construir la música de nuestra época.
Las canciones.
Normal que todas terminen sonando muy parecidas, y hablen de prácticamente lo mismo. Versos atómicos cayeron del cielo irradiando enfermedad y cáncer. Todo quedó sepultado bajo una especie de capa de incógnito.
Desconocida y mortífera. Piedras y huesos.
Polvo y vacío.
El otro día, estaba metido en el laboratorio. Con la luz roja encendida. No sé qué andaría haciendo, pero se le veía muy ansioso, bastante alterado. Le pregunté. “Juan, ¿qué te pasa?”. No hubo respuesta. Luego me miró. Su rostro mostraba cierta indiferencia. Conozco esa mirada y esos ojos. No está por aquí, vuelva más tarde, quizás así pueda localizarlo. Es inútil. ¿Por qué se empeña en hacer creer a todo el mundo que se vive mejor ahí arriba, donde los sueños son posibles de alcanzar y de tocar? Me dan ganas de vomitar de verle así. No sé qué se creerá, pero alguien tendrá que volver a ponerle los pies en el suelo. Está chiflado. Yo también lo estaría, si viviera en el mismo mundo que él. Puedes estar conectado permanentemente con las personas que elijas por sólo veinte euros al mes. Puedes incluso no decirle nada nunca, pero estarás conectado. Puedes comprarte un dispositivo móvil de última generación para no decirle nada importante a nadie nunca. Si te aburres de él, podrás comprarte otro el año que viene, no te preocupes. Puedes cambiarte del operador que te factura el gas, puedes elegir qué banco te va a robar el dinero, a su manera. Pero no te pares, no te quedes quieto, ¡no pienses! ¡ni se te ocurra! Compra cosas, pero asegúrate de que se vayan a romper el semestre que viene.
Nadie dice nada, nadie escucha tampoco supongo.
No quedan valientes, y si los hay, están desaparecidos en combate, o seguramente, luchando sus propias guerras por ahí.
Además, parece que si nadie te ve haciendo nada o no lo haces para otra persona, no eres nada; no trabajas. Eres un tirado.
Lo mismo ocurre en el caso de que tus lágrimas no sean visibles y se vean a todo color en la pantalla cara. Si no se ve la sangre en la herida, no hay dolor. No hay sufrimiento por el cual guardar alivio de luto. Nada. Levántate y anda.
Ya casi amanecía, y la ventisca amainaba. El zorro, cansado de buscar sin éxito un pedazo de brazo o quizás de pierna, de alguien, decidió regresar a su guarida. Si hiciera falta, llegado el momento, mataría una cría o dos de alguien.

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