Archivos mensuales: febrero 2011

pequeñas divagaciones esperando a que me atiendan

estaba en la cola, esperando a pagar en esta tienda y acordándome de jerry garcía, los dead y el ácido lisérgico. la persona que tenía delante, un tipo corpulento aunque no demasiado alto, se quejaba por la espera. a mi me dolía a horrores la cabeza desde hacía dos días y quería terminar y largarme de allí cuanto antes, ya que aún debía volver -atravesando media ciudad- hasta mi casa. finalmente, el hombre-corpulento se dio media vuelta y, cansado supongo de dirigir sus lamentos y quejas hacia el vacío espacial, se fijó en mí y sacudiendo algo que tenía en su mano delante de mis narices, dijo:
– podría leerme este libro entero mientras espero a que me atiendan, chico.
el libro en cuestión, era muy delgado, calculo que no ocuparía más de cien páginas de tamaño cuartilla. lo que suele decirse “material ligero”. tenía las tapas blancas y pude apreciar -pese a los movimientos vaivenosos de la mano del gordo- que tenía una sencilla ilustración en rojo de un megáfono de esos antiguos que se utilizaban en los rodajes de películas en blanco y negro. aquel hombre ya me tenía enganchado y no iba a soltarme tan fácilmente. pensaba cobrarse en mí todos y cada uno de los minutos que tuvieran que pasar hasta que le tocara pagar.
– este libro, creo que es lo que han debido darles a las gentes en todos esos países árabes que se están sublevando semana tras semana. acaban de traducirlo al español. lo vi en parís la semana pasada. costaba unos dos euros más o menos. ¿y qué precio crees que tiene aquí? cinco euros. resulta, cuanto menos, indignante.
“siempre pudiste haberlo fotocopiado”, pensé. seguramente no hubiese costado más de una veintena de folios y diez minutos de paciencia. un poco más de lo que llevábamos esperando. me fijé en que el libro tenía escrito el escueto y enigmático título de “¡indignaos!”, tal y como suena. aquel hombre me contó que era un manual para la insurrección pacífica, si es que puede existir. yo pienso que una insurrección, tarde o temprano -y no necesariamente por culpa de los propios insurrectos, o sí- tiene que dejar de ser pacífica. si no, pierde interés. otra cosa es ir pidiendo cabezas por la plaza. yo que sé, ya estoy hablando de lo que no sé. cada cual tendrá sus razones en la vida para elegir ketchup o mostaza.
– y a los reyes, se les recibe siempre con grandes despliegues militares, y banderas y trompetas y de todo.
– es que, eso es lo que les pone, tío – dije yo, rascándome la cabeza como cuando no sé bien qué decir o que esperan que diga.
– debe ser así. pero luego, a nosotros, al pueblo quiero decir, nos venden no sé, la falsa idea de que todo está perfecto, como cuando vi al rey por televisión en otro día.
– nos venden la moto.
– correcto, nos venden la moto chaval, bien dicho.
– una muy cara además. como una triumph bonneville quinientos cc, o una harley recién salida de un garage de milwaukee.
un pequeño escalofrío, de excitación y alegría recorrió mi espina dorsal de arriba hasta ahí abajo. era la primera vez, creo, que alguien mayor compartía en parte su visión con la mía. aunque yo sinceramente, creo que era una de esas conversaciones en las que te dejas arrastrar por el otro y viceversa. a lo mejor hubiésemos llegado a justificar torturas y métodos poco ortodoxos si la conversación se hubiese alargado más, o si no hubiese tocado el turno de pagar a este buen hombre.
el caso es que, cuando él terminó y me llegó la vez, se dirigió nuevamente a mí. me miró sonriendo, señalando el libro-panfleto y me dijo “ya nos vemos, chico”.
en las calles,
que así sea.
y volví a mis dead
a sus ácidos lisérgicos
y sus revoluciones ya caducas.

Me mata

la primavera anticipada
que llega algunos mediodías
del mes de enero
cuando abro la puerta de casa
y se cuela en mis narices
arrastrándome hasta el pijama
de la infancia
ese olor, tan a-la-europea
que recorre las calles atestadas
a grasa, a dulce, a cigarro
a marisco de las costas lejanas
a veranos de mil playas desiertas
a fríos inviernos de montaña
a heridas que siempre
(que lo intento)
quedan abiertas
o en agua de borrajas
las miradas que me buscan
y no se cambian de acera
imágenes de estrellas sin identificar
galaxias inexploradas
polvo interestelar
choque de fuerzas planetarias
que no terminan nunca
de chocar
un río invisible
que no acaba de nacer
un mar de antenas y cables
que me enganchan
y me permiten ver
todas las desvergonzadas derrotas
de allende los mares
o desde las templadas aguas de Lugo
hasta las frías costas de Jerez
un patio de prisión
titánico
donde los presos llevan careta
de azul-cielo y taparrabos
donde nadie es de este planeta
donde nada es lo que aparenta
donde las aguas mecen botellas
sin mensajes, vacías, menos los deseos
perdidos de los que las rellenan
un murmullo general que comienza
por los más bajos hasta los más
y que no dejará nunca sordo a nadie
ahogado entre acordeones
y guitarras del este
y voces de ninfas y ninfos
y malabares en el césped
pasarlo bien es lo que importa
para poder seguir la
marcha
mañana
oyendo sirenas metálicas
que se lían a palos
con los más mantas
que siempre hay problemas
y al igual que antes
vuelven las aguas del
“nunca pasa nada”
esa nieve blanca que cae
mientras llueve en Arizona
y la música de ascensor que acompaña
las compras aceleradas
para la noche de los pavos
y de las zorras
asfixiando las arterias de los
buenos villanos que corren
huyendo de la garra verde
de los hombres grises
deseando encontrarte
a solas
me mata M.

Criaturas del amancer

Como quien vuela alto
sobre las nubes negras,
observamos el mundo, buscando
palabras que le vistieran.
El despertar de la vida, fue cuando
aun el sol dormía tras las esferas,
y otros astros se acercaban, flotando
esperando el comienzo de una era.

Así en la oscuridad durmieron
durante milenios, perezosas
criaturas que gobernaron desiertos
y vientos. Tierras baldías y rocosas.
El mundo fue así, perpetuo invierno.
Palabras abatidas en una fosa.
Así fue todo antes del tiempo,
poesía volando entre las sombras.

Algunas veces, en la noche
en tu cabeza se forman cuentos,
hacen a tu corazón pararse, se encoge,
narran historias de vivos y muertos.
Lejano sonido, prehistórico acorde
hielos que arden como lenguas de fuego,
te empujan al límite, te arrastran al borde
y nadie dejó escrito lo que pasaría luego.

Un oscuro abismo

Cae el deseo junto con las gotas de lluvia,
empapando las calles mojadas
de Madrid.
Un cielo rojo ilumina con sus rojas nubes
una luna roja y en las calles se halla
una mujer de cien lunas que vende
que vende rosas, color fresa
que la gente pasa
que la gente no ve.
La mujer llora sus lágrimas
de pena.
Porque la gente no coge sus
preciadas flores de cementerio.
Y la mujer llora, pero vive. Tranquila.
Sabe que el telón se pondrá
que la función tocará a su fin.
La gente a su alrededor
(un tipo casi la pisa);
las prisas les obligan
a pasarlo bien sin ver
qué está pasando.
La mujer sonríe desde
lo más profundo de su
ajado y marchito rostro.
Sonríe sabiendo que a todos
les llegará el turno.
“El deseo rojo del cielo se torna
negra voluntad de un ángel segador.
Con su oxidada guadaña rebanará
vuestras voluntades.
Y todos seréis, al fin, vacío eterno.
Olvido, no durante los primeros cien
o quizás ciento cincuenta años.
Pero a partir de cierto tiempo,
poco importa lo que llevarais
o creyerais llevar en vuestras caras
y bonitas alforjas.”
Y la mujer sonríe, henchida de orgullo
y cierto aire de maldad.
“No importa lo que llevéis encima;
todas vuestras cosas
valdrán lo mismo
que vale cada una de mis rosas,
cuando os halléis en el oscuro abismo.”

Sobre la fotografía VI – Un mundo de imágenes

En el último de sus ensayos sobre la fotografía, Susan Sontag hace una reflexión acerca de cómo ha evolucionado nuestra manera de ver el mundo por medio del fenómeno de la fotográfico. Lo que en tiempos de Platón eran dos conceptos diferentes -imagen y realidadcomenzó a desintegrarse con el nacimiento de este sistema de captura de imágenes.

De la misma manera que se quebraban los principios religiosos y antiguas creencias en el siglo XIX, la fotografía entró en nuestra vida cotidiana en el momento preciso y ha convertido nuestro mundo y nuestras vidas en un mundo y una vida de imágenes continuas. En las sociedades capitalistas este hecho, pienso, se acentúa más si cabe por la presencia de la publicidad. Pocos son los comerciales que, emulando al pasado, hacen acopio de sencillas ilustraciones para anunciar sus productos -esto no quiere decir, ni mucho menos, que la ilustración esté condenada a una posible extinción, ya que ilustración y fotografía siempre se han entendido bien en el terreno de la publicidad- y se hace mucho más natural conocer de ante mano, incluso hacernos una idea del tamaño, la textura o el tacto de un objeto que vamos a adquirir por haberlo visto antes en fotografía o televisión. (La televisión no fue más que una evolución natural del mismo proceso fotográfico. La televisión, mejor dicho, el cine no es más que fotografía en movimiento, grandes juguetes de la ciencia moderna).
Antiguamente, se tenía la creencia de que un dibujo, una representación gráfica (aunque fuera básica) guardaba, en cierta manera el “aura” o el espíritu de lo representado; podía ser una persona, o un animal o cualquier otra cosa. Hoy en día, es la fotografía la que ha ocupado ese puesto. Nadie rompería o pensaría jamás en romper una fotografía de un ser querido. Incluso ante el hecho de hacerlo de una manera completamente clandestina, sin testigo aparente, tendríamos sobre nosotros esa sensación de culpabilidad, si es que realmente la imagen representaba algo de cierto valor para nosotros. Las imágenes en fin, se han implantado en nuestro cerebro. Pienso que el mundo, la humanidad, antiguamente tenían una mente más “literaria” o de palabras. Las historias se contaban; las personas eran descritas de boca en boca así como sus hazañas, los libros rara vez venían ilustrados… etc., etc. Hoy en día, el más mínimo detalle de la vida está a expensas del objetivo de una cámara. Como sacada de un cuento de terror de George Orwell se tratara, la sociedad vive ahora delante de una cámara permanente que captura todos sus movimientos. Y estamos perfectamente acostumbrados a tal hecho.
La fotografía, como pensaba Barthes en su “cámara lúcida”, tiene cierto halo de extrañeza, misterio y romanticismo a su alrededor. Captura físicamente la esencia, los rayos de luz que proyectan nuestros cuerpos. Más bien son nuestros propios cuerpos los que dejan su huella o impronta en un material fotosensible. El fotógrafo, en el mejor de los casos únicamente decide el encuadre y el instante o pedazo de la historia que quiere coleccionar o diseccionar. En la mayoría de los casos atrapará 1/125 de segundo, quizás 1/60 o puede que medio segundo o hasta un segundo completo (que da para muchos pedazos de historia). Esa marca nuestra queda irremediablemente plasmada, en forma de imagen latente. El resto, lo ponen Niépce, Daguerre, Talbot y otros muchos más. Pero el principio básico, pienso, es una simple regla física del universo. Igual que las manzanas que caen de los árboles. La mano del hombre -en origen- no trastoca ni “recoge” halos de luz de un cuerpo y los plasma en el papel. Una fotografía es, en consecuencia, una copia de una copia de una huella. Cabría pensar si, posiblemente, todas esas huellas que vamos dejando por el mundo realmente son imágenes latentes que quedaran plasmadas allá por donde pasamos. Es decir, está prácticamente demostrado que una superficie como, por ejemplo, el acero no es fotosensible. No se plasma ninguna huella -hablo ahora de huella en el sentido tradicional- si un objeto se coloca encima de este material y se deja expuesto a la luz. No obstante, nuestra propia piel si es sensible a la luz (hecho constatado cada mes de octubre, al volver a ponernos ropa encima y comprobar como se nos va yendo el moreno). Si llevamos un reloj en la muñeca, la huella de ese reloj queda grabada en nuestra propia piel. ¿No podría ser que ocurra algo similar con todo cuanto nos rodea? ¿Con todas las personas con las que nos cruzamos y los sitios que visitamos? Que miles de millones de pequeñas o grandes imágenes latentes estén a lo largo de nuestra vida quedándose en nuestro propio cuerpo. Y, de la misma manera queden también en todo cuanto nos rodea, en el suelo que pisamos, las paredes por las que andamos.
Esa sería una idea bastante original, en mi opinión, de un mundo de imágenes.

futuro, pasado y presente hablan

el pasado siempre hablaba
de lo bien que le fue en vida
o de las duras penas que sufrieron
y de lo bonito y horrible que era
y de lo mucho que le gustaría
que todo volviera a ser como era
por sólo un día
o por unas horas
el presente no le entiende
no atiende a sus lamentos
prefiere no escucharle
y por no volver no vuelve
ni su cabeza hacia él
“¡ahora es el momento!”
le grita siempre
“es ahora o nunca”
pero, por algo que no comprende
cada segundo se siente morir
un poco
así que mira a su izquierda y ve
el futuro, que anda callado
observando por una ventana
el paisaje cambiante
no dirá nada
no sonreirá ni llorará
porque sabe que su momento
no habrá llegado todavía
no quiere interferir en la disputa
de sus dos queridos amigos
aunque a veces, sin pretenderlo
lo hará con inesperados resultados
se dice a sí mismo
“cuando tenga algo que decir,
esperaré un día más”

Sobre la fotografía V – Evangelios fotográficos

Sontag nos plantea en este ensayo, varios temas a tratar. Uno de los principales sería el del casi eterno debate sobre si la fotografía debe ser considerada un arte. Además hace un breve repaso sobre las “aspiraciones” que los fotógrafos han tenido a lo largo de la historia o los motivos que les han llevado a querer apretar el disparador de sus cámaras; habla sobre lo estéril que puede ser tratar de clasificar a un fotógrafo bajo el sello o la marca de una corriente o una escuela y, finalmente; abre la cuestión sobre qué es realmente una fotografía: un original (negativo), una copia de una copia; un artefacto en resumen.

Las molestias del turista, por Luis García Montero

Publicado el 6 de febrero en el diario “Público”
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Hay algo de irritante en el enfado o la indiferencia que muestran los turistas sorprendidos por acontecimientos históricos y catástrofes naturales. Regresan a sus casas y siempre hay en el aeropuerto un periodista dispuesto a preguntar. Es difícil oír una voz que se implique de manera solidaria o política en lo sucedido. Las condiciones sociales de los países visitados no entran en su manual de viaje. Se quejan de las molestias provocadas en sus vacaciones, del trato recibido en el hotel, de la falta de cuidados de la Embajada, de las dificultades para salir huyendo, del dinero que las agencias deben devolverles porque en sus cámaras no está la fotografía deseada delante de las Pirámides o de las aguas del Nilo.

Comprendo las razones del miedo en una situación imprevista. Pero me irrita la falta de curiosidad y una lógica, ya casi natural, de no implicación en los sucesos históricos. La imagen del turista ha servido en algunas ocasiones para definir la condición del sujeto contemporáneo. El individuo que mira las cosas desde fuera, sin compromiso personal, dejándose resbalar sobre un tiempo líquido y con una existencia marcada por la movilidad, sin verdaderos arraigos en un mundo propio, casa a la perfección con el cliente típico de los viajes guiados, dispuesto a disfrutar de un Haití sin terremotos o de un Túnez sin revueltas cívicas. Lo más grave es que si nos tomamos en serio este paralelismo, si interpretamos de verdad la indignación del matrimonio joven que protesta en el aeropuerto de Madrid porque los gases lacrimógenos llegaron a entrar por la ventana de su hotel en El Cairo, sentimos que la condición del turista se aplica también a nuestros comportamientos en las naciones y las democracias propias. Más que extranjeros sorprendidos, somos turistas domésticos.

Sobre la fotografía IV – El heroísmo de la visión

Sucede la tendencia de querer fotografiar cosas bellas. Bonitas puestas de sol, paisajes llenos de detalles, sonrisas de gente que consideramos “bonitas” etc. Incluso en el caso contrario, en el de fotografiar algo que no forme parte de los “cánones de belleza” se dice que, al fotografiarlo, se ha embellecido, “esa cosa es tan fea… que me parece bella”.

Así funcionó el fenómeno de la fotografía en sus primeros años, y en cierta manera, perdura hasta hoy en día. Años después de que Henry Fox Talbot presentara su invento del calotipo, un fotógrafo alemán descubrió la manera de retocar esos negativos. La gente comenzó a dejar de tener miedo a la cámara. Miedo a que la cámara les retratara con cierta fealdad. El fotógrafo no es el que elije el instante de la toma, es la propia máquina. Igualmente, hay gente que no suele tener esos problemas, aquellas personas consideradas “fotogénicas”. Personas capaces de escapar al hechizo del instante captado y aparecen siempre “tal y como son” en la imagen final.
Suele ocurrir también el “fenómeno artista”. Esto es, el desencanto que suele producirse al encontrarse con alguna persona de quien solamente tenemos referencias fotográficas, ya sea por revistas, internet, libros o portadas de discos por ejemplo. El personaje en cuestión se nos suele presentar como alguien mucho más bajo, más feo o con menos “aura” que como lo teníamos en mente. La fotografía tiende a captar esas poses, miradas o gestos de las personas que, a menudo en la vida diaria, pasan muy desapercibidos.
Este realismo, esta manera de captar de una manera tan fiel la vida, “liberó” a los pintores de la “carga” de tener que realizar una obra, o una pintura realista. Aunque, si bien es cierto, en los primeros años de la fotografía éstos ya habían comenzado a manifestar sus inquietudes artísticas abstractas, no fue hasta que la fotografía quedó bien asentada cuando empezaron a surgir las vanguardias de principios del siglo XX; el surrealismo, primitivismo, etc.
La fotografía persiguió -tal vez por envidia o siguiendo su curso natural- el camino de su hermana mayor. Surgieron imágenes fotográficas que retrataban una realidad abstracta, modificada. Artistas como Siteglitz, o Weston (y su serie sobre el inodoro) y las formas del cuerpo de la mujer así lo demuestran. La fotografía abarca prácticamente todos los campos posibles. Y, a veces, el mostrarnos puntos de vista de realidades difíciles de ver (ya sea con ángulos casi imposibles o detalles minúsculos que el ojo no es capaz de apreciar), nos sorprende quizás más que una representación fiel a la realidad. Es entonces cuando la fotografía se ganó también la merecedora medalla de corriente artística surrealista.

"Los muchachos del verano se dijeron adiós el día que Buddy Holly, murió"

Tal día como hoy. Un 3 de febrero, pero del año 1959. Roger Peterson, un joven piloto, murió al estrellarse la avioneta en la que viajaba. Era una Beechcraft “Bonanza 35” del 47 que tenía capacidad para el piloto y otros tres ocupantes. Aquellos otros tres ocupantes eran el famoso y pionero de la música rock Buddy Holly y otros dos músicos de la época, Ritchie Valens y J. P. “Big Bopper” Richardson.
Se le conoce, gracias en parte a Don McLean y su canción “American Pie”, como “El día que murió la música”.
En homenaje a Buddy Holly, su tema “Peggy Sue”, interpretado por John Lennon en su álbum “Rock n’ Roll” en el que versioneó a Buddy, así como otros grandes de los inicios de la música rock, como Chuck Berry, Gene Vincent, Ben E. King…