Sobre la fotografía II – Estados Unidos visto por fotografías, oscuramente

NOTA: Como este artículo sigue recibiendo visitas, será revisado y reescrito. Muchas gracias por seguir leyéndolo.

 

En esta segunda parte de “Sobre la fotografía”, Susan Sontag nos habla de su país, Estados Unidos, del poeta Walt Whitman y la evolución sufrida por la condición de “lo bello y la fealdad” a través de una mirada retrospectiva a lo que ha sido la fotografía estadounidense en el siglo XX y haciendo parada especial en una serie de figuras relevantes: Alfred Stieglitz, Walker Evans y Diane Arbus.

Ya desde el siglo XIX, Whitman promueve desde su trabajo “Hojas de hierba” un discurso de concordia, que habla de la belleza natural e intrínseca en todas las cosas y personas que habitan América. Para Sontag, estas palabras implican que “pensaba que no estaba aboliendo la belleza sino generalizándola”. Whitman alienta, en fin, la idea de que su propia nación era de por sí el poema “más grandioso” que existía, debido a su heterogeneidad tan basta y llena de matices. Así, la belleza – y su opuesto – dejan de existir o tener sentido. En los primeros años de la fotografía, los primeros autores, recién llegados algunos de ellos de la pintura y otras disciplinas artísticas, recurrían a la temática lírica o pictórica; a la belleza desde un punto de vista clásico y formal. Aún hoy, recuerda Sontag, un fotógrafo amateur considera una fotografía “bella” o bonita aquella en la que se retrata a su vez algo bello o bonito, como una figura de mujer, un crepúsculo o la sonrisa de un niño.

La fotografía no podía quedarse (y no lo ha hecho) en el debate entre lo bello o lo desagradable, precisamente por ser – debido a su “referente” intrínseco, lo que capta el objetivo – una de las artes que más sumergida se halla en el mundo material, donde la belleza muchas veces se encuentra al lado de algo menos atractivo. Se podrá hablar de fotografías con mejor o peor acabado técnico, de fotografías más o menos interesantes e incluso de retratados más altos y guapos o feos y bajos. En cierta manera, es una manera de congeniar con las ideas de Whitman, en las que la belleza queda abolida, en este caso, del resto de adjetivos que pueden definir una fotografía.

De esta manera surgen figuras como Arbus – con su exposición retrospectiva en el Museo de Arte Moderno de 1972 – o Alberto García-Alix en España. Las pretensiones de los primeros fotógrafos, como Walker Evanst – quien quería que su fotografía resultara “culta, calificada y trascendente” – quedan desfasadas a medida que el siglo XX avanzaba dando paso a cierto desasosiego o incertidumbre y que terminó en sueños rotos y desilusiones ideológicas e idealistas. Arbus y García-Alix son, en mi opinión, algunos de los muchos ejemplos de esta nueva diversidad fotográfica, la ruptura con la definición tradicionalista de “belleza”. Sus trabajos pueden parecer bellas ahora, pero es hablar de una belleza más espiritual; belleza quizás en cuanto a contenido, a discurso, lo que va más allá de la imagen, estética. Más allá de esto, que no sería más que el comienzo de un complejo estudio fotográfico, terminarían las comparaciones entre uno y otro. Arbus realiza un trabajo más espontáneo, quizás, que Alix. Las fotografías de Alix han demostrado ser más personales y autobiográficas; fotografía su vida, su entorno, sus amistades. El modo de trabajar de Arbus se asemeja más al del reportaje callejero que al de fotógrafo retratista con estudio. Como un boxeador, muchas de sus imágenes buscan golpear la conciencia, remover las ideas preconcebidas sobre belleza de una manera directa, con poca premeditación. Alix en cambio, centra gran parte de su obra en la reflexión o en la metáfora en forma de imágenes a veces hasta surrealistas o de ensueño, llegando incluso a acariciar el género de poema corto a la hora de titular cada una de sus trabajos o documentarlo y dotarlo de un discurso al presentar una serie o exposición.

Tanto Diane como Alix, retratan a personas situadas en lo que se consideraría los límites sociales; gente que sufre, marginada o apartada, drogadictos, enfermos mentales, figuras de circo o cabaret que fuera de su escenario no tienen cabida, prostitutas etc. Y es el mismo acto de ser fotografiados lo que hace plantearse al espectador, a nosotros, nuevos interrogantes, como dice Sontag: “¿se ven realmente así?”, ¿se aceptan tal y como son?. El hecho de que sean retratos completamente posados (a diferencia del trabajo de Walker Evans y sus retratos del metro) es lo que enfatiza la idea de que, ciertamente existen otros mundos. Otros mundos que se rigen por otras leyes, por otro tipo de belleza y por otra estética. Ella utiliza la fotografía, la cámara, como un escudo que le permite ir hacia donde quiera, entrar donde quiera, siempre parapetada detrás de ella. Para él, la fotografía significó una forma de poder seguir viviendo, un salvavidas al que aferrarse para conducir su vida en tiempos de marejada. Ambos han hecho mucho por la fotografía, rompiendo los esquemas que las artes tradicionales nos dejaron en herencia.

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