Tarde de cine

Haciendo cola en la entrada de un cine en el centro de la ciudad, dos buenas amigas hablan tranquilamente esperando a que les llegue su turno. Es una apacible tarde de marzo, por fin parece que el mal tiempo da una tregua y la gente ha aprovechado para quitarse la ropa de abrigo que han llevado puesta durante un invierno demasiado largo.
“¿A qué hora le dijiste que empezaba la película a este elemento de novio que tienes?” le pregunta una a la otra cortando de golpe el hilo de la conversación, lo cual pilla un poco de improviso a su compañera, que en este momento está guardando su teléfono móvil en el bolso tras cerciorarse de la hora que es.
– Le dije que la película comenzaba a las siete, y él dijo que andaría un poco pillado, pero que seguramente se podría escapar del trabajo antes – contesta.
– ¡Ay que ver los hombres! y luego la mala fama de poco puntuales nos la hemos llevado nosotras…
Debaten durante unos minutos más sobre quién es más lento; sobre un novio que tuvo una y que, en seis meses de relación, no llegó puntual mas que una vez que habían quedado para ir a ver un partido a un bar y sobre un jersey blanco “bastante mono” que lleva puesto Laura, la más alta de las dos. Finalmente aparece, doblando la esquina y con el gesto descompuesto y acalorado como si viniera corriendo desde San Petersburgo, Javier, el novio de Laura.

– ¡Ya está aquí por fin el señor muy ocupado! – exclama Ana mirando con un gesto de reproche los zapatos de su amiga.
– Lo siento mucho, no me fue posible salir antes, ha ocurrido algo por lo de este proyecto en el que estamos… – comienza a disculparse Javier, pero es rápidamente cortado por su novia.
– ¡Ah! ¡es lo de la agencia que te conté, Ana! la campaña de publicidad (página web incluida) para la agencia de viajes aquella. ¿Verdad que cuando termines me llevarás a un sitio muy bonito? – pregunta a su chico, cogiéndole con gesto maternal del mentón e interrumpiendo una larga inspiración de éste, para después añadir volviéndose de nuevo a su amiga – ventajas de tener un trabajo que abarca un espectro tan amplio de posibilidades, chica.
– ¿Sabes dónde deberíais ir? A Marrakech.
– ¿Marrakech? ¿Pero qué dices? No, no. Yo quería ir a algún otro sitio de Europa. ¡Me lo pasé tan bien en Londres! y todavía no he pisado París, ¿te lo puedes creer?
Por estas, Javier sigue aún intentando recobrar el aliento que, se le ha debido quedar por el camino de su oficina hasta los cines. Resopla profundamente y está muy rojo. Tiene el polo con manchurrones de sudor y se alegra , en parte, que Laura no se haya dado cuenta.
– Yo me lo pasé genial en París, ya sabes. Fui con Fernando y estuvo muy bien. Bastante chulo. Es todo tan bonito. Además, tiene el barrio ese bohemio. ¡Te sientes como una artistaza paseando por esas calles! ¡Si no has ido, deberíais ir sin duda! – dice esto Ana profundamente alterada y elevando su voz, dejando mudo al pobre Fernando que parece tratar de decir algo, pero no encuentra el momento y, una vez más, su novia le frena cualquier tipo de intento de manifestación verbal que éste fuera a hacer.
– Ya has oído Javi, cuando termines el trabajo, a París que nos vamos, ¡me voy a comprar un vestidito y lo veremos todo! ¡y me harás muchas fotos desde la torre Eiffel! – Laura está muy excitada y en su cabeza ya se ve como Carla Bruni paseando alegremente por la capital francesa con su Sarkozy del brazo, mientras suena una dulce melodía de acordeón.
– La verdad es que Europa es lo más, ¿te acuerdas lo bien que nos lo pasamos aquél verano juntas en Londres? Jo, es que ha sido hablarte de París y me ha venido todo a la cabeza, chica – Ana saca a relucir una antigua estancia con una beca estudiando inglés.
– ¡Sí! Fue en el año en que conocimos a aquellos chicos tan majos de Portugal… ¿cómo se llamaban?
– No, no Laura. A Paulo y Joao les conocimos cuando hicimos el viaje de fin de curso, con la gente del máster en Atenas, fue en dos mil dos, ¿no lo recuerdas? Que estábamos de juerga todo el día y una noche que tu ibas muy – en este momento, Ana se percata de algo que está a punto de decir y una sonrisa picarona se le dibuja en la cara, que se le pone un poco roja, como la de Javier, y mirando a éste último dice riendo – bueno, mejor me callo, que a Javi no le gustará oírlo seguramente.
“Habla lo que quieras bruja, yo ya me conozco vuestras estúpidas historias de solteras”, es lo que piensa Javier ante aquel intento fallido de profanación de su sacro-santo Monte de Venús.
– Un día Ana, vamos a llamar a toda esta gente, aunque están muy aburridos y casi no salen, y nos vamos de juerga, como en los viejos tiempos ¿vale? – decide resolutivamente Laura ante tal ataque indiscriminado a sus recuerdos de juventud – podríamos irnos de cañas por aquí por el centro ¡y luego a bailotear!
– Me parece una idea perfecta. Y si nos aguantan el ritmo, ¡desayunaremos al día siguiente churros! Como aquella fiesta de nochevieja, ¿te acuerdas? ¡Qué risas que nos echamos! Y no me mires raro Javi, que en esta sí que estabas tú (lo sé porque tu novia no se despegó de ti en toda la noche) – añade Ana diciendo lo último en un tono un poco más sesgado – ya parece que nos toca, ¿qué película era la que íbamos a ver, chicos?
– La última del actor este… la del cartel ese de ahí que sale con esta chica tan guapa. Puedes sacar tú el dinero cariño ¿verdad? es que yo al final en el café de antes me enrollé y se me olvidó ir al cajero y lo ha pagado Ana.
Javier se queda pensativo, como rascándose imaginariamente la cabeza. En su cabeza, una nube llena de churros, poetas franceses y logotipos y diseños de cartelería. Finalmente, tras medio minuto en el que a las dos amigos les da tiempo a pensar que ha perdido definitivamente la chaveta dice con un hilillo de voz:
– Lo siento mucho Laura, pero me parece que no va a poder ser París, ni Marrakech ni nada, habrá que conformarse con Alicante en casa de mis tíos. Quería decirte que esta tarde ha habido una reunión con los de la agencia de viajes y han cancelado definitivamente el proyecto. Y como a mí me contrataron temporalmente para ello (cosa que te estuve diciendo durante semanas, porque te conozco), pues me han rescindido el contrato. Así que mañana iré a las oficinas del paro. Así que no puedo pagar las entradas del cine.
Ana se fija en que, curiosamente, Javier ha perdido parte del atractivo que tenía cuando conoció a su amiga. Ahora ya no siente esa pequeña (y sana, muy sana) envidia hacia ella. De hecho nota que ese jersey no es tan especial cómo le había parecido en un principio.

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