Las molestias del turista, por Luis García Montero

Publicado el 6 de febrero en el diario “Público”
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Hay algo de irritante en el enfado o la indiferencia que muestran los turistas sorprendidos por acontecimientos históricos y catástrofes naturales. Regresan a sus casas y siempre hay en el aeropuerto un periodista dispuesto a preguntar. Es difícil oír una voz que se implique de manera solidaria o política en lo sucedido. Las condiciones sociales de los países visitados no entran en su manual de viaje. Se quejan de las molestias provocadas en sus vacaciones, del trato recibido en el hotel, de la falta de cuidados de la Embajada, de las dificultades para salir huyendo, del dinero que las agencias deben devolverles porque en sus cámaras no está la fotografía deseada delante de las Pirámides o de las aguas del Nilo.

Comprendo las razones del miedo en una situación imprevista. Pero me irrita la falta de curiosidad y una lógica, ya casi natural, de no implicación en los sucesos históricos. La imagen del turista ha servido en algunas ocasiones para definir la condición del sujeto contemporáneo. El individuo que mira las cosas desde fuera, sin compromiso personal, dejándose resbalar sobre un tiempo líquido y con una existencia marcada por la movilidad, sin verdaderos arraigos en un mundo propio, casa a la perfección con el cliente típico de los viajes guiados, dispuesto a disfrutar de un Haití sin terremotos o de un Túnez sin revueltas cívicas. Lo más grave es que si nos tomamos en serio este paralelismo, si interpretamos de verdad la indignación del matrimonio joven que protesta en el aeropuerto de Madrid porque los gases lacrimógenos llegaron a entrar por la ventana de su hotel en El Cairo, sentimos que la condición del turista se aplica también a nuestros comportamientos en las naciones y las democracias propias. Más que extranjeros sorprendidos, somos turistas domésticos.

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