Sobre la fotografía – En la caverna de Platón

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Orígenes, mitos y realidades
En el principio, la fotografía supuso una fuerte ruptura con la tradición pictórica. Para Sontag, la fotografía nació con la necesidad de querer abarcar tantos temas y géneros como posibilidades de fotografiar existen; esto es, prácticamente, infinidad de géneros. Aún así, nació también limitada por un handicap mayor, la mezcla entre ciencia y técnica; no todo el mundo podía hacer fotografías en aquellos primeros años (entre 1840 y 1850). Era un pasatiempo destinado únicamente a científicos, mentes brillantes, “los ricos y los obsesos”. Un pasatiempo con fuertes pretensiones artísticas.

Tras la primera industrialización de la fotografía a finales del siglo XIX, comenzó el uso amateur, apareció el usuario medio. Y con ello se convirtió en esa especie de rito social que es ahora. No hay reunión o evento que se precie en la que no se vea una sola cámara de fotos captando el momento. La fotografía tiene la identidad de algo que es eterno, no como el vídeo o la televisión, que tienen un comienzo y un final marcados. Son logros personales, pruebas de experiencias en el caso de las fotos turísticas, medallas que indican “yo he estado allí, y lo vi (fotografié) todo”. Momentos puntuales de una existencia que se muestran a familiares, amigos o compañeros de trabajo para presentar de esta manera a otros familiares o amigos (“estos son mi madre y mi padre”, “esta es mi chica”, “este es mi hermano”). La fotografía estuvo ligada, además, a otro gran invento de la sociedad moderna: el turismo. Gente sometida, quizá, a grandes presiones por el trabajo, encuentran inconscientemente la paz y el sosiego en el “agobio” de fotografiar cada paso que se da en una ruta turística por París, Roma o las pirámides de Egipto. Así surge también la idea de la fotografía como recordatorio para no olvidar la dura disciplina del trabajo en un mundo que no concede un minuto de descanso, y en el que priman la imagen, lo exterior, la buena apariencia.
Porque una fotografía, representa precisamente una apariencia, la realidad, su referente. Y la representa tal y como es o fue. Al contrario de otras vías de expresión, como la escritura o las artes plásticas –pintura y dibujo–, en la fotografía no hay cabida para las interpretaciones personales a priori. Se pueden elegir encuadres, se puede elegir omitir fotografiar algo o centrar la atención y enfocar un personaje y desenfocar el resto, lo cual de por sí es ya una manifestación personal, es decir algo. Pero la imagen que se queda plasmada en el sensor o en el material fotosensible es lo que verdaderamente estaba allí, con esa forma, ese tamaño o ese corte de pelo y esa expresión e incluso, yendo más allá, esos pensamientos e ideas en la cabeza que pueden llegar a apreciarse por medio del rostro. Una fotografía puede llegar a mostrar lo que un ser humano tiene dentro de su cabeza, tanto retratado como fotógrafo e incluso el que observa la fotografía sacará sus propias conclusiones y sus propias ideas. Ese es el poder de la fotografía. En fotografía, no se piensa y después se escribe o se plasma en el lienzo; en la mayoría de los casos, es más bien al revés.
Y es por esto, que la fotografía posee siempre un referente, una realidad detrás, por lo que la imagen se ha convertido en un elemento indispensable en la sociedad moderna en estos ciento cincuenta años de existencia. La revolución de las imágenes. La prensa comenzó a utilizarlas para ilustrar al lector ávido de más información. El Estado comenzó a poner rostro a sus ciudadanos por medio de fotografías, sirven como método identificador, te abre puertas o bien, te las cierra. Sirven de pruebas fehacientes en juicios, incriminan y liberan. La sociedad, no se sabe si poco a poco, o de una manera mucho más rápida quizá a como se asimilan otros avances, absorbió la capacidad de coleccionar imágenes –pequeñas imágenes selectivas de la vida en general– y ha sabido darle una utilidad.
Quizás esta doble lectura sobre la naturaleza de la fotografía en sí – que representa la realidad pero a la vez no es más que una pequeña selección de esa realidad – es lo que generó el debate sobre su incorporación o no al campo de las artes y el recelo con el que pintores, dibujantes y otros artistas vieron la aparición del invento. Porque un fotógrafo no hace más que apretar un botón o activar un mecanismo, y a su vez, está seleccionando o, dicho en todos los sentidos, dando su punto de vista. Al igual que un escritor deshecha ideas durante la elaboración de un texto o un pintor decide en un momento tapar un personaje o una forma del cuadro, el fotógrafo crea y elige.
Observación, evolución y revolución
En fotografía, tiene un peso fundamental el acto de observar. Al fotografiar, dice Sontag, el fotógrafo está eligiendo la no intervención frente al acto que tiene ante sí. Se convierte en un mero espectador – o un cazador si se prefiere – que no existe en la escena. Es la naturaleza voyeur de todas aquellas personas que han hecho una fotografía o han visto alguna, lo que la ha alimentado durante estos años; las ganas, la curiosidad (para algunos la necesidad compulsiva) por ver o acercarse a lo que desconocemos. Y ni qué decir del mismo acto fotográfico y toda la sexualidad que ocurre a su alrededor, el instinto primitivo de la intromisión en lo ajeno, la agresión moral. El hecho de apretar el disparador de una cámara ha sido muchas veces relacionado – quizás de manera un tanto frívola en muchos casos – con el acto sexual de la penetración (amén del fácil símil cámara-falo). Quizá por ello la fotografía ha generado tanto debate, porque son muchas las reflexiones que pueden hacerse acerca de todo cuanto se mueve y flota alrededor de su órbita; y porque no podríamos, o sería bastante difícil, imaginar un mundo completamente libre de imágenes fotográficas.
Las primeras cámaras fotográficas eran auténticas piezas de ingeniería moderna, difíciles y complejas de entender y más aún de utilizar. La sociedad industrial, al comprobar que la oferta de este nuevo tipo de imágenes era bastante alentadora no tardó en adoptar a la fotografía como a un hijo deseado. La publicidad hoy en día es prácticamente un setenta por ciento imagen (y quizá me atreviera a decir que un noventa y nueve en algunos casos) y un treinta por ciento texto. La publicidad genera consumo y así vuelve todo al mismo lugar. La fotografía sirvió como herramienta de apoyo para la globalización del mundo. Por primera vez en la historia, un hombre nacido en una parte remota del mundo, puede saber cómo se vive en el otro hemisferio del planeta. Las cámaras pronto se automatizaron, como demuestran las campañas de marcas como Kodak o Yashica. Todo comenzó a ser más fácil. Así, toda la sociedad terminó adaptada a las fotografías, a medida que se iban haciendo más y más; disparándose a discreción a lo largo y ancho de este
mundo. La fotografía adquirió cierto carácter nostálgico (revivido de nuevo a finales del siglo XX con la irrupción de la era digital – la fotografía fílmica o analógica no ha terminado de marcharse y se considera un vestigio de una época antigua); se fotografiaban cosas y, resultó que, al cabo de cierto tiempo como un vino, adquiría cierta personalidad. Al igual que los vinos, hay buenas y malas fotografías, algunas han sabido envejecer y otras no, si bien es cierto que todas adquieren una especie de halo de misterio y atractivo cuanto más antigua la escena capturada.
De esta manera, la fotografía se convierte en el gran icono de la sociedad (o quizás, mejor dicho, los grandes iconos de esta sociedad no lo son realmente hasta que no se han convertido en fotografías). Todo el mundo lleva una fotografía de alguien querido en su cartera, o conoce a alguien que lo hace. En algunas sociedades, se mantienen velas encendidas junto a los retratos de alguien que ya falleció. Es una manera de conservar la memoria del pasado, el paso inevitable del tiempo, por medio de la conservación de esos momentos en una foto. Y como gran icono y estandarte de la sociedad que es, también influye o ha sido utilizada de muchas maneras para influenciar en la gente. Los primeros conflictos bélicos fotografiados causaron una gran impresión en la sociedad acomodada, de finales del siglo XIX; la sociedad norteamericana sufrió un gran revés al ver las imágenes de los bombardeos de napalm, y de sus consecuencias, en la guerra de Vietnam a finales de la década de los sesenta; hoy se controla y las autoridades vigilan y filtran qué imágenes pueden llegar al público y cuales no… etc. Pero toda esta “alarma social” es promovida precisamente por la novedad que entraña el observar, como decía más arriba, algo novedoso o desconocido hasta el momento. Y la fotografía brinda esa posibilidad, la de contemplar experiencias no sólo tiernas o bellas, si no también el horror y la miseria que a veces sucede. Nos hace ver esa parte oculta que pocas veces mostraríamos.
En resumen, la fotografía puede llegar a asemejarse al descubrimiento de la electricidad o el invento del avión, que abrió un amplio abanico de oportunidades a la humanidad y, a su vez nuevos y grandes interrogantes sobre su propia naturaleza. En el fondo, una fotografía no es más que un instante capturado, un momento de los muchos que acontecen a lo largo del día. Tal y como dice Sontag, no hay que caer en el error de creer en un mundo más accesible en estos tiempos fotográficos solamente por haber podido ver imágenes del otro lado del mundo. Ese ha sido uno de las grandes logros de la fotografía; cambiar, sin pretenderlo, la manera de ver nuestro mundo, o la cueva en la que vivimos.

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