Las impresiones

He visto y oído muchas cosas en lo poco que llevo recorrido, y digo poco, porque así siempre sé que quedará mucho por andar. Una de las cosas que más me ha llamado la atención en estos veinte y equis años es la cantidad de personas que existen. En total, dicen, alrededor de unos seis mil millones de cerebros andan por este mundo de arriba a abajo (otros dicen que en verdad son seis mil quinientas veinticinco millones y ciento setenta mil doscientas sesenta y cuatro).
Son muchas personas, y por tanto, muchas voces para decir cosas o, para pensarlas al menos. Que existen varios tipos de personalidades o distintas formas de ver el mundo es algo que no vamos a descubrir ahora como novedad. Pero siempre parece que, en el uso diario, fuera del confort y de la comodidad de nuestros sillones para navegar por internet o de nuestros colchones en los que comemos, dormimos y otras cosas, se nos termina olvidando. Y por eso caemos en el grave error de los tópicos dañinos.

Imaginemos un estudiante de universidad, o de cualquier otro tipo de enseñanza secundaria. Imaginémosle como alguien inteligente, culto, correcto en su forma de ser. Un poco creyente, pero en la filosofía del trabajo duro, del sacrificio y del buen hacer. Ahora, imaginemos que un día, o una noche, es asaltado en plena calle. Su asaltante, imaginemos que es una sola persona, va vestido con ropas de esas que los tópicos nos hacen saber frente a qué tipo de persona nos las estamos viendo; esto es, chupa de cuero, pantalones rotos, zapatillas deportivas desgastadas… Fijémonos en cómo asalta a nuestro pobre e inseguro estudiante, con una navaja automática en su mano derecha. Utiliza un lenguaje agresivo, con un acento muy marcado de extrarradio de ciudad, y utilizando expresiones como “pelas” o “viruta” para referirse al dinero, y “tron” o “compi” para referirse a nuestro pobre e irritado estudiante.
Al día siguiente, en la comisaria, hace una descripción a grandes rasgos de su asaltante. “Ropa como de cuero, higiene descuidada, lenguaje obsceno”. Esto que tenemos en nuestras manos es, un macarra, un chulo, un fuera de la ley. Y además es diestro. Un fuera de la ley diestro que se dedica a asaltar, desconocemos con qué pretexto, a la gente por la calle para robarle. ¿Convertiría esto entonces, a todos las personas con su misma apariencia, bajo sus mismos rasgos, en un asaltante? Ahí tenemos el tópico creado. Imaginemos ahora la cantidad de personas que habrán recorrido este mundo antes de estos seis mil millones, para abreviar, que lo pueblan ahora. Imaginemos todos estos años desde que el mundo es mundo. Imaginemos la cantidad de opiniones que se habrán emitido. Porque opinar sienta bien, dicen algunos. Claro que sienta bien, pero hecho de manera indiscriminada, sin razón y sólo por el gusto de oír nuestra propia voz, puede llegar a ser peligroso, quizá más que un cuchillo o un arma de fuego cargada.
No sólo existen chulos que se dedican a robar, los hay que se dedican a arreglar coches, otros conducen autobuses, algunos escriben historias sobre gentes inventadas. Igual que existen asaltantes en cualquier rincón del planeta. Localizar o tratar de crear unas normas para acotar perfiles puede resultar una trampa mortal.
Como decía al principio, he conocido ciertas cosas curiosas durante este tiempo. Gente de azul que tolera más a un inmigrante que uno de rojo. Sacerdotes más radicales en la lucha por los derechos civiles que un aguerrido activista legítimo y militante en una ONG. Un pensador de izquierdas cuya forma de comportarse y de relacionarse en sociedad es mucho más cívica y conservadora que uno de derechas. Drogadictos que asaltan a estudiantes por las calles para robarles. Drogadictos que trabajan en oficinas, drogadictos que son buenas personas y buenos padres de familia. Padres de familia que no harían nada por sus hijos y padres de familia que matarían por salvarlos. Aficionados a la bici que hablan de manera pausada y tranquila. Ciclistas propensos al victimismo. Fontaneros ignorantes. Mozos de almacén que son capaces de entender lo que se esconde más allá de un ligero quiebro en la voz de una persona que aparenta estar segura de sí misma. Conductores de tractores que juegan por internet con otras personas y se comunican con ellas, pero no se entienden. Un peón de obra que dejó la universidad porque quería trabajar en la construcción. Amas de casa que leen más libros que un profesor de filología… bueno, quizá más no, pero ahí le anda. Directores de proyectos de telecomunicaciones a los que les encanta una buena charla sobre cine clásico de los años treinta con una cerveza en el bar de la esquina de vez en cuando. Gente que, directamente, no ha podido aprender a leer o escribir y no hablan de sus males echándole la culpa al mundo, pero siguen adelante y ayudan siempre que pueden a cualquiera que necesite ayuda.
Muchas veces, todas estas opiniones o impresiones sobre las personas que nos cruzamos dependerán, como casi todo en la vida, de nuestro punto de vista y nuestra predisposición a creer, o mejor dicho, querer creernos ciertas ideas o imágenes que tenemos en nuestras cabezas; así como un buen millar más de factores aparentemente aleatorios como los biológicos o los sociales, el estado anímico, estrés y/o vete tú a saber qué.

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