Me mata

la primavera anticipada
que llega algunos mediodías
del mes de enero
cuando abro la puerta de casa
y se cuela en mis narices
arrastrándome hasta el pijama
de la infancia
ese olor, tan a-la-europea
que recorre las calles atestadas
a grasa, a dulce, a cigarro
a marisco de las costas lejanas
a veranos de mil playas desiertas
a fríos inviernos de montaña
a heridas que siempre
(que lo intento)
quedan abiertas
o en agua de borrajas
las miradas que me buscan
y no se cambian de acera
imágenes de estrellas sin identificar
galaxias inexploradas
polvo interestelar
choque de fuerzas planetarias
que no terminan nunca
de chocar
un río invisible
que no acaba de nacer
un mar de antenas y cables
que me enganchan
y me permiten ver
todas las desvergonzadas derrotas
de allende los mares
o desde las templadas aguas de Lugo
hasta las frías costas de Jerez
un patio de prisión
titánico
donde los presos llevan careta
de azul-cielo y taparrabos
donde nadie es de este planeta
donde nada es lo que aparenta
donde las aguas mecen botellas
sin mensajes, vacías, menos los deseos
perdidos de los que las rellenan
un murmullo general que comienza
por los más bajos hasta los más
y que no dejará nunca sordo a nadie
ahogado entre acordeones
y guitarras del este
y voces de ninfas y ninfos
y malabares en el césped
pasarlo bien es lo que importa
para poder seguir la
marcha
mañana
oyendo sirenas metálicas
que se lían a palos
con los más mantas
que siempre hay problemas
y al igual que antes
vuelven las aguas del
“nunca pasa nada”
esa nieve blanca que cae
mientras llueve en Arizona
y la música de ascensor que acompaña
las compras aceleradas
para la noche de los pavos
y de las zorras
asfixiando las arterias de los
buenos villanos que corren
huyendo de la garra verde
de los hombres grises
deseando encontrarte
a solas
me mata M.

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