Un No-fotógrafo

Sientan muy bien unos días libres en la tienda en medio de semana. Aunque tengas otras obligaciones, te sientes un poco más ligero de carga. Eso es lo que me pasa a mí, que debería estar haciendo otras cosas en vez de salir a la calle a pasear. Pero quería sentir un poco de frío en la cara y en los huesos. Armado únicamente con mi cazadora, cogí mi segunda cámara de fotos favorita, esa que no es capaz de hacer ninguna foto, pero puede ver de maravilla cada rincón de la ciudad. Así que, atados los cordones, salgo a la calle, todavía hay bastante luz. Una de las cosas que no me gusta de pasear en invierno; más tarde de las seis es una tontería salir porque el sol está prácticamente oculto a esa hora. Aún así, salgo. Y mis pasos me llevan por todo Bravo Murillo hasta Cuatro Caminos. Cruzándome con gente a la que imagino que hago retratos íntimos y personales. Hola, ¿me dejas que te haga una foto? Déjame si quieres un teléfono o una dirección para poder contactar contigo. Por si las moscas… Ahora que lo pienso, funcionaría genial para ligar con las chicas.

Me dejo llevar por mis botas, un poco gastadas por cierto; así que entro en un par de tiendas a buscar unas botas nuevas y molonas. Pero son muy caras y, aunque este sería el momento para pillármelas, no puedo; no me apetece gastar un duro ahora. Como la fuerza de un imán, soy atraído siempre que salgo a la calle, día sí y día también, al centro de la ciudad. Me imagino, una vez más, viendo las tiendas, esas tan raras y enigmáticas que hay por la zona de Tribunal y que tanto te gustaron. Ver los cuadros pintados con varios colores chillones, ropa de diseño o artesanal ¡discos en vinilo! Me fascinan, sobre todo por ver las carátulas tan grandes y porque te obligas a ti mismo a oír “un disco” completo; no “canciones sueltas” o “mp3”. Siempre he pensado que un músico no hace canciones; hace discos, al menos hace unos veinte años así era. Desconozco cómo funciona ahora el negocio de la música. Te pones, por ejemplo, “Blood on the tracks” y empiezas con “Tangled up in blue”; toda una declaración de intenciones. Las cuatro o cinco siguientes te sonarán igual, como si fueran la misma canción. Pero todo te influye, y aunque no te des cuenta, al cabo de una semana ya no sólo diferencias “Idiot wind” de “Simple twist of fate”; te gustan y las pones una y otra vez -esta vez sí, en mp3.

De todos modos, hoy no estoy para tirar hacia el centro, así que me desvío por Santa Engracia, droguería “Coronado” donde alguna vez compré material, cuando hacía como que me gustaba pintar. Maudes. María de Guzmán y el “Suéltate el pelo”, donde, una noche saliendo con los amigos, Marta me dijo -por móvil- que rompieron un collar al gritar mi nombre. No supe muy bien qué pensar en su momento. Después, sentí una enorme satisfacción, algo parecido a eso que se llamaría orgullo. Estaba orgulloso, me gustaba que se acordaran de mí, pero no me gustó que tuvieran que romper nada al hacerlo. Cristobal Bordiú; parado desde el semáforo echo un vistazo a lo lejos a Leturiaga. Eso me gusta más ahora, y no lo disimulo. A la altura de Ríos Rosas, el parque de bomberos y veo, divertido, como están pintarrajeados con eslóganes anti-gallardonistas los camiones, aparcados de momento en el parking. Siento una pequeña punzada en la conciencia, en lo más hondo del corazón, porque son fotos que se me escapan; que posiblemente nunca haga o existan más allá de mi cabeza. Eso jode. Si tuviera más fuerza de voluntad -y reconozco que la que estoy teniendo estos últimos meses, me sorprende a mí más que a nadie- quizás las hiciera.

Pero la ciudad no espera a nadie, y comienza a hacer frío, así que sigo cayendo en picado, calle abajo, hacia el centro. Atravieso José Abascal y contemplo desde la esquina, con una tenue luz que se va apagando por segundos, el lujoso hotel. Y rememoro aquella noche de verano con una chica. Clic clic. Cruzo de puntillas la calle Viriato, para no despertar a los vecinos y no pecar de mal ciudadano. Me paro a observar una librería que parece interesante; aspecto antiguo y muchos libros en el escaparate. No hay decenas de ellos. Hay como cientos. En cuanto leo tres títulos al azar -”Crónica de Esp…”, “El hundimiento de Esp…” y “Desastre socialista: las dos Esp…”- me doy por vencido. Pero es muy bonita y tiene gusto y sabor. En el otro extremo del escaparate se anuncian diversos instrumentos de dibujo técnico o navegación en alta mar. Paso por delante de una tienda de colonias, jabones y productos de cosmética. Pero ya no huelo a nada por allí, gracias a dios. Nada de nada. El paseo está resultando ser más una especie de redención con el pasado que otra cosa. Tampoco esperaba nada. Quizás si me hubiera traído la Nikon, otro gallo estaría cantando ahora entonces.

Doblo en la esquina con Eloy Gonzalo y me dispongo a hacer el giro que me devuelva a casa. Un judío me está gritando al oído que tenemos que servir a alguien, ya sea al diablo o al señor. Y me empiezan a doler los oídos y tengo, además, la cabeza despejada para volver y seguir sin hacer nada de lo que tengo que hacer. En un cajero veo a una mujer mayor acompañada de un hombre -que por la forma de hablar con ella puede ser su hijo. Supongamos que lo es- y tiene pintas de yonki. Si fuera este mismo lugar, pero cinco horas más adelante en el tiempo y estuvieran estas dos mismas personas en el cajero, pensaría que se ha cometido un crimen. O está a punto de cometerse. Mi loca cabeza ya está montando sus películas. Santísima Trinidad y, al fondo, estará el camarero del “Alpisco” esperando para servirme un ron, y a su lado, el dj del “Cien por cien” preparando la cinta del fin de semana. Veo el comienzo de la plaza de Olavide; qué sitio tan interesante, sobre todo por la noche. Se puebla de convecinos y demás gentes peculiares que pululan por la zona; creo recordar además un bar con nombre gracioso allí. Ahora no se puede fumar, así que da lo mismo un bar que otro en verdad. Pensaba meterme a tomar un vaso de vino, pero me doy cuenta -para consuelo de mi cuenta corriente- que no llevo monedas en los bolsillos. Así que a otra cosa. Cojo Bravo Murillo y me dispongo a andar dirección a Plaza Castilla, tranquilo.

Antes de llegar a Canal, veo la calle Feijoo. Recuerdo un viejo edificio, no sé si en el número ocho o en el diez, donde pasé algunas noches divertidas y algo locas en un loft bastante molón, también en compañía de unas gentes que, a día de hoy, no sé en qué andarán metidos. Pero espero que les vaya bien. Sabían cuidarse. Señoras que se cruzan en mi camino. Algunas parecen aburridas, pero seguro que darían bien el pego. Lo mismo son millonarias. Señora, ¿querría un retrato al módico precio de un sueldo vitalicio de, pongamos unos dos mil pavos al mes, hacia mi honesta persona, su humilde no-fotógrafo? Prometo sacrificarme e ir a la boda de su hija y hacerle un book impresionante, al gusto de usted. Prometo hacerle fotos a sus horrorosos nietos que no hacen más que aprender vilezas de sus compañeros de colegio. Prometo, también, ir a la comunión y comerme canapés, incluso los que no me gustan nada. Todo por complacerla a usted, y a su hija. También hay señoras con la nariz roja y la cara picada por la botella. Esa también es gente interesante, aunque no creo que de mucho dinero. Desde luego hace cosa de cien años no daba ni para pipas. Hoy, con los tiempos que corren ¡quién sabe! Al llegar a Canal giro a la izquierda por Cea Bermúdez y comienzo a tener verdaderas ganas de llegar a casa, a estar calentito. Debería haber salido más abrigado. Mis padres siempre me lo advierten, desde que soy pequeño. Qué coño, sigo siendo pequeño.

Cea me produce siempre pánico. No sé por qué. Es la típica sensación de cuando estás lejos y no quieres realmente sentirte lejos. Estando muy cerca de por donde vivo y me muevo, me siento como en otro lugar lejano. A veces está bien y hasta es necesario estar lejos. Pero ahora mismo, no me apetece. Ha anochecido. Así que me refugio en la primera calle que veo hacia la derecha, hacia mi país, mi tierra. A mitad de camino se cruza la calle Lucio del Valle y descubro un pequeño parque escondido entre bloques de viviendas que no conocía. Tendré que volver con la Nikon un día de estos por aquí. Recuerdo que, cierto día paseando también por esta zona recibí una llamada. A las ocho y media tenía pensado que me llamarías. Son las siete y cuarto, voy bien de tiempo. Pero no quiero que me llames y cogerlo en la calle, porque el teléfono suena fatal. Y para unos minutos, no quiero desperdiciarlos así. Supongo que te contaré parte de mi paseo. O quizás no. Quizás me lo calle, como una puta y esperaré a que leas esto. Todavía queda camino por recorrer. Cojo por la cola la avenida de Pablo Iglesias. Paso delante de un local con el logotipo enorme de Canon en la puerta, que intuyo debe ser el servicio técnico oficial o algo así. Una mujer en coche casi me atropella. Pero por mi culpa. Ando por la acera y paso al lado de un restaurante biovegetariano. Otra persona que también andaba por allí despistada saliendo de un coche casi me atropella también. Andaba mientras hablaba por el móvil y mientras trataba de ajustarse el bolso. Esta vez es culpa suya y oigo un “perdona” que se hace un hueco entre la música que machaca mis tímpanos a través de los auriculares.

En el cruce de Marqués de Lema con Pablo Iglesias hay otro parque, justo donde está el “Coppola”. Recuerdo la última vez que lo pisé. Creo que nunca me lo he pasado tan bien como aquella vez. Estuvimos tan solo media hora y nos fuimos a refugiarnos de la espesa lluvia de noviembre al hostal de la calle de la Cruz. Mi primer “hogar”. Espero no volver a pisar ese garito en mucho tiempo. En la plaza hay un negro preparando unas cajas para dormir. Clic clic. Y una señora que pasea un perro me dice algo. Me quito un auricular y me pide un pitillo y me señala la colilla del que se está fumando. “Sólo me queda esto”, me dice con una sinceridad tan noble que me deja un poco pasmado. Esa sinceridad que tienen aquellos que saben que están pidiendo un cacho de cielo. Hay que fumar menos, joder. Este parque está muy interesante, porque da a la parte de atrás de lo que parecen ser unas antiguas cocheras del metro que ya no se utilizan. Definitivamente, mañana vendré aquí cargado con un poco de película de blanco y negro. Logro arrastrarme hasta Reina Victoria. Bravo Murillo de nuevo, paso delante del circo de Teresa Rabal y sus luces que me hipnotizan y me hacen sentirme en el siglo pasado. Creo que se irá un día de estos. Miro el cuerpo de una Mamiya en la tienda de fotografía más horrorosa de todo Madrid. Seiscientos euros. Seiscientos euros que me convertirían por arte de magia en un tío un poco menos… bueno, eso ya no viene a cuento.

Finalmente, llego al portal de mi casa. Un poco cansado, pero sin mucho frío. Imágenes latentes que se apelotonan en la retina y van poco a poco pasando al archivo de mi desastroso cerebro; con el peligro que eso conlleva -el de perderse para siempre. Pero vengo animado. He logrado atisbar algunas luces entre la bruma y la niebla gris, he visto imágenes claras y concisas que no necesitaban ni quedar plasmadas con los haluros de plata para saberse que son “buenas fotos”. Pero vuelvo a mi cuarto, y veo todo tan igual que siempre. Las cosas no se han hecho solas. Joder. Mierda. Ahora estoy un poco cabreado. Conmigo mismo, por supuesto. Es la depresión postparto, supongo. Me dura unos minutos, hasta que vuelva a hablar. ¡Llámame! Quizás puede que alguna otra idea desvíe mi atención de mis pocos quehaceres cotidianos. Cenaré, encenderé la tele y la apagaré al darme cuenta de que ya no estamos en mil novecientos noventa y tres. Voy a cargar un rollo de película. Eso sí puedo hacerlo. Y me sienta bien.

3 comentarios en “Un No-fotógrafo

  1. Que pena que no seas capaz de llevarte una cámara colgada al cuello,,a pesar de tu buena memoria, hay imagenes que no se repiten, y aunque ahora esten en tu desordenada cabeza algún dia se borrarán sin dejar una huella en este asqueroso mundo.

  2. en verdad es una gran pena; el instante perdido. pero bueno, las penas también se terminarán borrando ¿no?. y al final, ¿QUÉ es lo QUE realmente QUEDARÁ?

    pd: a la tarde siguiente, volví por allí con mi amiga nikon

  3. Las penas no se borran se ocultan,,,incluso lo hacemos tambien que nos lo creemos.
    El dia siguiente no es igual que aquel dia. No hay dos dias iguales,,,hablo de imagenes.
    No queda nada todo se va..no quedaremos nadie.
    Asique procura disfrutar bebe,folla y aprende a vivir sin mirar atrás.

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